PARTE 2: ETHAN YA ME HABÍA RECONOCIDO

—Sophia también decía eso.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Ethan seguía observándome.

—¿Quién? —pregunté, fingiendo confusión.

—Mi prometida.

—No la conozco.

—Claro que no.

Apartó la mirada.

—Está muerta.

Aquellas dos palabras me dolieron más de lo esperado.

Para él, Sophia Miller había muerto hacía tres años.

Yo misma la había enterrado.

Durante las semanas siguientes fui mucho más cuidadosa.

Dejé de usar expresiones antiguas.

No cocinaba sus platos favoritos.

No tarareaba canciones.

Pero Ethan parecía haberse obsesionado conmigo.

—Sophie.

—¿Sí?

—¿Dónde aprendió a preparar el café así?

—Internet.

—¿Y a doblar mis camisas de esa manera?

—También internet.

—Internet parece conocerme bastante bien.

Lo fulminé con la mirada.

—Quizá usted sea menos especial de lo que cree.

El mayordomo salió de la habitación para esconder una sonrisa.

Entonces llegó el problema que ya no pude esquivar.

Una tarde encontré a Ethan intentando alcanzar un libro de un estante.

La silla se desplazó.

Instintivamente corrí.

—¡Ethan!

Lo sujeté.

Silencio.

Había dicho su nombre.

No “señor Cole”.

Ethan levantó lentamente la cabeza.

Estábamos demasiado cerca.

—¿Cómo me llamó?

Lo solté.

—Señor Cole.

—No.

Sus dedos atraparon mi muñeca.

—Dijo Ethan.

—Es su nombre.

—Sophia era la única persona de esta casa que me llamaba así cuando estaba enfadada.

Me quedé inmóvil.

—Suélteme.

Lo hizo inmediatamente.

Después dijo:

—Váyase.

Aquella noche hice la maleta.

Era mejor desaparecer otra vez.

Pero cuando llegué a la puerta principal, el mayordomo me estaba esperando.

Tenía un sobre.

—El señor Cole dijo que se lo entregara si intentaba marcharse.

Dentro había una fotografía.

Era yo.

Después del incendio.

Entrando a una clínica dos años atrás.

Debajo había informes de investigadores privados.

Mi nombre nuevo.

Mis antiguos hospitales.

Hasta la agencia que me había enviado a aquella casa.

Sentí que las piernas me fallaban.

Ethan lo sabía.

Regresé a su habitación.

—¿Desde cuándo?

Estaba junto a la ventana.

—Desde antes de contratarte.

Mi garganta se cerró.

—¿Qué?

—La agencia me envió tu fotografía.

Giró la silla hacia mí.

—Las cicatrices cambiaron tu cara, Sophia. No tus ojos.

No pude hablar.

—Entonces, ¿por qué fingiste?

Su expresión se endureció.

—Porque quería saber cuánto tiempo tardarías en volver a abandonarme.

Eso me hizo enfurecer.

—¿Por eso me humillaste?

—Sí.

—Eres un imbécil.

—También.

Me acerqué.

—¡Desaparecí porque pensé que te estaba liberando!

Ethan golpeó el brazo de la silla con la palma.

—¡Yo no te pedí que me liberaras!

El silencio cayó entre nosotros.

Sus ojos estaban húmedos.

—Me desperté el día de nuestra boda y habías desaparecido. Pensé que te habían secuestrado. Después pensé que estabas herida. Después pensé que estabas muerta.

Su voz bajó.

—Te busqué hasta que una noche conducía agotado y tuve el accidente.

Cerré los ojos.

—Ethan…

—No.

Respiró profundamente.

—No eres responsable de mi accidente. Yo decidí conducir. Fue mi decisión.

Aquello me sorprendió.

Había pasado tres años culpándome.

Él no lo hacía.

—Pero sí eres responsable de otra cosa —continuó—. Decidiste por mí que tus cicatrices hacían imposible que te amara.

Las lágrimas comenzaron a caerme.

—Tenía miedo.

—Lo sé.

—No podía mirarme al espejo.

Ethan guardó silencio.

Después señaló la silla.

—Yo tampoco pude mirarme durante mucho tiempo después del accidente.

Nos observamos.

Dos personas que habían intentado esconderse de aquello en lo que se habían convertido.

Me acerqué lentamente.

—¿Por qué dijiste que mi cara era desagradable?

Por primera vez pareció avergonzado.

—Estaba enfadado.

—Muy maduro.

—Llevaba tres años preparando discursos para cuando te encontrara. Ninguno era especialmente inteligente.

Solté una risa entre lágrimas.

Luego miré sus piernas.

—¿Los médicos dicen que volverás a caminar?

—Dicen que existe posibilidad de mejorar movilidad. Nada garantizado.

—Entonces haz rehabilitación.

—Ya la hice.

—Hazla otra vez.

Frunció el ceño.

—Sigues siendo mandona.

—Y tú sigues quejándote del agua.

Aquella vez sí sonrió.

Pero no retomamos nuestra relación.

No inmediatamente.

Yo necesitaba continuar mi recuperación.

Ethan necesitaba dejar de convertir su dolor en crueldad.

Empezó terapia y retomó rehabilitación con profesionales.

Yo seguí trabajando unas semanas, hasta que él insistió en algo que me sorprendió.

—No quiero que seas mi cuidadora.

Mi corazón cayó.

—¿Me despides?

—Quiero que dejes de necesitar mi salario para pagar tus cirugías.

—No aceptaré caridad.

—Perfecto.

Me entregó una carpeta.

Era información sobre una fundación independiente para personas con lesiones por quemaduras. No pertenecía a Ethan y mi admisión dependería de sus propios criterios.

—Solicita ayuda como cualquier otra persona —dijo—. Si te aceptan, será porque cumples los requisitos.

Lo hice.

Me aceptaron.

Un año después, Ethan todavía utilizaba la silla para distancias largas, pero podía mantenerse de pie y caminar algunos pasos con apoyo.

Yo también había pasado por otra cirugía.

Mis cicatrices seguían allí.

Ya no intentaba borrar cada una.

Una tarde regresamos al lugar donde iba a celebrarse nuestra boda.

Ethan llevaba un bastón.

Yo no llevaba velo.

Se detuvo frente a mí.

—Sophia Miller.

—¿Qué?

—Hace cuatro años desapareciste antes de responder una pregunta.

Sacó del bolsillo el mismo anillo.

Lo miré.

—No.

Su rostro cayó.

Sonreí.

—Todavía no.

Guardé el anillo nuevamente en su bolsillo.

—Primero aprende a caminar sin utilizarme como meta.

Luego señalé mi rostro.

—Y yo aprenderé a vivir sin necesitar esconder esto.

Ethan asintió.

—¿Y después?

Tomé su mano.

—Después me preguntas otra vez.

Dos años más tarde lo hizo.

Esta vez estaba de pie.

No perfectamente.

No sin apoyo.

Pero de pie.

Y yo tampoco llevaba maquillaje para cubrir mis cicatrices.

Ethan sonrió.

—¿Quieres que traiga agua bendita antes de preguntarte?

Me eché a reír.

Entonces comprendí por qué me había reconocido desde el primer día.

Yo había pensado que el incendio había cambiado todo lo que Ethan amaba de mí.

Pero él nunca se había enamorado únicamente de mi rostro.

Y cuando finalmente volvimos a casarnos, ninguno prometió salvar al otro.

Prometimos algo mucho más difícil:

no volver a decidir por el otro cuándo debía marcharse.

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