La puerta se abrió apenas unos centímetros.
Lo suficiente para que una sombra apareciera en la habitación.
Mi mano se detuvo sobre la venda.
Dominic abrió los ojos inmediatamente.
La fiebre no estaba ahí.
El dolor tampoco.
Lo único que apareció en su rostro fue una expresión que no había visto antes.
Alarma.
—Apártate —susurró.
No sonó como una orden.
Sonó como una advertencia.
Retrocedí un paso.
La persona al otro lado empujó lentamente la puerta.
—Señor Rossi, la medicina…
La frase murió cuando la luz del pasillo iluminó el rostro del hombre.
No era Leo.
No era un médico.
Era alguien mucho más joven.
Un hombre de unos treinta años con un abrigo oscuro y una cicatriz atravesándole la ceja derecha.
Sus ojos recorrieron la habitación.
Primero a Dominic.
Después a mí.
Y finalmente se detuvieron en la bandeja médica.
—¿Quién es ella?
Dominic no respondió.
Yo tampoco.
Porque en ese instante entendí algo.
Aquel hombre no había venido a ayudarlo.
Había venido a comprobar algo.
—Te hice una pregunta, Dominic.
La voz del desconocido era tranquila.
Demasiado tranquila.
Dominic intentó incorporarse, pero la herida volvió a recordarle que no era invencible.
—Sal de mi casa, Matteo.
El nombre me golpeó.
Matteo.
El mismo nombre que Dominic había pronunciado dormido.
El mismo nombre que le había dicho que no abriera la caja fuerte.
El hombre sonrió ligeramente.
—Así que todavía recuerdas mi nombre.
Sentí que algo estaba pasando frente a mí.
Algo mucho más grande que una simple herida de bala.
—¿Quién es él? —pregunté.
Dominic me miró.
Por primera vez desde que entré en aquella casa, parecía estar decidiendo si confiar en mí.
Finalmente habló:
—Mi hermano.
El silencio llenó la habitación.
Matteo dio una pequeña risa.
—Qué bonito suena cuando lo dices así.
Dominic apretó la mandíbula.
—No empieces.
—¿Por qué? ¿Porque ahora tienes una enfermera que cree que eres una buena persona?
Sus ojos se movieron hacia mí.
—¿Te contó quién es realmente?
No respondí.
Porque la verdad era que no sabía casi nada.
Solo sabía lo que todos en la ciudad decían.
Dominic Rossi.
El hombre al que nadie se atrevía a desafiar.
El hombre que había construido un imperio entre miedo y respeto.
El hombre que ahora estaba sentado en una cama, sangrando, mientras una desconocida le decía que dejara de comportarse como un idiota.
Matteo se acercó un paso.
—Pregúntale.
Dominic levantó la voz:
—Vete.
Pero ya era tarde.
La duda había entrado en la habitación.
Cuando Matteo finalmente salió, Dominic permaneció en silencio durante varios minutos.
Yo terminé de cambiar la venda.
Él no protestó.
Eso me sorprendió más que cualquier amenaza.
—¿Por qué no me preguntas? —dijo de repente.
—¿Preguntarte qué?
—Quién soy.
Acomodé los instrumentos.
—Ya sé quién eres.
Sus ojos se clavaron en mí.
—No sabes nada.
Lo miré.
—Sé que eres un hombre que está perdiendo sangre y se niega a ir al hospital.
Una pausa.
—Sé que tienes suficiente dinero para comprar diez médicos, pero prefieres que una enfermera desempleada te cosa una herida en una habitación oscura.
Otra pausa.
—Y sé que cuando estabas delirando no llamaste a tu madre ni a tus amigos.
Bajé la voz.
—Llamaste a Matteo.
Algo cambió en su rostro.
Muy poco.
Pero lo vi.
—No sabes lo que escuchaste.
—Entonces dime que me equivoco.
Silencio.
Dominic apartó la mirada.
Y esa fue la primera vez que vi al hombre temido por toda la ciudad parecer simplemente cansado.
No peligroso.
Cansado.
—Mi hermano murió hace ocho años —dijo finalmente.
Me quedé quieta.
—Pero acabas de decir…
—Matteo murió.
Sus dedos apretaron la sábana.
—El hombre que viste no es mi hermano.
Sentí un escalofrío.
—Entonces ¿quién es?
Dominic cerró los ojos.
—Alguien que quiere destruir todo lo que construí.
Antes de que pudiera responder, un sonido llegó desde abajo.
Un golpe.
Luego otro.
Después, el ruido de una puerta rompiéndose.
Dominic abrió los ojos.
La expresión cansada desapareció.
Volvió el hombre que todos temían.
—Nos encontraron.
Mi corazón se aceleró.
—¿Quiénes?
Dominic intentó levantarse.
Esta vez no lo detuve.
Porque entendí algo.
La herida no era el mayor peligro de aquella noche.
—Los hombres que dispararon no querían matarme.
Me miró.
—Querían asegurarse de que yo estuviera vivo.
La casa quedó en silencio.
Demasiado silencio.
Luego las luces se apagaron.
Y desde la planta baja llegó una voz:
—Dominic Rossi.
Una voz que él reconoció.
Porque su rostro cambió.
—No puede ser…
Me acerqué a la puerta.
—¿Quién es?
Dominic me miró fijamente.
Y por primera vez desde que lo conocí, vi miedo real en sus ojos.
—La única persona que puede destruirme.
Una pausa.
—Mi esposa.
Me quedé congelada.
—¿Tu esposa?
Dominic nunca apartó la mirada de la puerta.
—La enterré hace seis años.
Otro golpe resonó en la planta baja.
Y una voz femenina volvió a hablar:
—Dominic…
—Sé que estás ahí.
—Esta vez no voy a dejar que escapes.
Dominic apretó los puños.
Y entonces entendí por qué el hombre más temido de la ciudad había dejado de luchar por vivir.
Porque no estaba huyendo de la muerte.
Estaba huyendo de la verdad.
Continuará…