PARTE 2: AHORA ME TOCA A MÍ

Tres días después, Zhou Chengyan fue citado oficialmente para declarar.

Cuando salió de la comisaría, ya no quedaba rastro del hombre arrogante que alguna vez había dirigido el Grupo Zhou con una sola palabra.

Tenía el rostro demacrado.

Los periodistas lo esperaban en la entrada.

—¡Presidente Zhou! ¿Es cierto que ordenó atacar a su esposa?

—¿El Grupo Shen ha cancelado todos los contratos con ustedes por este motivo?

—¿La familia Zhao ha roto definitivamente el compromiso?

Zhou Chengyan no respondió.

Solo bajó la cabeza y subió rápidamente al coche.

Pero antes de cerrar la puerta, escuchó una última pregunta.

—¿Es cierto que su exesposa posee un patrimonio diez veces superior al valor de todo el Grupo Zhou?

Su mano quedó inmóvil.

Por primera vez, aquella verdad parecía pesar más que cualquier acusación.


Yo seguía recuperándome en el hospital.

Mi ojo derecho ya podía abrirse parcialmente.

Las costillas todavía dolían al respirar, pero al menos podía caminar despacio sin ayuda.

Aquella mañana, Song Ning entró con una carpeta.

—Señorita Shen, hay algo que debería ver.

La abrió frente a mí.

Dentro había estados financieros.

Contratos.

Transferencias bancarias.

Y varios nombres que conocía demasiado bien.

Fruncí el ceño.

—¿Qué es esto?

—Las cuentas personales de Zhou Chengyan durante los últimos tres años.

Song Ning señaló varias operaciones.

—Su dinero fue utilizado para pagar parte de los gastos médicos de su madre, reformas en la antigua casa de la familia Zhou y algunos préstamos empresariales.

Me quedé helada.

—¿Mi dinero?

Ella asintió.

—Durante el matrimonio, usted transfirió una cantidad considerable a una cuenta conjunta.

—La mayoría terminó entrando directamente en empresas relacionadas con él.

Recordé aquellos años.

Zhou Chengyan siempre decía que la empresa pasaba por dificultades.

Yo sacaba dinero de los ahorros que mi madre me había dejado.

Nunca preguntaba demasiado.

Creía que ayudar a mi esposo era ayudar a nuestra familia.

Pero ahora…

Song Ning deslizó otro documento hacia mí.

—Además, encontramos esto.

Era una escritura antigua.

Una propiedad situada en el centro histórico.

La casa donde Zhou Chengyan y yo habíamos vivido durante los primeros dos años de matrimonio.

Mis ojos se abrieron.

—¿No pertenecía a su familia?

—No.

Song Ning negó con la cabeza.

—Pertenece a usted.

Levanté la mirada lentamente.

—¿A mí?

—Fue comprada por su madre antes de fallecer.

—Nunca llegó a decírselo.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

Durante años, Cao Xiulian me había repetido:

“Vives bajo el techo de la familia Zhou.”

“Todo lo que comes y utilizas pertenece a mi hijo.”

Incluso una vez me dijo que, si algún día me divorciaba, saldría de aquella casa con una sola maleta.

Resultaba que…

La persona que realmente había estado viviendo bajo techo ajeno era ella.


Aquella misma tarde, Cao Xiulian apareció otra vez.

Esta vez no llevaba joyas.

Tampoco ropa elegante.

Entró acompañada por Liu Ming y, en cuanto me vio, comenzó a llorar.

—Qingwan.

—Mamá sabe que sufriste mucho.

La miré sin expresión.

—No me llame así.

Su rostro se tensó.

Pero rápidamente recuperó aquella sonrisa suplicante.

—Después de todo, fuimos familia durante tres años.

—Chengyan estaba confundido.

—Ese Zhao Jinyue lo sedujo.

—Un hombre a veces comete errores.

Solté una risa breve.

—¿Un error?

—Tres costillas rotas también fueron un error.

Cao Xiulian bajó la cabeza.

—Él ya se arrepiente.

—No puede dormir.

—No come.

—La empresa está al borde del colapso.

Finalmente comprendí por qué había venido.

No era por mí.

Era por el Grupo Zhou.

—¿Qué quiere?

Su expresión cambió ligeramente.

—Solo esperamos que le diga unas palabras a su abuelo.

—Que no siga presionando a la empresa.

—Después de todo, el Grupo Zhou fue construido por Chengyan durante tantos años.

La miré unos segundos.

—También tengo una petición.

Sus ojos se iluminaron.

—¡Dime!

Song Ning colocó un documento sobre la mesa.

—Desocupe la vivienda de la calle Qinghe en cuarenta y ocho horas.

Cao Xiulian parpadeó.

—¿Qué?

—La casa es mía.

Su rostro palideció.

—¡Imposible!

—Esa casa pertenece a la familia Zhou.

Song Ning empujó la escritura hacia ella.

—Revísela usted misma.

Cao Xiulian tomó el documento.

Sus manos comenzaron a temblar.

Leyó el nombre del propietario.

Shen Qingwan.

—Esto…

—Esto tiene que ser falso.

La observé en silencio.

—Durante tres años me recordó constantemente que estaba viviendo en casa de su hijo.

—Ahora resulta que era usted quien vivía en la mía.

Su rostro pasó del blanco al rojo.

—Qingwan, no puedes echarnos ahora.

—¿Por qué no?

—¡Porque somos familia!

Negué lentamente.

—Eso terminó el día que su hijo decidió que mientras yo no muriera, todo estaba bien.

La habitación quedó en silencio.

Cao Xiulian abrió la boca, pero no encontró ninguna respuesta.

—Cuarenta y ocho horas.

Repetí.

—Después cambiaré las cerraduras.


Cuando Zhou Chengyan se enteró, llamó inmediatamente.

Esta vez contesté.

—Qingwan…

—Habla.

Su voz sonaba agotada.

—Mi madre ya es mayor.

—No tiene adónde ir.

Cerré los ojos.

Qué extraño.

Cuando yo estaba herida en un estacionamiento, nadie se preguntó adónde podía ir.

Cuando el hospital dejó de recibir pagos, nadie preguntó si tenía dinero.

Pero ahora…

Todos esperaban mi compasión.

—Puede alquilar un apartamento.

—No seas tan cruel.

Abrí lentamente los ojos.

—¿Cruel?

—Zhou Chengyan, tú fuiste quien me enseñó esa palabra.

Al otro lado se hizo un silencio.

—Qingwan…

Su voz se quebró ligeramente.

—¿De verdad no queda ninguna posibilidad entre nosotros?

Miré por la ventana.

El cielo estaba despejado.

Por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía respirar.

—No.

—¿Ni siquiera si te pido perdón?

—Perdonarte y volver contigo son dos cosas diferentes.

Hice una pausa.

—Quizá algún día deje de odiarte.

—Pero nunca volveré a confiar en ti.

La llamada quedó sumida en un silencio largo.

Finalmente, Zhou Chengyan preguntó:

—¿Alguna vez me amaste de verdad?

Sonreí con tristeza.

—Ese fue precisamente mi mayor error.

Y colgué.


Dos semanas después, salí del hospital.

Mi abuelo había enviado un coche para llevarme a la residencia principal de la familia Shen.

Antes de subir, miré la ciudad una última vez.

Durante tres años había creído que perder a Zhou Chengyan significaba perderlo todo.

Pero ahora comprendía que no era así.

Él no había sido mi mundo.

Solo había ocupado demasiado espacio dentro de él.

Song Ning abrió la puerta del coche.

—Señorita Shen.

—El consejo de administración la espera mañana.

—¿Está preparada?

Miré mi reflejo en la ventanilla.

Las heridas de mi rostro aún no habían desaparecido por completo.

Pero mis ojos ya no eran los mismos.

—Sí.

Subí al coche.

—Esta vez no voy a volver a esconderme.

Porque Zhou Chengyan había perdido una esposa a la que creyó débil.

Y el mundo estaba a punto de conocer…

A la verdadera Shen Qingwan.

Related Posts

PARTE 2: LA CAJA ROJA NO ERA UN REGALO… ERA LA RAZÓN POR LA QUE GENE PODÍA PERDERLO TODO

Gene abrió la caja. Primero frunció el ceño. Después gritó. —¡¿QUÉ DEMONIOS ES ESTO?! Dentro no había joyas. Había una pequeña llave plateada y una tarjeta doblada….

PARTE 2: EL LOBBY ERA EL PEOR LUGAR PARA ESCONDERME

Daniel Cole no recogió la carpeta que había caído al suelo. Seguía mirándome. Luego miró mi uniforme. La placa sobre mi pecho decía: OLIVIA HAYES — RECEPCIÓN…

PARTE 2: LA PULSERA NO ERA DE CLARA

—Detén el coche. Adrián me miró por el retrovisor. —Está lloviendo. —He dicho que pares. El automóvil se detuvo junto a la acera. Antes de bajar, respiré…

PARTE 2: CUANDO DESPERTÉ, ALEXANDER YA NO ERA EL PRESIDENTE

A las siete y doce de la mañana encendí el teléfono. Ciento diecinueve llamadas perdidas. Alexander había llamado cuarenta y tres veces. Su padre, diecisiete. Vanessa, nueve….

PARTE 2: LA POLICÍA NO HABÍA VENIDO POR MI DÓLAR

Daniel apartó ligeramente la cortina. —Claire… son policías. Sentí un vuelco en el estómago. Dos agentes esperaban frente a nuestra puerta. Abrí. —¿Claire Morgan? —Sí. —Necesitamos hacerle…

PARTE 2: EL HOMBRE DEL MAYBACH NO ERA SU NOVIO

Valeria salió lentamente del coche. —Señor Bennett… Mi padre arqueó una ceja. —¿Nos conocemos? Aquella pregunta me dejó helada. Valeria también. —Papá —dije—, ella lleva cuatro años…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *