PARTE 2: AHORA ÉL DEPENDÍA DE MÍ

Tres semanas después, Alexander entró en la sala de juntas de Grant Corporation convencido de que aquella sería otra reunión rutinaria.

No sabía que yo estaba al otro lado de la pantalla.

El presidente del consejo dejó una carpeta frente a él.

—Tenemos buenas noticias. La diseñadora aceptó el proyecto.

Alexander sonrió.

—Perfecto. Envíen el contrato a mi oficina.

—No podemos.

Su sonrisa desapareció.

—¿Por qué?

—Porque puso una condición expresa.

El presidente giró la carpeta.

Alexander leyó:

Alexander Grant no tendrá autoridad sobre el proyecto.

—¿Qué significa esto?

—Exactamente lo que dice.

—¿Quién se cree que es?

Entonces encendieron la pantalla.

Aparecí frente a ellos.

Durante varios segundos, Alexander no reaccionó.

Después se levantó tan rápido que la silla golpeó el suelo.

—¿Elena?

—Buenas tardes.

—¿Tú eres…?

Dije mi nombre profesional.

El mismo que su empresa llevaba meses intentando contratar.

El mismo cuya cartera internacional Alexander había elogiado frente al consejo sin saber quién estaba detrás.

Su rostro se volvió blanco.

—Esto es una broma.

El presidente intervino.

—No lo es. Su estudio posee los derechos del concepto que necesitamos.

Alexander me miró como si yo acabara de convertirme en otra persona.

Pero aquella mujer siempre había existido.

Simplemente nunca se molestó en conocerla.

—¿Desde cuándo trabajas?

—Desde hace años.

—¿A mis espaldas?

Solté una pequeña risa.

—Curioso que tú quieras hablar de hacer cosas a espaldas del cónyuge.

Nadie en la sala dijo una palabra.

Alexander apretó la mandíbula.

—Hablaremos en casa.

—No tenemos casa.

—Elena…

—Y tú tienes esposa.

Aquello lo silenció.

Terminamos la reunión hablando exclusivamente del proyecto.

Presupuesto.

Plazos.

Propiedad intelectual.

Control creativo.

Cada vez que Alexander intentaba intervenir, el presidente lo detenía.

Por primera vez, estaba sentado en una habitación donde mi trabajo tenía más peso que su apellido.

Dos días después apareció en mi estudio.

Llegó sin avisar.

—Necesitamos hablar.

—Puedes pedir una cita.

—¡Soy tu esposo!

Lo miré.

—No.

Aquella palabra pareció golpearlo.

—Sabes lo que quiero decir.

—Sí. Y eso lo hace peor.

Entró y observó el lugar.

Pantallas.

Muestras.

Premios.

Fotografías de proyectos internacionales.

Todo lo que yo había construido mientras él estaba convencido de que dependía económicamente de él.

—¿Cuánto ganas? —preguntó.

Sonreí.

La primera pregunta.

No cómo estaba.

No qué había ocurrido después de que me marché embarazada.

Dinero.

Siempre dinero.

—Lo suficiente.

Su mirada descendió involuntariamente hacia mi vientre.

Se quedó inmóvil.

Mi cuerpo ya no mostraba aquel embarazo avanzado.

—Elena…

Su voz cambió.

—¿Dónde está el bebé?

El silencio se volvió pesado.

No quise convertir aquel momento en un arma.

—Ya no estoy embarazada.

Alexander perdió el color.

—¿Qué?

—Es un asunto médico privado y no voy a discutirlo contigo.

Se apoyó en el escritorio.

Por primera vez desde que lo conocía, pareció no tener preparada una respuesta.

—¿Por qué no me llamaste?

Lo miré fijamente.

—Me entregaste un divorcio mientras yo estaba embarazada para poder casarte con otra mujer.

Su garganta se movió.

—Dijiste que volveríamos…

—Tú lo dijiste.

Me levanté.

—Yo nunca prometí esperarte.

En ese momento apareció Rebecca en la puerta.

—¡Alexander!

Nos había seguido.

Entró furiosa.

—¿Qué haces aquí?

Después me vio.

Y sonrió.

—Así que finalmente apareció.

Levantó la mano mostrando su anillo.

—Por si todavía no lo entiendes, ahora yo soy la señora Grant.

—Felicidades.

Mi indiferencia la irritó más que cualquier insulto.

—Alexander, vámonos.

Él no se movió.

Rebecca miró alrededor.

—¿Este lugar es tuyo?

—Sí.

—¿Y ahora intentas utilizar ese contrato para recuperarlo?

Me reí.

—Rebecca, tú te casaste con él.

Señalé la puerta.

—Yo solo estoy intentando terminar una reunión que ninguno de los dos tenía derecho a interrumpir.

Alexander la tomó del brazo.

—Espera afuera.

Rebecca quedó petrificada.

—¿Me estás echando por ella?

—¡He dicho que esperes afuera!

Su rostro cambió.

Entonces comprendí algo.

La fantasía ya empezaba a romperse.

Rebecca había ganado al hombre.

Pero también había heredado sus deudas emocionales, sus exigencias y su necesidad de controlar a todos.

Yo no sentí celos.

Sentí alivio.

—Los dos deben irse.

Alexander me miró.

—Elena, dame tiempo.

—Ya te lo di.

—Puedo arreglar esto.

—No.

Abrí la puerta.

—Puedes arreglar tu matrimonio actual.

—¿Y nosotros?

—Nosotros terminamos aquella Nochevieja.

Se marchó sin conseguir nada.

Pero el verdadero golpe llegó un mes después.

Grant Corporation presentó el proyecto ante sus inversionistas.

Mi diseño fue aprobado.

El consejo me concedió control creativo completo.

Y durante la reunión final, uno de los directores hizo una pregunta que dejó a Alexander inmóvil.

—Señor Grant, ¿por qué nunca informó que conocía personalmente a esta diseñadora?

Alexander miró hacia mí.

—Porque…

No pudo terminar.

Respondí yo.

—Porque durante nuestro matrimonio el señor Grant nunca supo a qué me dedicaba.

Nadie se rio.

Fue peor.

Lo miraron con desconcierto.

Un hombre que pretendía dirigir una corporación multimillonaria no sabía qué hacía profesionalmente la mujer con la que compartía su vida.

Alexander bajó los ojos.

Meses después, el proyecto fue un éxito.

Mi estudio duplicó su cartera.

Abrí una segunda oficina.

Y una mañana recibí un mensaje suyo.

“Rebecca y yo nos estamos divorciando.”

Después llegó otro.

“Ahora podemos hacer las cosas como planeamos.”

Miré la pantalla.

Bloqueé su número.

Alexander había cometido un error fundamental.

Pensó que nuestro divorcio era un préstamo.

Que podía dejarme, utilizarme y recuperarme cuando le resultara conveniente.

Pero yo no era una propiedad que pudiera abandonar temporalmente.

Ni una esposa de reserva.

Ni una mujer esperando junto a una puerta.

Aquella Nochevieja salí de su casa llevando todo lo que creía que me quedaba dentro de una mochila.

Meses después comprendí la verdad.

No había salido con las manos vacías.

Me había llevado conmigo a la única persona que necesitaba para empezar de nuevo: a mí misma.

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