PARTE 2: ADRIAN PERDIÓ LA APUESTA.

El silencio fue absoluto.

Adrian fue el primero en reaccionar.

—Emily, deja de hacer tonterías.

Julian ni siquiera lo miró.

—Antes de continuar —me dijo—, necesito preguntarte algo.

—¿Qué?

—¿Estás haciendo esto porque quieres casarte conmigo o porque quieres castigarlo?

La pregunta me hizo detenerme.

Miré a Adrian.

Tres años esperando.

Tres años perdonando.

Tres años convirtiéndome en el entretenimiento de personas que sabían que siempre regresaría.

Entonces miré a Julian.

—Hoy vine preparada para casarme —respondí—. Pero tienes razón. No voy a convertirte en otra decisión tomada por Adrian.

Julian sonrió ligeramente.

—Esa respuesta me gusta más.

Adrian pareció recuperar el aliento.

—Bien. Entonces vámonos.

Me agarró del brazo.

Me aparté.

—¿Quién dijo que me iba contigo?

Saqué el teléfono.

Eliminé delante de él la carpeta donde guardaba reservas, listas de invitados, fotografías del vestido y todos los planes de nuestra boda.

—Emily…

—Se acabó.

Chloe comenzó a llorar.

—Fue una broma.

—Precisamente.

La miré.

—Una mejor amiga que necesita verme humillada para divertirse tampoco es una amiga.

Entonces apareció en mi pantalla un mensaje.

Era de Melissa, una de las chicas del grupo.

Una captura de pantalla.

Luego otra.

Y otra.

Había un chat que nunca había visto.

Durante meses habían apostado sobre mí.

Cuánto tardaría en perdonar a Adrian.

Cuántas horas esperaría en el aeropuerto.

Si lloraría después de que arruinaran nuestro aniversario.

La apuesta de aquel día decía:

“¿Cuánto tardará Emily en sacar otro turno después de que Chloe cancele el primero?”

Adrian había escrito:

“Menos de diez minutos.”

Sentí algo extraño.

No dolor.

Alivio.

Le mostré la pantalla.

—Ganaste.

Adrian palideció.

—Emily, puedo explicarlo.

—No hace falta.

Julian recogió mi número.

—Todavía quedan unos minutos.

Lo miré.

—¿Quieres irte?

Negó.

—Quiero tomar un café contigo.

—¿Y el matrimonio?

—Si algún día sucede, prefiero que ninguno de los dos llegue corriendo porque otra persona nos hizo daño.

Por primera vez aquel día, sonreí de verdad.

Salimos juntos.

No nos casamos aquella tarde.

Y esa terminó siendo la mejor decisión que pude tomar.

Meses después, Julian y yo seguíamos conociéndonos sin promesas apresuradas.

Adrian también volvió.

Llegó con flores y dijo que finalmente había comprendido cuánto me amaba.

Le enseñé aquella vieja captura.

—¿Recuerdas tu apuesta?

Bajó la mirada.

—Sí.

—Te equivocaste solamente en una cosa.

—¿Cuál?

—Creíste que siempre habría otro turno.

Cerré la puerta.

ADRIAN CANCELÓ MI CITA PARA DEMOSTRAR QUE YO ESTABA DESESPERADA POR CASARME CON ÉL; LO ÚNICO QUE CONSIGUIÓ FUE ENSEÑARME QUE TODAVÍA ESTABA A TIEMPO DE NO HACERLO.

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