El golpe volvió a retumbar.
Victor miró a su madre, buscando una explicación que nadie podía darle.
El siguiente golpe hizo temblar el marco.
—¡Policía! ¡Abran la puerta!
Raúl se puso de pie. Helena dejó de sonreír. Nora bajó el teléfono, pero no dejó de grabar.
Victor soltó el bastón y corrió hacia la entrada.
Dos agentes lo esperaban afuera. Detrás de ellos apareció un hombre de cabello plateado con un abrigo oscuro y el rostro de alguien que había pasado años aprendiendo a no mostrar miedo.
Mi padre.
—Apártese —ordenó un agente cuando Victor intentó bloquear la puerta.
Mi padre no miró a Victor. Me vio en el suelo y se arrodilló a mi lado.
—Hija. Estoy aquí.
Quise responder, pero apenas pude tomar aire.
Él se quitó el abrigo y lo puso sobre mis hombros mientras uno de los agentes llamaba a una ambulancia.
—Fue una discusión familiar —dijo Helena desde la cocina—. No tiene derecho a entrar en nuestra casa.
—Entonces explíqueselo a la policía —respondió mi padre, sin apartar la mirada de mí.
Victor trató de acercarse.
Los agentes lo sujetaron antes de que llegara a mi lado.
—¡Ella exagera! —gritó—. ¡Siempre ha sido dramática!
Mi padre se levantó lentamente.
—No vuelvas a acercarte a mi hija.
No alzó la voz. No le hizo falta.
Durante años, la familia de Victor había oído historias sobre mi padre: el oficial que no aceptaba favores, no olvidaba una amenaza y nunca confundía el miedo con respeto. Hasta entonces, habían creído que yo exageraba cuando les pedía que no lo provocaran.
Nora tenía el teléfono apretado contra el pecho.
—Dámelo —ordenó Raúl.
Ella negó con la cabeza.
—Ya se guardó una copia.
Victor dejó de forcejear.
Mi padre miró a los agentes.
—Ese video debe conservarse como evidencia.
Entonces llegó la ambulancia. Los paramédicos me revisaron y uno de ellos se quedó mirando el monitor.
—Hay que trasladarla ya. El bebé tiene un ritmo cardíaco irregular.
Sentí que mi padre me tomaba la mano.
Antes de que me levantaran, Nora se acercó temblando.
—No fue la primera vez —susurró—. Y tengo otro video.
Mi padre la miró.
—¿De cuándo?
Nora señaló a Victor.
—De la noche en que él decidió qué debía pasarle al bebé.
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