EL VERDADERO INVERSOR

—No… no es así, Xi Xi. Escúchame, déjame explicarte.

Lin Xi cerró los ojos.

Durante cinco años había esperado escuchar aquella voz suplicante.

La había imaginado después de cada noche en que Jiang Chen regresaba tarde, después de cada cena que se enfriaba sobre la mesa, después de cada reunión familiar en la que él permitía que su madre la tratara como una mujer inútil que solo sabía gastar dinero.

Pero ahora que finalmente lo escuchaba rogar, no sintió satisfacción.

Solo cansancio.

—Tienes diez segundos —dijo con calma.

—Vivi no es lo que piensas.

—Nueve.

—Solo necesitaba que alguien me acompañara esta noche. Los socios querían ver una imagen moderna de la empresa.

—Ocho.

—Tú nunca asistes a reuniones empresariales. Pensé que te sentirías incómoda.

Lin Xi soltó una risa seca.

—Me prohibiste entrar.

—Fue un malentendido.

—Le diste instrucciones al personal de seguridad usando mi nombre completo.

Jiang Chen guardó silencio.

—Siete —continuó ella.

—El vestido fue idea de Vivi. Ella dijo que los invitados esperaban algo elegante y…

—Era mi vestido.

—Te compraré otro.

—Seis.

—Lin Xi, estamos hablando de cincuenta mil millones de yuanes. Si el capital se retira, miles de empleados podrían perder su trabajo.

—No utilices a los empleados para esconder tu miedo.

—No es miedo.

—Entonces deja de temblar.

Desde el otro lado de la llamada llegó el sonido de una puerta cerrándose violentamente.

Después se escucharon voces lejanas.

Alguien preguntaba por el presidente Chen.

Otra persona decía que los representantes del grupo inversor estaban abandonando el salón.

La música de la fiesta ya se había detenido.

—Xi Xi, dime qué relación tienes con ese hombre —exigió Jiang Chen—. ¿Por qué nunca me hablaste de tu primo?

—Nunca preguntaste por mi familia.

—Claro que pregunté.

—Preguntaste cuánto dinero podían aportar a tu empresa.

Él volvió a quedarse callado.

Lin Xi miró por la ventanilla del taxi.

La ciudad se deslizaba frente a ella como una corriente de luces doradas.

—Cinco —dijo.

—Voy a recogerte ahora mismo.

—No.

—Regresa al hotel. El presidente Chen quiere conocerte.

—Él ya me conoce.

La respiración de Jiang Chen se detuvo.

—¿Qué significa eso?

—Cuatro.

—Lin Xi, no juegues conmigo.

—Tres.

—¡Dime qué quieres!

Aquella pregunta la hizo sonreír.

Durante años, Jiang Chen había decidido por ella.

Dónde debía vivir.

A qué reuniones podía asistir.

Qué ropa era apropiada.

Cuánto dinero podía gastar.

Incluso le había pedido que dejara de trabajar porque, según él, una esposa del director general debía dedicarse a cuidar su imagen.

Y ahora, por primera vez, le preguntaba qué quería.

—Quiero que Bai Vivi se quite mi vestido —respondió.

—De acuerdo.

—Ahora.

—Lo hará inmediatamente.

—También quiero que salgas del salón, cruces la entrada principal y le expliques a todos los invitados por qué tu esposa fue detenida por órdenes tuyas.

—Eso sería humillante.

—Precisamente.

—Xi Xi…

—Dos.

—¡Está bien! Lo haré.

—Y cuando termines, espera mi siguiente llamada.

Lin Xi colgó.

El teléfono comenzó a sonar otra vez, pero lo puso en silencio.

El taxi se detuvo frente a la villa Yunding.

No era la casa donde vivía con Jiang Chen.

Era la antigua residencia de su abuela materna, una construcción blanca escondida detrás de altos árboles de alcanfor.

Las luces de la entrada estaban encendidas.

Un mayordomo de cabello gris la esperaba junto a la puerta.

—Señorita Lin.

Hacía años que nadie la llamaba así.

—Tío Zhou.

El hombre inclinó la cabeza.

—El joven maestro llegó desde París esta tarde. La espera en el despacho.

Lin Xi atravesó el vestíbulo.

Cada rincón de aquella casa conservaba algo de su infancia: el reloj antiguo, los jarrones azules de su abuela, el piano que nadie había tocado desde el funeral.

Al llegar al despacho, encontró a un hombre alto junto a la ventana.

Vestía un traje oscuro sin corbata. Su rostro era sereno, pero sus ojos tenían la frialdad de alguien acostumbrado a tomar decisiones capaces de cambiar el destino de miles de personas.

Chen Yanzhou.

Presidente del consorcio de inversión que acababa de suspender la financiación.

Y primo mayor de Lin Xi.

Cuando la vio entrar, no dijo nada.

Simplemente abrió los brazos.

Lin Xi permaneció inmóvil un instante.

Después caminó hacia él.

En cuanto apoyó la frente sobre su hombro, toda la fuerza que había mostrado frente al hotel se derrumbó.

—Lo siento —susurró ella.

Chen Yanzhou le acarició suavemente la cabeza.

—No tienes nada por lo que disculparte.

—Utilicé la inversión para un asunto personal.

—No. Yo cancelé la inversión porque el director de la empresa demostró que no sabe respetar ni a su propia esposa. Un hombre así tampoco respetará a sus socios.

Lin Xi se separó.

—¿La retiraste por completo?

—Todavía no.

—Jiang Chen dijo que todo el capital había sido retirado.

—Permití que lo creyera.

Su primo regresó al escritorio y le mostró una carpeta.

En la portada aparecía el nombre de la empresa de Jiang Chen.

—La ronda de financiación no se ha cerrado —explicó—. El dinero estaba condicionado a una auditoría final.

—¿Encontraste algo?

Chen Yanzhou la miró.

—Demasiadas cosas.

Abrió la carpeta.

Había registros bancarios, correos internos y contratos con sellos de varias empresas fantasma.

Lin Xi hojeó las primeras páginas.

—No entiendo.

—Durante los últimos dos años, Jiang Chen infló los ingresos de la empresa utilizando operaciones entre compañías controladas por personas cercanas.

—¿Personas cercanas?

Chen Yanzhou deslizó una fotografía sobre el escritorio.

En ella aparecía Bai Vivi entrando en un edificio de oficinas.

—Tres de esas compañías están registradas a nombre de familiares de su secretaria.

Lin Xi sintió que la sangre se le enfriaba.

—¿Ella está involucrada?

—No es solo su amante. También es su socia.

Chen Yanzhou señaló varias transferencias.

—Jiang Chen pretendía utilizar parte de los cincuenta mil millones para comprar estas empresas a precios inflados. Después, el dinero terminaría en cuentas privadas.

—Eso es fraude.

—Sí.

Lin Xi pasó otra página.

Encontró su propio nombre.

—¿Por qué aparezco aquí?

Su primo no respondió de inmediato.

Eso fue suficiente para inquietarla.

—Yanzhou.

—Jiang Chen presentó documentos que te identifican como beneficiaria final de dos de las compañías.

—Nunca he visto esos documentos.

—La firma parece tuya.

Lin Xi los examinó.

Era casi idéntica.

Pero algunas líneas descendían con demasiada rigidez.

—Es falsa.

—Lo sé.

—¿Por qué usaría mi nombre?

—Porque si la auditoría descubría el fraude, tú parecerías la principal responsable.

Lin Xi dejó los documentos sobre la mesa.

Durante unos segundos, no pudo respirar.

Jiang Chen no solo había llevado a otra mujer a su lugar.

Había preparado una estructura para convertirla en culpable de sus delitos.

—¿Desde cuándo lo sabías?

—Descubrí las primeras irregularidades hace tres semanas.

Lin Xi levantó la cabeza.

—¿Y no me dijiste nada?

—Quería tener pruebas antes de alarmarte.

—Podrías haberme advertido.

—Lo intenté.

Chen Yanzhou tomó su teléfono y abrió una conversación.

Había varios mensajes enviados a Lin Xi.

Ninguno había sido leído.

—Nunca los recibí.

—Se enviaron a tu número.

Lin Xi revisó las fechas.

Eran noches en las que Jiang Chen le había pedido prestado el teléfono con diferentes excusas.

Una vez dijo que el suyo no tenía batería.

Otra vez aseguró que necesitaba confirmar un código de reserva.

—Los borró —murmuró.

—También bloqueó mi número.

La traición alcanzaba cada rincón de su vida.

Lin Xi se sentó lentamente.

—¿Qué vas a hacer?

—La pregunta es qué vas a hacer tú.

Chen Yanzhou le entregó otra carpeta.

Dentro había una solicitud de divorcio, una petición para congelar activos y una autorización para entregar las pruebas a las autoridades financieras.

—Todo está preparado —dijo—. Solo necesito tu firma.

Lin Xi miró la línea vacía al final del documento.

Recordó la primera vez que conoció a Jiang Chen.

Él no tenía nada.

Había llegado a una reunión de emprendedores con un traje prestado y una presentación llena de errores.

Ella permaneció toda la noche ayudándolo a corregir las cifras.

Después utilizó una antigua relación de su abuelo para conseguirle su primer contrato importante.

Cuando se casaron, Jiang Chen le prometió que algún día le devolvería todo lo que había hecho por él.

Ahora comprendía que sí pensaba devolverle algo.

La culpa.

Tomó la pluma.

Antes de firmar, su teléfono vibró.

Era un video enviado por uno de los invitados a la fiesta.

En la pantalla, Jiang Chen estaba frente a la entrada principal del hotel.

A su alrededor había periodistas, empresarios y empleados.

Bai Vivi permanecía detrás de él, envuelta en una chaqueta demasiado grande.

Ya no llevaba el vestido de Lin Xi.

Jiang Chen miró a las cámaras con el rostro tenso.

—Mi esposa fue detenida en la entrada por un error del personal de seguridad —declaró—. Asumo toda la responsabilidad.

Uno de los periodistas levantó la voz.

—¿Por qué su secretaria llevaba el vestido de su esposa?

—Fue una confusión.

—¿También fue una confusión que la señorita Bai entrara abrazada a usted?

Jiang Chen apretó la mandíbula.

—Nuestra relación es estrictamente profesional.

Bai Vivi palideció.

Otra persona gritó:

—¿Es cierto que el grupo Chen canceló la inversión por la forma en que trató a su esposa?

—La inversión no ha sido cancelada —respondió él rápidamente—. Mi esposa solucionará el malentendido.

Lin Xi detuvo el video.

—Todavía cree que voy a salvarlo.

—Lo has salvado demasiadas veces —dijo Chen Yanzhou.

Ella firmó la solicitud de divorcio.

Después firmó la autorización para congelar los activos.

Y finalmente firmó el documento que permitía iniciar una investigación formal.

—Esta será la última.

Su primo recogió las carpetas.

—Los abogados actuarán esta misma noche.

El teléfono volvió a sonar.

Esta vez era Bai Vivi.

Lin Xi observó el nombre durante unos segundos antes de responder.

—¿Qué quieres?

Al otro lado se escuchaba una respiración agitada.

—Señora Lin, tenemos que hablar.

—No tenemos nada que hablar.

—Sí tenemos.

La voz de Bai Vivi ya no sonaba arrogante.

Sonaba aterrada.

—Jiang Chen acaba de abandonarme delante de todos. Dice que fui yo quien organizó lo del vestido y que falsifiqué las órdenes de seguridad.

Lin Xi no se sorprendió.

—Eso era previsible.

—También dijo que las empresas están a nombre de mi familia porque yo planeé todo.

—¿Y no fue así?

Bai Vivi guardó silencio.

—Participé —admitió—, pero él diseñó la estructura.

—Entonces cuéntaselo a la policía.

—No puedo.

—¿Por qué?

La mujer bajó la voz.

—Porque tiene algo contra mí.

—No me interesa.

—Debería interesarle.

Lin Xi estuvo a punto de colgar.

Entonces Bai Vivi añadió:

—Jiang Chen no se casó con usted por amor.

Las palabras no le causaron dolor.

A aquellas alturas, ya lo sabía.

—Dime algo que no sepa.

—Se acercó a usted porque conocía la identidad de su familia.

Lin Xi miró a su primo.

Chen Yanzhou frunció el ceño.

—Continúa —ordenó ella.

—Hace seis años encontró unos documentos de la familia Lin. Descubrió que usted era una de las herederas del consorcio europeo, aunque vivía utilizando el apellido de su madre.

Lin Xi sintió un escalofrío.

Ella había mantenido su origen en secreto precisamente para evitar que las personas se acercaran por interés.

—¿Cómo consiguió esos documentos?

—Se los dio alguien de su propia familia.

—¿Quién?

Bai Vivi comenzó a llorar.

—No sé su nombre verdadero. Jiang Chen siempre lo llamaba señor Qiao.

Chen Yanzhou palideció.

—Pregúntale dónde se reunían —dijo.

Lin Xi repitió la pregunta.

—En una casa de té cerca del lago oeste —respondió Bai Vivi—. Pero hay algo peor.

—Habla.

—Jiang Chen recibió instrucciones de casarse con usted, conseguir su confianza y esperar a que firmara ciertos documentos.

Lin Xi apretó el teléfono.

—¿Qué documentos?

—Los de transferencia de sus derechos hereditarios.

Lin Xi miró a su primo.

—Nunca firmé nada parecido.

—Quizá no sabía lo que estaba firmando —dijo Bai Vivi—. El año pasado, durante su aniversario, Jiang Chen le llevó varios documentos relacionados con una supuesta inversión inmobiliaria.

Lin Xi recordó aquella noche.

Habían cenado en casa.

Jiang Chen había abierto una botella de vino y le entregó una carpeta.

Le dijo que se trataba de unos trámites para adquirir una vivienda de vacaciones.

Ella firmó sin leer cada página.

Porque confiaba en su marido.

—¿Qué hicieron con esos documentos? —preguntó.

—Los enviaron a Europa.

Chen Yanzhou tomó inmediatamente su teléfono y salió del despacho mientras daba órdenes en francés.

Lin Xi sintió las manos heladas.

—Bai Vivi, escucha con atención. Necesito todos los mensajes, grabaciones y documentos que tengas.

—¿Qué recibiré a cambio?

—La posibilidad de no cargar sola con todos los delitos de Jiang Chen.

—Quiero protección.

—Primero envía las pruebas.

—Hay una memoria USB en mi apartamento.

—Dime la dirección.

Antes de que pudiera responder, al otro lado de la llamada se escuchó una puerta abriéndose.

Bai Vivi dejó escapar un jadeo.

—¿Cómo entraste?

La voz de Jiang Chen sonó a lo lejos.

—¿Con quién hablas?

—Con nadie.

—Dame el teléfono.

Hubo un forcejeo.

Después, un golpe seco.

La llamada quedó en silencio durante varios segundos.

—¿Vivi? —dijo Lin Xi—. ¿Puedes oírme?

La respiración de Jiang Chen llegó a través del auricular.

—Lin Xi.

Ya no suplicaba.

Su voz era baja y fría.

—Así que estás hablando con ella.

Lin Xi se levantó.

—No la lastimes.

Jiang Chen rio.

—¿Ahora te preocupa mi amante?

—Lo que me preocupa es que estás dejando más pruebas.

—Las pruebas no servirán cuando los documentos europeos sean validados mañana.

El corazón de Lin Xi se detuvo un instante.

—¿Qué documentos?

—Los que me convertirán en representante legal de todas las acciones que heredaste de tu abuelo.

—Esas firmas son falsas.

—No todas.

Jiang Chen hizo una pausa.

—Tú firmaste las páginas más importantes con tu propia mano.

Lin Xi recordó la cena de aniversario.

La botella de vino.

El cansancio inexplicable que sintió después de la primera copa.

Y las páginas que él pasó rápidamente frente a ella.

—Aunque hayas conseguido esas firmas, puedo impugnarlas.

—Tal vez.

Su marido parecía sonreír al otro lado de la línea.

—Pero tendrás que darte prisa.

—¿Por qué?

—Porque tu primo no retiró cincuenta mil millones para protegerte.

Lin Xi miró hacia la puerta por la que Chen Yanzhou acababa de salir.

—¿Qué estás insinuando?

—Pregúntale por qué llevaba meses intentando comprar mis acciones en secreto.

—Estás mintiendo.

—Pregúntale quién fue el verdadero comprador de la empresa fantasma que aparece a nombre de Bai Vivi.

Lin Xi no respondió.

—Te has pasado cinco años creyendo que yo era el único que te utilizaba —continuó Jiang Chen—. Pero tu querida familia comenzó mucho antes.

La llamada terminó.

Chen Yanzhou regresó al despacho.

Su rostro estaba serio.

—Logramos detener temporalmente el registro de los documentos en Europa.

Lin Xi lo observó.

Por primera vez desde que había llegado, no sintió alivio al verlo.

—Yanzhou, necesito preguntarte algo.

Él se detuvo.

—¿Has intentado comprar en secreto las acciones de Jiang Chen?

El silencio de su primo duró apenas dos segundos.

Pero fue suficiente.

Lin Xi dejó el teléfono sobre el escritorio.

—Respóndeme.

Chen Yanzhou cerró lentamente la puerta.

—Sí.

Una corriente fría recorrió la espalda de Lin Xi.

—¿Por qué?

—Porque la empresa de tu esposo nunca le perteneció realmente.

Sacó un sobre del bolsillo interior de su chaqueta.

—El capital inicial, las patentes y el primer gran contrato procedían de una sociedad creada por tu padre antes de morir.

Lin Xi se quedó inmóvil.

—Mi padre murió cuando yo tenía diecisiete años.

—Y dejó instrucciones muy específicas.

Chen Yanzhou colocó el sobre frente a ella.

El papel estaba amarillento.

En el reverso aparecía la letra de su padre.

“Para Xi Xi. Abrir cuando descubra por qué Jiang Chen se acercó a ella.”

Lin Xi sintió que el aire desaparecía del despacho.

—¿Desde cuándo tienes esto?

—Desde antes de tu boda.

Ella levantó lentamente los ojos.

—Entonces sabías quién era Jiang Chen.

Su primo no contestó.

—Sabías por qué se acercó a mí.

—Tenía sospechas.

—Y aun así permitiste que me casara con él.

Chen Yanzhou apretó la mandíbula.

—Tu padre me pidió que no interviniera hasta que tú misma vieras la verdad.

Lin Xi miró el sobre.

Jiang Chen la había utilizado.

Bai Vivi la había provocado.

Pero su propia familia había observado durante años, en silencio, esperando que la traición siguiera su curso.

Con manos temblorosas, rompió el sello.

Dentro había una fotografía de Jiang Chen tomada diez años antes.

No estaba solo.

A su lado aparecía el padre de Lin Xi.

Y detrás de ambos, escrita con tinta negra, había una frase:

“Jiang Chen no es mi enemigo. Es el hijo que nadie debe descubrir.”

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