Los pasos se detuvieron frente a la puerta.
—Raymond, no cuelgues —susurré.
Brendan entró.
Ni siquiera miró la cuna.
—¿Por qué mi hermana dice que trajiste una urna?
Lo observé durante varios segundos.
—Porque Chloe murió.
El color desapareció de su rostro.
—¿Qué?
—Nuestra hija murió hace nueve horas.
Brendan miró la pequeña urna blanca.
—No.
Retrocedió.
—Hablé contigo esta mañana.
—Me dijiste que dejara de montar una escena.
—Pensé que…
—También llamé diecisiete veces cuando necesitaba el medicamento.
Su boca se cerró.
—Ximena dijo que no era urgente.
Sentí algo helado atravesarme.
—Su cardiólogo escribió “urgente” cuatro veces.
Brendan se acercó a la cuna.
—Nora…
—No la toques.
Se detuvo.
Por primera vez en tres años, obedeció.
Entonces Raymond habló desde el teléfono.
—Nora, ya está iniciado.
Brendan giró la cabeza.
—¿Quién es?
—El abogado de mi padre.
Su expresión cambió.
—Tu padre murió.
—Sus instrucciones no.
Raymond continuó.
—Tu padre nunca transfirió tu patrimonio al matrimonio. Está protegido por un fideicomiso independiente.
Brendan soltó una risa nerviosa.
—¿Qué patrimonio?
Miré directamente a mi marido.
—El que nunca te molestaste en preguntar si tenía.
Silencio.
Raymond empezó a enumerarlo.
Participaciones empresariales.
Propiedades.
Fondos de inversión.
Una cartera que mi padre había administrado durante décadas.
Y finalmente algo que hizo que Brendan dejara de respirar.
—El fideicomiso también posee el 31,4 % de Fairchild Medical Holdings.
Brendan agarró el borde de la puerta.
—Eso es imposible.
Raymond respondió con absoluta calma.
—Su padre necesitó capital durante la reestructuración de hace cuatro años. El señor Navarro proporcionó financiación mediante sociedades privadas.
Yo tampoco lo sabía.
—¿Mi padre era accionista de Fairchild?
—No exactamente, Nora.
Pausa.
—Tú lo eres.
Brendan me miró.
—¿Cuánto vale?
Raymond dio una cifra.
Ciento ochenta y seis millones de dólares.
La habitación quedó completamente silenciosa.
Pero ya no me importaba el dinero.
—Raymond, quiero los registros médicos de Chloe.
—Ya los estamos preservando.
—También todas las solicitudes rechazadas.
—Incluidas las autorizaciones firmadas por Ximena.
Brendan levantó la cabeza.
—¿Qué estás insinuando?
—Nada.
Lo miré.
—Quiero saber por qué murió mi hija.
Raymond intervino.
—Ya encontramos algo.
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué?
—La segunda solicitud del medicamento no quedó simplemente “en revisión”.
Escuché papeles al otro lado.
—Fue aprobada por el seguro.
Brendan palideció.
—¿Entonces por qué no llegó?
—Alguien canceló manualmente la autorización seis minutos después.
Sentí que mis dedos se cerraban alrededor del teléfono.
—¿Quién?
Raymond tardó demasiado en responder.
—La orden salió desde una cuenta ejecutiva vinculada directamente a Brendan Fairchild.
Lo miré.
—No —dijo inmediatamente—. Yo jamás hice eso.
—¿Quién tiene acceso a tu cuenta?
Brendan abrió la boca.
Y se quedó inmóvil.
Yo ya conocía la respuesta.
—Ximena.
Bajó lentamente la mirada.
—Y Samantha —añadió.
Recordé las risas que había escuchado durante nuestra última llamada.
Raymond continuó.
—Hay más. El día que se canceló el medicamento, Fairchild Medical autorizó una transferencia de casi dos millones de dólares a una empresa externa.
—¿De quién?
—Estamos comprobándolo.
De repente, Brendan sacó su teléfono.
Llamó a Ximena.
Número desconectado.
Probó otra vez.
Nada.
Después llamó a Samantha.
También apagado.
Por primera vez vi miedo verdadero en sus ojos.
Raymond volvió a hablar.
—Nora, acabo de recibir el informe preliminar.
—Dímelo.
—La empresa que recibió esos dos millones fue constituida hace ocho meses.
Escuché el teclado.
—Tengo el nombre del beneficiario.
Brendan y yo permanecimos inmóviles.
—¿Quién?
Raymond respiró profundamente.
—Samantha Hayes.
Brendan dejó caer el teléfono.
Pero Raymond todavía no había terminado.
—Y Nora…
—¿Qué?
—Encontramos una segunda transferencia realizada cuarenta y ocho horas antes de la muerte de Chloe.
Cerré los ojos.
—¿También para Samantha?
—No.
Su respuesta me heló.
—Fue enviada a una cuenta abierta a nombre de Chloe Fairchild.
Miré la urna de mi hija.
—Chloe tenía tres años.
—Lo sé.
—Entonces ¿quién abrió la cuenta?
Hubo silencio.
Después Raymond dijo:
—Eso es precisamente lo que debemos averiguar.
Porque alguien había estado utilizando el nombre de mi hija enferma para mover millones.
Y siete días después de que yo pidiera el medicamento que podía darle más tiempo…
Chloe estaba muerta.