Adrian tomó la fotografía con manos extrañamente rígidas.
El hombre que aparecía a mi lado sonreía frente a una pequeña cafetería de Brooklyn.
Se llamaba Nathan Kane.
Y era el hermano menor de Adrian.
—¿Cuándo conociste a Nathan? —preguntó.
Tomé a Mia de la mano.
—Hace siete años.
Adrian miró a mi hija.
Después volvió a observar la fotografía.
—Mia tiene seis.
Aquello no era una pregunta.
—Sí.
Su mandíbula se tensó.
—¿Nathan es su padre?
El pasillo entero parecía haberse quedado sin aire.
—Esta conversación no va a ocurrir aquí.
Adrian reaccionó inmediatamente.
Ordenó despejar el área y nos llevó a su oficina.
Mia se sentó en el sofá abrazando a Gerald.
Entonces Adrian cerró la puerta.
—Mi hermano murió hace seis años.
—Lo sé.
Sus ojos se endurecieron.
—Entonces explícame por qué nunca supimos de ella.
Sentí regresar una rabia que llevaba años enterrando.
—Porque Nathan desapareció cuando le dije que estaba embarazada.
Adrian se quedó inmóvil.
—Nathan jamás habría hecho eso.
—Lo hizo.
Saqué mi teléfono.
Todavía conservaba algunos mensajes.
Los últimos que había recibido de Nathan.
No vuelvas a contactarme.
No quiero ser padre.
Olvídate de mí.
Adrian leyó cada uno.
Su expresión cambió.
—Estos mensajes no los escribió Nathan.
Solté una risa amarga.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Porque el día que recibiste el último…
Amplió la fecha.
—Nathan estaba inconsciente en un hospital de Zúrich.
Lo miré fijamente.
—¿Qué?
Adrian abrió un archivo antiguo.
Su hermano había sufrido un accidente automovilístico durante un viaje empresarial.
Permaneció hospitalizado durante semanas.
Murió meses después por complicaciones.
Yo nunca había sabido nada.
—Me dijeron que había muerto instantáneamente.
—¿Quién?
La respuesta me dolió incluso después de tantos años.
—Tu madre.
Adrian dejó lentamente el teléfono sobre la mesa.
Eleanor Kane.
La mujer que había aparecido en mi apartamento después de que Nathan dejara de responder.
Me había entregado un cheque.
Lo rompí delante de ella.
Entonces me dijo que Nathan había elegido su familia y que debía mantenerme alejada.
Nunca le conté que estaba embarazada.
Pero quizá ella ya lo sabía.
Adrian llamó a su abogado familiar.
Una hora después teníamos algo todavía peor.
El antiguo número de Nathan había permanecido activo durante casi cuatro meses después del accidente.
Las facturas habían sido pagadas por una cuenta administrativa de Kane Holdings.
Eso no demostraba quién había enviado aquellos mensajes.
Pero sí significaba que alguien podía haber tenido acceso.
Adrian miró nuevamente a Mia.
—Necesitamos una prueba de parentesco, si tú aceptas.
—Primero quiero saber la verdad.
Asintió.
No discutió.
Entonces Mia levantó la cabeza.
—Tengo otra cosa de mi papá.
Mi sangre se enfrió.
—¿Qué?
Abrió la costura lateral de Gerald.
Del interior del elefante sacó una pequeña llave plateada.
Me quedé sin palabras.
—¿De dónde sacaste eso?
—De tu caja azul.
Reconocí inmediatamente la etiqueta.
K-117.
Nathan me había dado aquella llave dos semanas antes de desaparecer.
Dijo que pertenecía a una caja donde guardaba “algo para nuestro futuro”.
Yo había intentado localizarla durante años.
Adrian palideció.
—Sé qué abre.
—¿Qué?
—Una caja privada de la familia Kane.
Lo miré.
—¿Por qué Nathan me daría acceso?
Adrian no respondió inmediatamente.
Finalmente abrió un antiguo registro digital.
Junto al número 117 aparecían dos nombres.
Nathan Kane.
Y el mío.
Pero había una tercera anotación añadida después del accidente:
Acceso bloqueado por orden de Eleanor Kane.
Sentí que me faltaba el aire.
Entonces Adrian encontró una nota adjunta.
Su rostro cambió completamente.
—¿Qué dice?
Giró la pantalla hacia mí.
Era una instrucción escrita por Nathan tres días antes del accidente.
Si algo me sucede, todo lo que hay en la caja 117 pertenece a ella y a nuestro hijo.
Nuestro hijo.
Nathan sabía que yo estaba embarazada.
Y alguien había pasado seis años asegurándose de que yo creyera exactamente lo contrario.
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…
