PARTE 2: EL SECRETO DE ALINA

—Alina, ¿cuánto tiempo piensas seguir ocultándole la verdad? —preguntó su madre.

Me quedé inmóvil detrás de la puerta.

Mi esposa comenzó a llorar.

—Hasta que firme el divorcio, mamá. Después ya no será su responsabilidad.

Sentí un escalofrío.

¿Mi responsabilidad?

Su madre suspiró.

—Dante merece saber lo que ocurrió hace seis meses.

Alina respondió con voz quebrada:

—Si se entera, jamás me dejará marchar.

El corazón comenzó a golpearme el pecho.

Empujé lentamente la puerta.

—¿De qué no debo enterarme?

Alina se volvió bruscamente.

Su rostro perdió todo el color.

—Dante…

Su madre se levantó.

—Creo que deberían hablar a solas.

Pero antes de salir, me miró con una tristeza que nunca olvidaré.

—Por favor, no confundas el sacrificio de mi hija con falta de amor.

Alina permaneció junto a la ventana.

Tenía los ojos enrojecidos.

—No debiste escuchar esa conversación.

Me acerqué.

—Mañana firmaremos el divorcio. Creo que tengo derecho a saber por qué estás llorando.

Ella sonrió tristemente.

—Porque despedirse duele, Dante.

—Entonces no nos despidamos.

Alina levantó la cabeza.

Por primera vez en tres años, vi verdadera sorpresa en sus ojos.

—¿Qué?

Dejé los documentos sobre la mesa.

—No quiero divorciarme.

Ella retrocedió.

—No digas eso por compasión.

—No es compasión.

—Dante, por favor…

Tomé aire.

Había negociado con los empresarios más poderosos del mundo.

Sin embargo, nunca había sentido tanto miedo como al pronunciar aquellas palabras.

—Te amo, Alina.

Ella se cubrió la boca.

Y comenzó a llorar.

Durante varios segundos, ninguno habló.

Después Alina susurró:

—No puedes amarme.

—¿Por qué?

—Porque no sabes toda la verdad.

Abrió un cajón y sacó una carpeta médica.

Me la entregó con manos temblorosas.

En la portada aparecía su nombre.

Y una fecha de seis meses atrás.

—¿Qué es esto?

Alina bajó la mirada.

—Me encontraron una enfermedad cardíaca.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Qué tan grave?

—Necesito tratamiento especializado. Los médicos todavía están evaluando mis opciones.

Me senté lentamente.

Recordé sus frecuentes visitas al hospital.

Las noches en que decía sentirse cansada.

Las veces que rechazó acompañarme a eventos.

Yo había interpretado todo aquello como señales de que estaba alejándose de mí.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Alina lloró en silencio.

—Porque nuestro matrimonio comenzó como un contrato. Pensé que, si lo sabías, te quedarías únicamente por obligación.

La miré horrorizado.

—¿Por eso aceptaste el divorcio?

Asintió.

—Quería que fueras libre.

Me arrodillé frente a ella.

—Alina, mírame.

Sus ojos encontraron los míos.

—Durante tres años pensé que no me amabas.

Ella soltó una risa entre lágrimas.

—Yo pensaba exactamente lo mismo.

Tomé su mano.

—Entonces hemos sido dos idiotas extraordinariamente ricos.

Por primera vez aquella noche, sonrió.

La abracé.

Y comprendí cuánto tiempo había desperdiciado fingiendo que no necesitaba a nadie.

Pero nuestra felicidad duró apenas unos minutos.

Mi teléfono comenzó a sonar.

Era Marcus Reed, mi director financiero.

—Dante, tenemos un problema grave.

—¿Puede esperar?

—No. Se trata de la familia de Alina.

Me aparté ligeramente.

—¿Qué ocurrió?

Marcus respiró profundamente.

—Encontramos movimientos financieros sospechosos relacionados con la empresa manufacturera de su padre.

Fruncí el ceño.

—¿Cuánto dinero?

—Casi cuarenta millones de dólares.

Me quedé inmóvil.

—¿Quién autorizó las transferencias?

Marcus guardó silencio.

Después respondió:

—Alguien utilizó la firma electrónica de Alina.

Miré a mi esposa.

Ella estaba completamente pálida.

—Dante… —susurró—. Hay otra cosa que debo contarte.

Colgué lentamente.

—¿Qué cosa?

Alina cerró los ojos.

—Mi padre vino a verme hace tres semanas.

—¿Y?

—Me pidió que firmara documentos para salvar la empresa familiar.

Sentí un escalofrío.

—¿Los firmaste?

Ella negó.

—No. Pero me dijo que, si me divorciaba de ti, todo sería más sencillo.

A la mañana siguiente, cancelé la reunión con los abogados del divorcio.

En su lugar, convoqué una auditoría independiente.

Alina permaneció a mi lado.

Ya no como una esposa silenciosa.

Sino como mi compañera.

Marcus presentó los primeros resultados.

—Los fondos fueron transferidos a una sociedad registrada en las Islas Caimán.

—¿Quién la controla? —pregunté.

Marcus miró a Alina.

—Una empresa vinculada a su hermano, Julian.

Alina dejó de respirar.

—Eso es imposible.

Julian llevaba años trabajando en el negocio familiar.

Siempre había sido amable conmigo.

Incluso me había felicitado cuando anuncié nuestra separación.

Ahora comprendía por qué.

Aquella tarde, Julian apareció en mi oficina.

Sonreía.

—Dante, escuché que cancelaste el divorcio.

No respondí.

Le mostré los documentos.

Su sonrisa desapareció.

—¿De dónde sacaste eso?

—De una auditoría.

Julian miró a su hermana.

—Alina, no deberías estar aquí.

Ella se enderezó.

—¿Por qué utilizaste mi firma?

Él palideció.

—No sabes de qué estás hablando.

Alina colocó otro documento sobre la mesa.

—También encontré los correos electrónicos que enviaste a mi médico.

Julian se quedó inmóvil.

Yo giré hacia ella.

—¿Qué correos?

Alina tragó saliva.

—Mi hermano pidió información sobre mi estado de salud sin mi autorización.

Sentí que la rabia me quemaba el pecho.

—¿Para qué?

Julian no respondió.

Marcus entró con una segunda carpeta.

—Encontramos algo más.

Colocó un documento frente a nosotros.

Era un borrador de acuerdo financiero preparado para después del divorcio.

Según sus cláusulas, determinadas participaciones que Alina poseía en la empresa familiar serían transferidas a una sociedad administrada por Julian.

—¿Qué significa esto? —preguntó Alina.

Marcus respondió:

—Que alguien esperaba que usted firmara estos documentos junto con la separación patrimonial.

Julian golpeó la mesa.

—¡Solo intentaba proteger el negocio!

Lo miré fríamente.

—¿Utilizando la enfermedad de tu hermana?

Su expresión cambió.

—Dante, no entiendes lo que está ocurriendo.

—Entonces explícalo.

Julian miró hacia la puerta.

Y pronunció una frase inesperada:

—Pregúntale a tu propio abogado.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué tiene que ver mi abogado?

Julian soltó una risa amarga.

—¿Quién crees que preparó los documentos del divorcio?

Recordé las veintisiete páginas.

Las etiquetas amarillas.

La rapidez con que todo había sido organizado.

Mi abogado, Charles Whitmore, llevaba quince años trabajando conmigo.

Confiaba en él completamente.

O eso creía.

Marcus revisó los documentos.

Su expresión se endureció.

—Dante, hay una cláusula que deberías ver.

Me mostró la página diecinueve.

La leí.

Una vez.

Dos.

Sentí que el corazón se detenía.

Alina habría recibido veinte millones de dólares.

Pero también habría renunciado a ciertos derechos relacionados con las inversiones familiares administradas conjuntamente durante nuestro matrimonio.

Y una sociedad controlada por Julian aparecía como beneficiaria indirecta de una transferencia posterior.

—¿Charles sabía esto? —pregunté.

Marcus asintió lentamente.

—Su firma aparece en la documentación preparatoria.

Alina comenzó a temblar.

—Dante, yo nunca pedí ese acuerdo.

Tomé su mano.

—Lo sé.

Entonces sonó mi teléfono.

Era Charles.

Contesté.

—Necesitamos hablar.

Su voz sonó extrañamente tranquila.

—Dante, me alegra que hayas llamado. Supongo que ya encontraste la página diecinueve.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué hiciste?

Charles suspiró.

—Intenté evitar que cometieras un error.

—¿Qué error?

Hubo un silencio.

Después respondió:

—Casarte con Alina.

Sentí que la sangre se me helaba.

—¿De qué estás hablando?

Charles habló lentamente.

—Hace tres años, tu junta directiva no eligió a Alina por casualidad.

Miré a mi esposa.

Ella estaba tan sorprendida como yo.

—¿Qué significa eso?

—Su familia necesitaba dinero. Tú necesitabas una esposa. Pero alguien necesitaba algo mucho más importante.

—¿Quién?

Charles respondió:

—Tu padre.

Me quedé sin respiración.

Mi padre, Alessandro Moretti, había fallecido cinco años antes.

—Eso es imposible.

Charles soltó una risa seca.

—Tu padre dejó instrucciones muy específicas antes de morir.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué instrucciones?

—Que te casaras con una mujer de la familia de Alina.

Miré a mi esposa.

Ella comenzó a llorar.

—Dante, te juro que no sabía nada.

Apreté su mano.

—Te creo.

Pero Charles todavía no había terminado.

—Hay una razón por la que tu padre eligió esa familia.

Aquella noche recibimos un sobre enviado por mensajería.

Dentro había una carta escrita de puño y letra de mi padre.

Reconocí inmediatamente su firma.

La primera frase me dejó inmóvil.

«Dante, si algún día descubres la verdad sobre tu matrimonio, significa que Charles no cumplió su promesa».

Continué leyendo.

«Hace muchos años cometí un error que afectó a la familia de Alina. Intenté repararlo, pero no pude hacerlo públicamente».

Mis manos comenzaron a temblar.

«Tu matrimonio debía unir a nuestras familias y proteger algo que pertenece legítimamente a ella».

Alina me miró confundida.

—¿Qué pertenece a mí?

Abrí la última página.

Había un certificado de propiedad.

Una participación del treinta por ciento en Moretti Global Holdings.

Valorada en cientos de millones de dólares.

A nombre de una mujer que nunca había conocido.

ISABELLA MORETTI.

Alina se llevó una mano a la boca.

—Isabella era mi abuela.

Sentí que el mundo se detenía.

Entonces comprendí que nuestro matrimonio no había sido simplemente un acuerdo comercial.

Había sido parte de una promesa que mi padre hizo décadas atrás.

Pero antes de que pudiera decir algo, Alina recibió un mensaje de su madre.

«Hija, no confíes en Charles. Tu abuela no murió como te contamos. Y Dante tiene derecho a saber por qué su padre ocultó su existencia».

Un segundo mensaje apareció inmediatamente.

Era una fotografía antigua.

Mostraba a mi padre abrazando a Isabella.

Y entre ellos había un niño pequeño.

Un niño que se parecía extraordinariamente a mí.

Debajo aparecía una fecha.

1983.

Mi año de nacimiento.

Alina me miró horrorizada.

—Dante… ¿quién es ese niño?

No pude responder.

Porque en el reverso de la fotografía había una frase escrita por mi padre:

«MI HIJO DANTE, CON SU VERDADERA MADRE».

Y entonces comprendí que el secreto de nuestro matrimonio podía ser mucho más devastador de lo que cualquiera había imaginado.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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