Durante varios segundos, nadie respiró.
Don Salvatore Rossi me observaba como si acabara de ver un fantasma.
Su mano se cerró alrededor del bastón.
Gabriel se levantó lentamente.
—Padre, Tessa no quiso faltarte al respeto.
Pero Salvatore levantó una mano.
—Siéntate, Gabriel.
Su voz había cambiado.
Ya no sonaba furioso.
Sonaba profundamente desconcertado.
Entonces me hizo una pregunta en siciliano.
—¿Quién te enseñó a hablar así, muchacha?
Sonreí ligeramente.
—Un anciano llamado Antonio Cosenza. Vivía en mi edificio de Brooklyn.
El bastón de Salvatore cayó al suelo.
El ruido hizo que varios clientes se sobresaltaran.
Gabriel se inclinó inmediatamente.
—¡Padre!
Pero Salvatore no apartó los ojos de mí.
—Repite ese nombre.
Fruncí el ceño.
—Antonio Cosenza.
El anciano comenzó a temblar.
—Imposible.
Gabriel me miró.
—Tessa, ¿conoces realmente a ese hombre?
Asentí.
—Fue mi vecino durante cuatro años. Me enseñó siciliano, a preparar pasta y a discutir sin levantar la voz.
Intenté sonreír.
Nadie respondió.
Salvatore se llevó una mano al pecho.
—¿Está vivo?
La pregunta me sorprendió.
—Sí. Aunque últimamente está bastante enfermo.
El rostro del anciano perdió todo el color.
—¿Dónde vive?
Retrocedí ligeramente.
—No puedo darle la dirección de otra persona sin su permiso.
Uno de los guardaespaldas frunció el ceño.
Pero Gabriel levantó la mano para detenerlo.
Salvatore me observó durante unos segundos.
Después dijo algo que jamás habría esperado.
—Tienes razón, muchacha.
Y entonces susurró:
—Antonio era mi hermano.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Su hermano?
Salvatore asintió lentamente.
—Mi hermano mayor. Desapareció de Sicilia hace cuarenta y tres años.
Gabriel lo miró sorprendido.
—Padre, siempre dijiste que el tío Antonio había muerto.
El anciano cerró los ojos.
—Porque eso fue lo que me hicieron creer.
Me apoyé contra una silla.
Recordé las noches en que Antonio me hablaba de Palermo.
Sus historias siempre terminaban antes de mencionar a su familia.
Una vez le pregunté si tenía hermanos.
Me respondió:
«Algunos recuerdos duelen más cuando todavía están vivos».
Nunca entendí aquellas palabras.
Hasta ahora.
Salvatore me pidió que me sentara.
—Señor Rossi, estoy trabajando.
Gabriel miró a Richard, mi gerente.
—Su turno ha terminado. Le pagaremos el resto de la noche.
Richard asintió inmediatamente.
Pero yo negué con la cabeza.
—Primero tengo que entregar dos pedidos.
Gabriel me observó.
Después apareció una pequeña sonrisa en su rostro.
—Por supuesto.
Cuando regresé, Salvatore tenía los ojos húmedos.
—Dime algo, Tessa. ¿Antonio todavía prepara pan con aceitunas negras?
Sonreí.
—Todos los domingos. Y siempre se queja de que la harina estadounidense no sirve para nada.
Salvatore soltó una carcajada.
Fue un sonido inesperado.
Tan humano que incluso Gabriel pareció sorprendido.
—Ese viejo testarudo —murmuró.
Entonces el anciano me tomó suavemente de la mano.
—¿Por qué una muchacha como tú trabaja tantas horas?
Vacilé.
No acostumbraba contar mis problemas a desconocidos.
Pero había algo en sus ojos que me recordó a Antonio.
—Tengo facturas médicas pendientes.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Estás enferma?
Negué rápidamente.
—Mi madre adoptiva necesita tratamiento. Llevo meses intentando pagar sus gastos.
Salvatore bajó la mirada.
—¿Adoptiva?
Asentí.
—Me encontraron cuando era bebé. Nunca conocí a mis padres biológicos.
El anciano dejó de moverse.
—¿Dónde te encontraron?
—En una iglesia de Brooklyn.
Gabriel miró a su padre.
Salvatore parecía haberse quedado sin aire.
—¿Qué iglesia?
—Santa Lucía.
El rostro del anciano se volvió completamente blanco.
—Tessa —preguntó Gabriel con cuidado—, ¿cuántos años tienes?
—Veintiséis.
Salvatore cerró los ojos.
Sus labios comenzaron a moverse en una oración silenciosa.
Finalmente preguntó:
—¿Llevabas algo contigo cuando te encontraron?
Sentí un escalofrío.
—Una medalla.
Saqué una pequeña cadena que siempre llevaba debajo del uniforme.
Era de plata.
Tenía grabada una diminuta rama de olivo.
Salvatore se llevó ambas manos a la boca.
Gabriel se puso de pie.
—Padre, ¿qué ocurre?
El anciano comenzó a llorar.
—Esa medalla…
Su voz se quebró.
—Mi madre encargó tres iguales.
Miró a Gabriel.
—Una para mí. Una para Antonio.
Después me señaló.
—Y la tercera se la entregué a mi hija.
Me quedé inmóvil.
—¿Su hija?
Salvatore asintió.
—Se llamaba Isabella.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
—¿Qué ocurrió con ella?
El anciano miró hacia la ventana.
—Desapareció hace veintisiete años.
Gabriel permaneció callado.
Yo sentía que apenas podía respirar.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
Salvatore me miró con una tristeza insoportable.
—Isabella estaba embarazada cuando desapareció.
El silencio cayó sobre la mesa.
Por primera vez, Gabriel parecía tan desconcertado como yo.
—Padre, nunca me hablaste de una hermana.
Salvatore bajó la cabeza.
—Porque durante años creí que había muerto.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Antonio.
«Tessa, ¿sigues trabajando? Necesito hablar contigo. Es importante».
Le respondí:
«Estoy con alguien que dice ser tu hermano. Se llama Salvatore Rossi».
La respuesta llegó inmediatamente.
«SAL DE ALLÍ. AHORA».
Sentí que la sangre se me helaba.
Miré a Salvatore.
Él seguía observando mi medalla.
Entonces Antonio llamó.
Contesté.
—¿Antonio?
Su voz temblaba.
—Tessa, escúchame. No le digas nada más a Salvatore.
—¿Por qué?
Hubo un silencio.
Después respondió:
—Porque hace veintisiete años alguien utilizó su nombre para hacer desaparecer a Isabella.
Me levanté tan rápidamente que la silla cayó hacia atrás.
Gabriel se puso de pie.
—¿Tessa?
Retrocedí.
—Necesito irme.
Salvatore parecía confundido.
—Muchacha, ¿qué ocurre?
No respondí.
Salí del restaurante con el teléfono pegado a la oreja.
La lluvia golpeaba las calles de Manhattan.
—Antonio, dime la verdad.
Escuché su respiración agitada.
—Tessa, llevo años esperando este momento.
—¿Qué momento?
—El día en que descubrieras quién eres.
Sentí que las piernas me temblaban.
—¿Tú lo sabías?
Antonio comenzó a llorar.
—Sabía que eras hija de Isabella.
Me apoyé contra una pared.
—¿Mi madre se llamaba Isabella Rossi?
—Sí.
Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.
—¿Dónde está?
Antonio guardó silencio.
Finalmente respondió:
—No lo sé, pequeña. Pero nunca dejé de buscarla.
En ese momento, Gabriel salió del restaurante.
No se acercó demasiado.
—Tessa, mi padre quiere disculparse.
Lo miré con los ojos llenos de lágrimas.
—Tu padre conocía a mi madre.
Gabriel se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Le mostré la medalla.
—Isabella Rossi era mi madre.
Su expresión cambió.
—Entonces tú eres…
—Su sobrina —susurré.
Gabriel se pasó una mano por el rostro.
—Dios mío.
Pero antes de que pudiera decir algo más, Antonio gritó por teléfono:
—¡Tessa, no confíes en nadie hasta que veas los documentos!
—¿Qué documentos?
—Los que guardé durante veintisiete años.
Una hora después, Gabriel me acompañó hasta el edificio de Antonio.
Había insistido en venir, pero aceptó esperar fuera del apartamento.
Encontré a mi viejo vecino sentado junto a la ventana.
Tenía una caja de madera sobre las rodillas.
Cuando me vio, comenzó a llorar.
—Perdóname, pequeña.
Me arrodillé frente a él.
—¿Por qué nunca me dijiste la verdad?
Antonio acarició mi cabello.
—Porque prometí protegerte.
Abrió la caja.
Dentro había fotografías antiguas.
Cartas.
Un certificado de nacimiento.
Y una imagen de una mujer joven sosteniendo a una recién nacida.
La mujer tenía mis ojos.
Mi nariz.
Mi sonrisa.
—Isabella —susurró Antonio.
Sentí que el corazón se me rompía.
—Mi madre…
Antonio asintió.
Después sacó un sobre amarillento.
—Esto lo dejó para ti.
Mis manos temblaban mientras lo abría.
La carta comenzaba con una frase que me hizo llorar.
«Mi querida Tessa, si algún día lees estas palabras, significa que alguien consiguió mantenerte a salvo».
Continué leyendo.
«No te abandoné porque no te amara. Te dejé porque descubrí algo que podía poner en peligro nuestras vidas».
Levanté la mirada.
—¿Qué descubrió?
Antonio respiró profundamente.
—Tu madre encontró documentos que demostraban que alguien estaba utilizando las empresas familiares para ocultar dinero.
Sentí un escalofrío.
—¿Salvatore?
Antonio negó lentamente.
—Isabella sospechaba de una persona mucho más cercana.
Entonces señaló el final de la carta.
Allí había un nombre.
MARCO ROSSI.
Fruncí el ceño.
—¿Quién es Marco?
Antonio cerró los ojos.
—El hermano mayor de Gabriel.
Me quedé sin respiración.
—¿Gabriel tiene un hermano?
—Sí. Y Marco fue la última persona que vio a tu madre antes de que desapareciera.
En ese instante, escuchamos pasos en el pasillo.
Gabriel golpeó suavemente la puerta.
—Tessa, tenemos un problema.
Antonio palideció.
—¿Qué ocurre?
La voz de Gabriel sonó tensa.
—Mi padre acaba de recibir una llamada.
Abrí la puerta.
Gabriel sostenía su teléfono.
—Marco está en Nueva York.
Antonio comenzó a temblar.
—No puede ser…
Gabriel me miró directamente.
—Y acaba de enviarle a mi padre una fotografía.
Me mostró la pantalla.
Era una mujer de unos cincuenta años.
Estaba sentada junto a una ventana.
Su cabello oscuro tenía algunas hebras plateadas.
Pero sus ojos…
Eran exactamente iguales a los míos.
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Quién es?
Gabriel tragó saliva.
—Marco dice que es Isabella.
Mi madre.
Viva.
Después apareció otro mensaje.
«SI QUIERES VOLVER A VER A TU HIJA, SALVATORE, ENTREGA LOS DOCUMENTOS QUE ANTONIO ESCONDIÓ HACE VEINTISIETE AÑOS».
Antonio dejó caer la caja.
Y entonces susurró algo que nos dejó completamente paralizados.
—Esos documentos no pertenecen a Salvatore. Demuestran quién es el verdadero heredero de toda la fortuna Rossi.
Lo miré aterrorizada.
—¿Quién?
Antonio levantó lentamente los ojos hacia mí.
—Tú, Tessa. Todo lo que los Rossi poseen debería haberte pertenecido desde el día en que naciste.
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…
