PARTE 2: LA VERDAD DE LOS 1,6 MILLONES

Daniel permaneció inmóvil frente a mí.

Tenía la mirada fija en el recibo y las manos le temblaban.

—Laura, por favor, déjame explicarte.

Solté una risa amarga.

—Llevamos cinco años juntos. Durante cinco años me has entregado cinco mil al mes mientras yo les pedía dinero a mis padres para nuestra boda.

Le mostré la fotografía del niño.

—Y ahora descubro que has gastado más de un millón seiscientos mil en Sofía. ¿Es tu hijo?

Daniel cerró los ojos.

—Sí.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—¿Desde cuándo?

—Tiene cuatro años.

Me apoyé contra la mesa.

Cuatro años.

Daniel y yo llevábamos cinco juntos.

Eso significaba que me había traicionado cuando apenas comenzábamos nuestra relación.

—¿Sofía es su madre?

Daniel bajó la cabeza.

—Sí.

Levanté una mano para impedir que se acercara.

—Entonces sal de mi casa.

—Laura, hay algo más.

—¡Fuera!

Pero antes de que pudiera moverse, alguien llamó a la puerta.

Era Sofía.

Entró llorando, con el rostro pálido.

—Laura, necesito que me escuches.

La miré con incredulidad.

—¿Vienes a mi casa después de acostarte con mi novio?

Sofía comenzó a temblar.

—No fue como piensas.

—¿El niño es suyo?

Asintió.

—Sí.

—¿Y Daniel es el padre?

Sofía miró a Daniel.

Él permaneció en silencio.

Finalmente, ella respondió:

—Biológicamente, sí.

Sentí náuseas.

—Entonces no hay nada más que hablar.

Pero Sofía sacó una carpeta de su bolso.

—Laura, Daniel no me ha estado pagando todo ese dinero por amor.

La miré fijamente.

—¿Entonces por qué?

Su respuesta me dejó helada.

—Porque alguien lo ha estado chantajeando.

Daniel golpeó la mesa.

—¡Sofía, basta!

Ella se volvió hacia él.

—¡Ya hemos mentido demasiado!

Tomó una fotografía antigua y la colocó frente a mí.

Mostraba a Daniel junto a un hombre mayor.

Reconocí inmediatamente al segundo.

Era mi padre.

—¿Qué significa esto?

Sofía respiró profundamente.

—Hace cinco años, Daniel trabajaba para una empresa vinculada a tu familia.

Fruncí el ceño.

Mi padre tenía varias empresas, pero jamás había mencionado que conociera a Daniel antes de nuestra relación.

—¿Qué tiene que ver mi padre?

Daniel se sentó lentamente.

—Laura, conocí a tu padre antes de conocerte a ti.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—¿Qué?

—Él me ayudó cuando mi familia estaba atravesando una situación económica terrible.

Lo miré con incredulidad.

—¿Y por qué nunca me lo contaste?

Daniel no respondió.

Sofía abrió la carpeta.

—Porque tu padre le pidió que se acercara a ti.

Durante varios segundos no escuché nada.

Solo el zumbido del refrigerador.

—Eso es absurdo —susurré.

Sofía señaló un documento.

Era un contrato de confidencialidad firmado cinco años atrás.

Reconocí la firma de Daniel.

Y debajo estaba la de mi padre.

—¿Mi padre te contrató para ser mi novio?

Daniel negó rápidamente.

—No exactamente.

—¡Entonces explícate!

Se pasó las manos por el rostro.

—Tu padre sabía que estabas atravesando una etapa difícil después de tu anterior relación. Me pidió que te acompañara, que te ayudara a recuperar la confianza.

Sentí una mezcla de vergüenza y rabia.

—¿Y aceptaste?

Daniel levantó los ojos.

—Al principio, sí.

Aquellas palabras me destrozaron.

—¿Al principio?

—Después me enamoré de ti de verdad.

Me reí entre lágrimas.

—Qué conveniente.

Sofía intervino.

—Laura, el niño nació de una relación que Daniel y yo tuvimos antes de que él empezara a salir contigo.

Me quedé inmóvil.

—Pero tiene cuatro años.

Daniel bajó la mirada.

—Sofía estaba embarazada cuando comenzamos nuestra relación. Yo no lo sabía.

—¿Y cuándo lo descubriste?

—Dos años después.

Lo miré con desprecio.

—Entonces llevas tres años ocultándomelo.

Asintió.

—Sí.

Me senté porque las piernas dejaron de sostenerme.

—¿Y el millón seiscientos mil?

Sofía respiró profundamente.

—No todo ese dinero fue para mí.

Señaló varias transferencias.

—Una parte cubrió gastos del niño. Otra fue destinada a una cuenta que Daniel utilizaba para pagar una deuda.

—¿Qué deuda?

Daniel palideció.

—Laura, por favor…

Sofía lo interrumpió.

—Una deuda con tu padre.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Mi padre?

Daniel comenzó a llorar.

—Él me prestó dinero cuando nació el niño. Después me exigió que lo devolviera con intereses.

Miré nuevamente el recibo.

—¿Y por qué las transferencias aparecen a nombre de Sofía?

Ella respondió:

—Porque mi cuenta fue utilizada como intermediaria. Yo también acepté ocultarlo.

Me quedé observándolos.

Dos personas en quienes había confiado más que en nadie.

Y ambas habían participado en una mentira que llevaba años creciendo a mis espaldas.

Entonces recordé algo.

Mi padre siempre había insistido en que Daniel era un hombre excelente.

Cada vez que discutíamos, me decía:

«No encontrarás otro que te entregue todo su sueldo».

Sentí un escalofrío.

—¿Mi padre sabía que Daniel tenía un hijo?

Daniel asintió lentamente.

—Sí.

Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.

Tomé mi teléfono y llamé a mi padre.

Respondió inmediatamente.

—Laura, hija, ¿ocurre algo?

—Papá, necesito preguntarte algo.

—Claro.

Respiré profundamente.

—¿Conocías a Daniel antes de que empezáramos a salir?

Hubo un silencio.

—¿Por qué preguntas eso?

—Contéstame.

Mi padre suspiró.

—Sí.

Cerré los ojos.

—¿También sabías que tenía un hijo con Sofía?

El silencio fue todavía más largo.

Finalmente respondió:

—Laura, hay cosas que hice para protegerte.

Sentí que la rabia me quemaba el pecho.

—¡Me has estado mintiendo durante cinco años!

—Ven a casa. Te lo explicaré.

—No. Lo explicarás ahora.

Entonces mi padre dijo algo que me dejó completamente paralizada.

—Daniel nunca debió contarte lo del contrato.

Miré a mi novio.

Él tenía el rostro hundido entre las manos.

—¿Qué contrato, papá?

Mi padre respiró profundamente.

—El que firmó cuando aceptó casarse contigo.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Casarse conmigo?

—Laura, escúchame…

Colgué.

No podía soportar otra palabra.

Daniel levantó lentamente la cabeza.

—Yo iba a contártelo después de la boda.

Me quedé mirándolo.

—¿Qué ibas a contarme?

Él comenzó a llorar.

—Que tu padre prometió cancelar mi deuda si nos casábamos.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Nuestra boda.

La casa.

Los ahorros de mis padres.

Todo estaba conectado.

Esa noche fui directamente a casa de mis padres.

Mi madre abrió la puerta.

Al verme llorando, me abrazó.

—¿Qué ocurrió, cariño?

—Mamá, ¿sabías que papá le pagó a Daniel para acercarse a mí?

Su rostro perdió todo el color.

—¿Quién te dijo eso?

Me aparté lentamente.

—Entonces tú también lo sabías.

Mi madre comenzó a llorar.

—Laura, hay algo que nunca te contamos.

—No quiero más mentiras.

Ella tomó mi mano.

—Hace cinco años, tu padre descubrió que alguien estaba intentando apropiarse de una parte de nuestra empresa familiar.

Fruncí el ceño.

—¿Qué tiene que ver eso conmigo?

Mi madre respiró profundamente.

—Todo, hija.

Entonces sacó una carpeta del armario.

Dentro había documentos financieros.

Y un testamento.

Mi nombre aparecía en la primera página.

—¿Qué es esto?

Mi madre respondió:

—Tu abuelo dejó una participación importante de la empresa a tu nombre. Pero estableció condiciones para que pudieras administrarla personalmente.

Sentí que el corazón se me aceleraba.

—¿Qué condiciones?

Mi madre bajó la mirada.

—Una de ellas estaba relacionada con tu matrimonio.

Abrí el documento.

Leí las primeras líneas.

Después volví a leerlas.

Mi abuelo había creado un fideicomiso para proteger mi patrimonio.

El matrimonio no era obligatorio para recibirlo.

Pero una cláusula establecía que ciertos activos podían ser administrados conjuntamente si yo firmaba una autorización después de casarme.

Recordé entonces algo.

Daniel llevaba meses insistiendo en que firmáramos documentos financieros inmediatamente después de la boda.

—Mamá…

Mi voz apenas salió.

—¿Papá quería que Daniel administrara mi herencia?

Ella comenzó a llorar.

—Eso es lo que descubrí hace tres semanas.

Sentí que las piernas me fallaban.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

—Porque estaba reuniendo pruebas.

Entonces mi madre sacó una fotografía.

Mostraba a mi padre reunido con Sofía.

La fecha era de hacía seis meses.

—Laura, tu padre no estaba ayudando a Daniel a pagar una deuda.

La miré horrorizada.

—¿Entonces qué hacía?

Mi madre respiró profundamente.

—Estaba pagando para que Sofía mantuviera en secreto algo que podía destruir su plan.

Mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Sofía.

«Laura, tu madre tampoco te está contando toda la verdad. Pregúntale quién es realmente el padre de mi hijo».

Sentí que el corazón se me detenía.

Miré a mi madre.

—¿Qué significa esto?

Ella observó la pantalla.

Su rostro se volvió completamente blanco.

Entonces susurró:

—Laura… hay una razón por la que tu padre lleva cuatro años pagando por ese niño.

Y antes de que pudiera preguntarle cuál era, añadió:

—Porque Daniel no es su padre biológico. Tu padre lo es.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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