PARTE 2: EL SECRETO QUE MARCUS OCULTABA

David me condujo hacia una pequeña sala de reuniones.

Todavía sostenía la bolsa del almuerzo.

—David, me estás asustando. ¿Dónde está mi esposo?

Él cerró la puerta lentamente.

—Marcus está en el hospital.

Sentí un alivio inmediato.

Pero desapareció cuando vi las lágrimas deslizándose por su rostro.

—No está trabajando, Elena.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué quieres decir?

David respiró profundamente.

—Está ingresado en la unidad de cuidados intensivos.

La bolsa cayó de mis manos.

El recipiente se abrió y el sándwich quedó esparcido sobre el suelo.

—No… Eso es imposible. Lo vi salir de casa esta mañana.

—Lo sé.

—¡Llevaba su uniforme! ¡Me dijo que tenía una operación!

David bajó la mirada.

—Marcus lleva casi un año recibiendo tratamiento por una enfermedad cardíaca grave.

Sentí que las paredes comenzaban a cerrarse sobre mí.

—¿Un año?

Él asintió.

—Su corazón estaba debilitándose. Necesitaba tratamiento especializado y estaba siendo evaluado para un trasplante.

Me llevé ambas manos a la boca.

Todas aquellas noches.

Las cenas olvidadas.

Los cumpleaños perdidos.

La noche en que lo encontré llorando al borde de nuestra cama.

No estaba alejándose de nosotros.

Estaba intentando ocultarnos que tenía miedo de morir.

—¿Por qué no me lo dijo? —susurré.

David cerró los ojos.

—Porque sabía cuánto habías sufrido cuando perdiste a tu madre. Pensó que podía protegerte de otro dolor.

Las lágrimas comenzaron a caer sin control.

—¡Soy su esposa! ¡No necesitaba que me protegiera de la verdad!

David asintió.

—Se lo dije muchas veces.

Entonces abrió la puerta.

—Ven conmigo.

Caminamos por pasillos interminables hasta llegar a una habitación rodeada de monitores.

Y allí estaba Marcus.

Mi esposo.

El hombre que siempre parecía invencible.

Ahora permanecía acostado, pálido, conectado a varios equipos médicos.

Me acerqué lentamente.

—Marcus…

Sus párpados se movieron.

Cuando abrió los ojos y me vio, su expresión se transformó.

—Elena…

Su voz era apenas un susurro.

Me senté junto a él y tomé su mano.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Una lágrima recorrió su mejilla.

—No quería que nuestra hija me mirara como si estuviera desapareciendo.

Sentí que el corazón se me rompía.

—Ella te mira como a su héroe, Marcus. Y yo también.

Él intentó sonreír.

—No me siento como uno.

Besé su mano.

—No tienes que serlo.

Durante varios minutos permanecimos abrazados.

Entonces Marcus miró hacia la puerta.

—David… ¿se lo contaste todo?

Su colega vaciló.

—Le expliqué tu enfermedad.

Marcus cerró lentamente los ojos.

—Entonces todavía no lo sabe.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué cosa?

Mi esposo comenzó a temblar.

—Elena, hay otra razón por la que he pasado tantas noches aquí.

David apartó la mirada.

Marcus respiró con dificultad.

—Hace ocho meses conocí a una niña llamada Sophie. Tenía siete años y necesitaba una operación muy complicada.

Fruncí el ceño.

—¿Y qué pasó?

—La operé. Sobrevivió.

Una sonrisa triste apareció en su rostro.

—Pero cuando despertó, me preguntó si podía ayudar también a su mamá.

Me quedé en silencio.

—Su madre trabajaba limpiando habitaciones en el hospital. No tenía seguro médico suficiente y padecía una enfermedad que requería tratamiento.

Marcus tragó saliva.

—Comencé a pagar sus gastos médicos con mis ahorros personales.

Lo miré sorprendida.

—¿Por eso desapareció el dinero de nuestra cuenta?

Asintió.

—Parte de él.

Sentí una mezcla dolorosa de admiración y tristeza.

—Marcus, podríamos haberlas ayudado juntos.

—Lo sé.

Entonces su expresión se endureció.

—Pero después descubrí algo que no debía descubrir.

David se acercó inmediatamente.

—Marcus, necesitas descansar.

Mi esposo negó débilmente.

—Ella tiene derecho a saberlo.

Me apretó la mano.

—Elena, la madre de Sophie trabajaba antes en el departamento financiero del hospital.

Sentí que algo cambiaba.

—¿Y?

—Encontró documentos que demostraban que alguien estaba desviando dinero destinado a tratamientos de pacientes sin recursos.

Miré a David.

Su rostro había perdido todo el color.

Marcus continuó:

—Cuando intentó denunciarlo, la despidieron. Después desaparecieron sus expedientes médicos.

—¿Quién hizo eso?

Marcus cerró los ojos.

—El director del hospital.

Me quedé helada.

—¿El doctor Harrison?

Mi esposo asintió.

Pero antes de que pudiera responder, una enfermera entró apresuradamente.

—Doctor David, necesitamos hablar con usted. Inmediatamente.

David salió.

A través del cristal vi cómo la enfermera le mostraba una carpeta.

Su expresión cambió.

Volvió a entrar pocos segundos después.

—Marcus… tenemos un problema.

Mi esposo intentó incorporarse.

—¿Qué sucedió?

David me miró.

—Elena, ¿recuerdas la fundación que tu madre creó antes de morir?

Sentí un escalofrío.

—Por supuesto. La Fundación Bennett. Financia tratamientos infantiles.

David tragó saliva.

—Acabamos de descubrir que buena parte del dinero desaparecido pertenecía a esa fundación.

No podía respirar.

Mi madre había dedicado su vida a ayudar a niños enfermos.

—¿Cuánto dinero?

David guardó silencio.

Después respondió:

—Casi dieciocho millones de dólares.

Me llevé una mano al pecho.

Entonces Marcus pronunció unas palabras que me hicieron sentir que el suelo desaparecía.

—Elena, tu madre no murió antes de descubrirlo.

Lo miré fijamente.

—¿Qué estás diciendo?

Mi esposo comenzó a llorar.

—Dejó una carta. Una carta que alguien escondió durante seis años.

David sacó lentamente un sobre amarillento de su bolsillo.

Reconocí inmediatamente la letra de mi madre.

En el frente aparecía mi nombre.

PARA ELENA. CUANDO FINALMENTE DESCUBRAS LA VERDAD.

Mis manos comenzaron a temblar.

Abrí el sobre.

Solo había una página.

Y la primera frase hizo que la sangre se me helara.

Hija mía, si estás leyendo esto, significa que Marcus ha descubierto lo que realmente ocurrió aquella noche.

Levanté lentamente la mirada hacia mi esposo.

—Marcus… ¿qué ocurrió la noche en que murió mi madre?

Él cerró los ojos.

Y cuando volvió a abrirlos, vi un miedo que jamás había visto en su rostro.

—Elena, tu madre no estaba sola cuando sufrió aquel accidente.

Hizo una pausa.

—Yo estaba con ella.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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