PARTE 2: LA MUJER QUE NADIE DEBIÓ DESAFIAR

El silencio duró apenas tres segundos.

Después, Adrian Foster estalló en carcajadas.

—¿Escucharon eso? ¡Nuestra princesita cree que está en una película de acción!

Selena se abrazó a su cintura.

—Cariño, ten cuidado. Quizá rompa una uña.

No respondí.

Comprobé que el instructor hubiera despejado la zona de tiro y esperé su autorización.

El hombre, un veterano de unos sesenta años llamado Robert Mitchell, me observaba con una expresión extraña.

—Señorita Vega —murmuró—, ¿ha recibido entrenamiento profesional?

Lo miré brevemente.

—Algo parecido.

Robert no sonrió.

Simplemente retrocedió.

—Cuando esté preparada.

Levanté el arma.

Durante un instante, escuché nuevamente la voz de Mateo.

Clara, respira. No estás sola.

Apreté los labios.

No podía salvarlo ahora.

Pero podía demostrarme que todavía era capaz de vivir sin huir de mis recuerdos.

Sonó el primer disparo.

Después el segundo.

Y el tercero.

Veinte disparos más tarde, bajé el arma.

Nadie habló.

Robert activó el sistema que acercaba la diana.

Cuando apareció, Selena dejó escapar un grito ahogado.

Los veinte impactos estaban agrupados alrededor del centro.

Adrian se acercó bruscamente.

—¡Eso es imposible!

Robert examinó el blanco.

—Una agrupación extraordinaria.

Liam soltó una carcajada nerviosa.

—Seguro que la máquina está defectuosa.

Adrian arrancó la hoja.

—¡Otra ronda!

Lo miré tranquilamente.

—Quedan cuatro.

Su rostro enrojeció.

Durante los siguientes minutos, Adrian disparó con creciente desesperación.

Cada error lo enfurecía más.

Yo mantuve la calma.

Al terminar la quinta ronda, Robert colocó los resultados sobre la mesa.

—Señor Foster, ha perdido.

El silencio fue absoluto.

Selena dejó de sonreír.

Adrian miró los números.

Después me miró a mí.

—¿Quién demonios eres?

Dejé el equipo sobre la mesa.

—La mujer con la que ibas a casarte.

—¡No juegues conmigo!

Sacó su teléfono.

—Voy a llamar a tu padre.

Sonreí tristemente.

—Adelante.

Mi padre respondió al tercer tono.

Adrian activó el altavoz.

—¡Señor Vega! ¡Su hija me ha humillado delante de mis amigos!

Escuché un suspiro conocido.

—Clara, ¿qué hiciste ahora?

Aquella pregunta me dolió más que cualquier insulto de Adrian.

Ni siquiera preguntó si estaba bien.

—Gané una apuesta, papá.

—¡No puedes permitirte avergonzar a los Foster!

Adrian recuperó la sonrisa.

—Exactamente. Su hija necesita aprender…

—Basta —lo interrumpí.

Todos me miraron.

—Papá, durante meses soporté esto porque dijiste que nuestra familia necesitaba ayuda.

Mi voz permaneció firme.

—Pero hoy este hombre me apuntó con un arma cargada.

El silencio al otro lado de la línea fue aterrador.

Finalmente, mi padre respondió:

—Adrian seguramente estaba bromeando.

Sentí que algo dentro de mí terminaba de romperse.

—Entonces nuestro acuerdo termina aquí.

Colgué.

Adrian abrió los ojos.

—¿Qué acabas de decir?

Me quité el anillo de compromiso.

Lo coloqué sobre la mesa.

—No habrá boda.

Selena soltó una carcajada.

—¡Como si pudieras decidirlo!

Me volví hacia ella.

—Acabo de hacerlo.

Entonces escuché un sonido inesperado.

Una silla arrastrándose.

Robert Mitchell se había puesto de pie.

Tenía el rostro pálido.

Miraba una pequeña cicatriz que había quedado al descubierto cuando me arremangué.

—Disculpe… —dijo con voz temblorosa—. ¿Su apellido es realmente Vega?

Me quedé inmóvil.

—Sí.

El veterano tragó saliva.

—¿Estuvo usted destinada en una unidad especial hace aproximadamente dos años?

Sentí que el corazón se me aceleraba.

—¿Por qué pregunta?

Robert abrió lentamente una cartera desgastada.

Sacó una fotografía.

En ella aparecían seis soldados frente a un helicóptero.

Reconocí cada rostro.

Mateo.

Daniel.

Lucas.

Héctor.

Samuel.

Y yo.

Mis manos comenzaron a temblar.

—¿Dónde consiguió eso?

Robert tenía lágrimas en los ojos.

—Mi hijo estaba en esa fotografía.

Señaló a Mateo.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—Usted… ¿es el padre de Mateo?

El anciano asintió.

—Mi hijo me escribió sobre usted antes de su última misión.

Adrian miró la fotografía con fastidio.

—¿Qué tiene que ver todo esto conmigo?

Robert se volvió lentamente hacia él.

—Joven, acaba de apuntar con un arma a una mujer que sobrevivió a una misión de la que cinco de sus compañeros no regresaron.

Las risas desaparecieron.

—Ella fue quien sacó a mi hijo del lugar donde cayó —continuó Robert—. Y gracias a ella pudimos despedirnos de él.

Las lágrimas comenzaron a recorrer mi rostro.

—No pude salvarlo —susurré.

Robert se acercó.

—Clara, mi hijo sabía los riesgos. Usted no le falló.

Por primera vez desde mi regreso, alguien había pronunciado aquellas palabras.

Y no pude evitar llorar.

Pero entonces Robert dijo algo que me dejó helada.

—Hay una razón por la que llevo meses intentando encontrarla.

Levanté la mirada.

—¿Qué razón?

Sacó un sobre sellado.

—Mateo dejó una carta para usted.

Reconocí inmediatamente su letra.

Abrí el sobre con manos temblorosas.

Clara:

Si estás leyendo esto, significa que no pude cumplir mi promesa de regresar contigo.

Hay algo que descubrimos antes de la misión. Algo relacionado con la empresa que financió el proyecto del oeste.

Mi respiración se detuvo.

El proyecto del oeste.

El mismo proyecto por el que mi padre quería obligarme a casarme con Adrian.

Continué leyendo.

Si algún día escuchas el apellido Foster, ten cuidado.

Levanté lentamente la cabeza.

Adrian estaba completamente pálido.

Robert se acercó a mí.

—¿Qué dice?

Antes de que pudiera responder, las puertas del campo de tiro se abrieron.

Tres hombres vestidos con trajes oscuros entraron.

El primero mostró una identificación oficial.

—¿Capitana Clara Vega?

Adrian retrocedió.

—¿Capitana?

El hombre me miró con absoluta seriedad.

—Señora, necesitamos hablar con usted inmediatamente. Ha aparecido nueva información sobre su última misión.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué información?

El agente miró brevemente a Adrian.

Después respondió:

—Tenemos motivos para creer que aquella operación fue comprometida deliberadamente.

Apreté la carta de Mateo.

—¿Por quién?

El agente guardó silencio unos segundos.

—Por alguien vinculado a Foster Industries.

Adrian comenzó a negar con la cabeza.

—¡Eso es absurdo! ¡Mi familia no tiene nada que ver!

Entonces el agente sacó una fotografía.

La colocó frente a mí.

En ella aparecía el padre de Adrian estrechando la mano de un hombre que yo había visto durante aquella misión.

Un hombre al que todos creíamos muerto.

Sentí que la sangre se me helaba.

—No puede ser…

Robert me sujetó suavemente del brazo.

—Clara, ¿qué ocurre?

Miré nuevamente la fotografía.

Y pronuncié el nombre que llevaba dos años escuchando en mis pesadillas.

—Coronel Harrison.

El agente asintió lentamente.

—Está vivo, capitana.

La habitación quedó completamente en silencio.

Entonces añadió:

—Y afirma que usted no fue la única sobreviviente.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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