El hombre golpeó desesperadamente la puerta del autobús.
—¡Ábranme! ¡Necesita ayuda inmediatamente!
El conductor abrió.
El desconocido subió empapado, con el cabello oscuro pegado a la frente y una expresión que mezclaba miedo y determinación.
Se arrodilló frente a mí.
—¿Claire Mercer?
Lo miré aterrorizada.
—¿Cómo sabe mi nombre?
Sus ojos descendieron hacia mi vientre.
—Soy Alexander Bennett. Conocí a su padre.
Sentí que el corazón se me detenía.
Mi padre había fallecido cuando yo tenía diecinueve años.
—Eso es imposible…
Otra contracción me dobló de dolor.
Alexander sostuvo cuidadosamente mi hombro.
—No tenemos tiempo para explicaciones. Una ambulancia viene en camino.
Quince minutos después, los médicos me trasladaban de urgencia al Hospital Presbyterian.
Alexander no se apartó.
Cuando una enfermera preguntó quién era, respondió:
—Alguien que prometió protegerla.
Antes de que pudiera preguntarle qué significaba aquello, las puertas del quirófano se cerraron.
Las siguientes horas fueron una pesadilla de luces blancas, voces urgentes y un miedo imposible de describir.
Mis trillizos nacieron demasiado pronto.
Dos niñas.
Un niño.
Los tres fueron trasladados inmediatamente a cuidados intensivos neonatales.
Cuando desperté, Alexander estaba sentado junto a mi cama.
—¿Mis bebés? —susurré.
Se levantó inmediatamente.
—Están vivos, Claire. Son muy pequeños, pero los médicos están haciendo todo lo posible.
Comencé a llorar.
Alexander esperó hasta que pude respirar.
Entonces colocó un sobre antiguo sobre mi manta.
Reconocí la letra inmediatamente.
Era de mi padre.
—Antes de morir —explicó—, tu padre me pidió que te buscara si alguna vez necesitabas protección.
Abrí el sobre con manos temblorosas.
Dentro había una carta y documentos de una empresa llamada Mercer Holdings.
—No entiendo…
Alexander respiró profundamente.
—Tu padre fue uno de los fundadores de la compañía que hoy dirige Ethan.
Lo miré incrédula.
—¿Qué?
—Ethan nunca te contó cómo consiguió su primera financiación, ¿verdad?
Negué lentamente.
Alexander señaló los documentos.
—Tu padre dejó sus acciones dentro de un fideicomiso. Tú eres su única beneficiaria.
Sentí un escalofrío.
—¿Cuántas acciones?
Alexander sostuvo mi mirada.
—El cincuenta y uno por ciento.
Me quedé completamente inmóvil.
Mi esposo acababa de echar de casa a la mujer que, sin saberlo, tenía el control mayoritario de su imperio.
Pero Alexander todavía no había terminado.
—Hay algo más, Claire.
Sacó una carpeta roja.
—Ethan ha estado utilizando fondos corporativos para financiar propiedades y contratos vinculados a Sabrina Vale. Hemos encontrado movimientos que requieren una investigación inmediata.
Una lágrima descendió por mi mejilla.
—Me dejó sin veintitrés dólares mientras nuestros hijos estaban a punto de nacer.
Alexander bajó la cabeza.
—Lo sé.
Entonces sonó su teléfono.
Miró la pantalla y su expresión cambió.
—¿Qué sucede? —pregunté.
—Ethan acaba de anunciar públicamente su compromiso con Sabrina.
Cerré los ojos.
Pero Alexander añadió algo inesperado.
—Y celebrarán una gala en Manhattan dentro de tres meses para anunciar su nueva adquisición empresarial.
—¿Qué adquisición?
Alexander deslizó un documento hacia mí.
—La compra de una compañía valorada en ochocientos millones de dólares. Necesita la aprobación de los accionistas mayoritarios.
Lo miré lentamente.
—Mi aprobación.
Alexander sonrió por primera vez.
—Exactamente.
Tres meses después, entré en un salón de baile de Manhattan vestida de azul medianoche.
Mis tres bebés estaban a salvo, recuperándose y creciendo bajo los cuidados de un equipo médico extraordinario.
Alexander caminaba a mi lado.
Al otro extremo del salón, Ethan sostenía la cintura de Sabrina mientras sonreía ante las cámaras.
Entonces me vio.
Su copa quedó suspendida en el aire.
—¿Claire?
Sabrina giró hacia mí con desprecio.
—¿Qué hace ella aquí?
Alexander se adelantó.
—Señor Mercer, permítame presentarle a la accionista mayoritaria de su empresa.
Ethan palideció.
Pero antes de que pudiera responder, el presidente del consejo subió al escenario.
—Damas y caballeros, tenemos un anuncio extraordinario.
Las pantallas gigantes se iluminaron.
Apareció mi nombre.
CLAIRE MERCER — PRESIDENTA DEL CONSEJO.
Ethan retrocedió.
—Esto no puede estar pasando…
Lo miré directamente.
—Me diste veinticuatro horas para desaparecer, Ethan.
Hice una pausa.
—Y durante esas veinticuatro horas nacieron tus tres hijos.
Su rostro se descompuso.
—¿Los bebés…?
—Están vivos.
Por primera vez, vi lágrimas auténticas en sus ojos.
Pero entonces Alexander se acercó a mí y susurró:
—Claire, acaba de llegar el resultado de la investigación que solicitamos.
Leí el documento.
Sentí que la sangre se me helaba.
No se trataba solamente de dinero desviado.
Habíamos descubierto que alguien había pagado al administrador de nuestro antiguo edificio para desactivar las cámaras de seguridad la noche en que Ethan me expulsó.
Y la orden no provenía de Ethan.
La firma pertenecía a Sabrina Vale.
Levanté lentamente la mirada hacia ella.
Sabrina dejó de sonreír.
Porque acababa de comprender que yo había descubierto algo que nunca debí saber.
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…