PARTE 2: EL SECRETO DE LA MAYOR WHITAKER

Durante varios segundos, nadie se movió.

Mi padre seguía de pie junto a su silla, con la copa de champán temblándole ligeramente entre los dedos.

—¿Mayor? —repitió con incredulidad—. ¿Mi hija?

El general Nathaniel Cross no apartó los ojos de mí.

—Mayor Whitaker, ¿necesita asistencia inmediata?

Miré el mensaje que parpadeaba en mi teléfono seguro.

PRIORIDAD MÁXIMA. PROTOCOLO CENTINELA. CONFIRMACIÓN REQUERIDA.

Sentí un escalofrío.

Conocía aquel protocolo.

Y sabía que nunca debía activarse durante una celebración familiar.

—General —respondí serenamente—, necesito hablar con usted en privado. Ahora.

Cross asintió inmediatamente.

Pero mi padre soltó una carcajada nerviosa.

—Vamos, Nathaniel. Seguro que esto es algún malentendido. Mara siempre ha exagerado la importancia de su trabajo.

El general giró lentamente hacia él.

—Señor Whitaker, su hija ha servido a este país en circunstancias que usted no podría imaginar.

Mi padre perdió la sonrisa.

—Pero ella trabaja con computadoras…

—Su hija es una de las oficiales de inteligencia más respetadas con las que he trabajado.

Julianne dejó caer su servilleta.

—Eso es imposible.

Cross la observó brevemente.

—No, señorita Whitaker. Lo imposible es que su propia familia no lo supiera.

Sentí que treinta pares de ojos se clavaban en mí.

Pero no experimenté satisfacción.

Solo tristeza.

Había esperado durante años que mi padre se sintiera orgulloso de mí sin necesitar un uniforme, una medalla o la aprobación de alguien poderoso.

Ahora comprendía que nunca había sido suficiente.

El teléfono volvió a vibrar.

Cross lo escuchó.

Su rostro cambió.

—¿Es lo que creo?

Asentí.

—Necesitamos salir.

Antes de que pudiéramos movernos, dos hombres vestidos con trajes oscuros aparecieron discretamente junto a la entrada.

Uno se acercó.

—Mayor Whitaker, el vehículo está preparado.

Mi madre se levantó bruscamente.

—Mara, ¿qué está pasando?

Por primera vez aquella noche, me miró con auténtica preocupación.

—Estoy trabajando, mamá.

Mi padre dio un paso hacia mí.

—¡No puedes marcharte así! ¡Esta es la celebración de tu hermana!

Lo miré directamente.

—Hace cinco minutos dijiste que era el peor error de esta familia.

Su rostro enrojeció.

—No quise decir…

—Lo dijiste delante de todos.

No levanté la voz.

—Y durante años me hiciste sentir exactamente lo mismo.

Julianne bajó la mirada.

El general Cross permaneció a mi lado mientras caminábamos hacia la salida.

Pero justo antes de cruzar las puertas, escuché una voz inesperada.

—¡Mara, espera!

Era Caleb, el prometido de mi hermana.

Venía corriendo con el teléfono en la mano.

Su rostro estaba completamente pálido.

—Mi padre necesita ver esto.

Le mostró la pantalla al general Cross.

No alcancé a distinguir las palabras, pero vi cómo sus ojos se endurecían.

—¿De dónde sacaste esta información? —preguntó.

Caleb tragó saliva.

—De los servidores de la empresa donde trabaja Julianne.

Mi hermana se quedó inmóvil.

—Caleb, ¿qué estás haciendo?

Él no respondió.

Me miró directamente.

—Mara, creo que alguien está utilizando la compañía de Julianne para transferir información militar restringida.

El silencio que siguió fue absoluto.

Mi padre soltó la copa.

El cristal estalló contra el suelo.

Julianne retrocedió.

—¡Eso es mentira!

Pero Caleb continuó.

—Encontré registros de transferencias realizadas bajo una cuenta administrativa. Y hay un nombre que aparece repetidamente.

El general extendió la mano.

—Muéstremelo.

Caleb entregó el teléfono.

Cross leyó durante varios segundos.

Entonces me miró.

—Mayor Whitaker, esto cambia las cosas.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué nombre aparece?

El general guardó silencio.

Después giró lentamente la pantalla hacia mí.

No era el nombre de Julianne.

Tampoco el de Caleb.

Era el de mi padre.

GRANT WHITAKER — AUTORIZACIÓN EJECUTIVA.

Mi respiración se detuvo durante un instante.

—Papá… ¿qué has hecho?

Él retrocedió, negando con la cabeza.

—No sé de qué están hablando.

Entonces mi teléfono seguro recibió otro mensaje.

Esta vez no era una orden.

Era una fotografía.

Una imagen tomada esa misma tarde.

Mi padre aparecía estrechando la mano de un hombre al que llevaba tres años intentando identificar.

Un hombre vinculado a una red internacional de espionaje.

Levanté lentamente la mirada.

—General Cross —susurré—, tenemos un problema mucho mayor.

Cross observó la fotografía.

Su expresión se volvió sombría.

—Mayor, ¿reconoce a ese individuo?

Asentí.

—Sí, señor.

Miré a mi padre, que comenzaba a temblar.

—Es el hombre que desapareció después de la operación en la que perdimos a seis agentes.

Richard, uno de los hombres de seguridad, se acercó y habló discretamente al oído del general.

Cross levantó la cabeza de inmediato.

—Mayor Whitaker, acaba de llegar una nueva información.

—¿Cuál?

El general miró hacia el salón donde mi familia permanecía paralizada.

—Su padre no era nuestro objetivo original.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—Entonces, ¿quién?

Cross tardó unos segundos en responder.

—Su hermana Julianne.

Y antes de que pudiera reaccionar, añadió:

—Mara, tenemos motivos para creer que esta boda nunca fue una simple boda.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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