A las 9:43 de aquella noche, Dominic Vale levantó su copa de champán en el salón más exclusivo de Chicago.
Vanessa Quinn estaba a su lado, luciendo un vestido rojo que probablemente costaba más que el salario anual de cualquiera de los camareros.
—Ahora todos sabrán que soy la mujer de tu vida —susurró ella.
Dominic sonrió.
—Evelyn nunca perteneció a este mundo.
Pero exactamente a las 9:47, las puertas del salón se abrieron.
Y las conversaciones comenzaron a apagarse.
Richard Mercer había llegado.
A sus sesenta y ocho años, Richard no necesitaba anunciarse. Su presencia bastaba para que empresarios y políticos abandonaran sus conversaciones.
Pero aquella noche no venía solo.
Yo caminaba tomada de su brazo.
Llevaba un vestido azul medianoche, un collar de diamantes antiguos y el cabello recogido elegantemente.
Richard se inclinó hacia mí.
—¿Preparada, Evelyn?
Respiré profundamente.
—Llevo ocho años esperando este momento.
Dominic nos vio desde el otro extremo del salón.
Su sonrisa desapareció.
Vanessa siguió su mirada.
—¿Esa no es tu esposa?
Dominic dejó lentamente su copa.
—¿Qué demonios hace con Mercer?
Antes de que pudiera reaccionar, Richard me condujo directamente hacia la mesa principal.
El presidente de Meridian se levantó inmediatamente.
—Señor Mercer, es un honor.
Richard estrechó su mano.
—Permítame presentarle a Evelyn.
El hombre palideció ligeramente.
—¿Evelyn… Ashford?
Asentí.
—Buenas noches, señor Harrison.
Dominic, que acababa de acercarse, escuchó aquel apellido.
Ashford.
El apellido que había dejado de utilizar después de casarme.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó bruscamente.
Richard lo observó con absoluta tranquilidad.
—Buenas noches, Dominic.
—¿Por qué está mi esposa contigo?
Richard sonrió apenas.
—Quizá deberías preguntarte por qué nunca te interesaste por su pasado.
Antes de que Dominic pudiera responder, las luces del salón disminuyeron.
El presidente de Meridian subió al escenario.
—Damas y caballeros, esta noche tenemos el privilegio de presentar a la nueva presidenta de la Fundación Meridian.
Un enorme retrato apareció en la pantalla.
Mi fotografía.
Los aplausos comenzaron inmediatamente.
Dominic retrocedió un paso.
—Eso es imposible…
Richard se acercó a su oído.
—Su abuelo fundó la organización, Dominic. Evelyn es la heredera del patrimonio Ashford.
Vanessa miró a Dominic con incredulidad.
—¿Tu esposa es una Ashford?
Pero todavía faltaba revelar lo más importante.
Subí al escenario mientras cientos de invitados se ponían de pie.
Tomé el micrófono.
—Durante muchos años preferí vivir lejos de los negocios de mi familia. Quería construir un matrimonio basado en el amor, no en el dinero.
Mis ojos encontraron los de Dominic.
—Esta noche he aprendido cuánto cuesta confiar en la persona equivocada.
El salón quedó en silencio.
—Como nueva presidenta, mi primera responsabilidad será revisar las inversiones y los contratos vinculados a la fundación.
Richard entregó una carpeta al presidente de Meridian.
—Y comenzaremos por Vale International Holdings.
Dominic se quedó completamente pálido.
Su compañía.
Su imperio.
La empresa que había construido utilizando líneas de crédito respaldadas por inversiones que nunca había investigado.
Di vuelta a la primera página.
—Dominic, durante quince años evitaste deberle favores a Richard Mercer.
Hice una pausa.
—Pero nunca descubriste quién era el propietario real del fondo que financió tu expansión.
Dominic abrió la boca.
No salió ningún sonido.
—Ese fondo pertenece al patrimonio Ashford —continué—. Y desde esta mañana, soy su administradora principal.
Vanessa soltó lentamente su brazo.
Richard se acercó al escenario.
—Hay algo más, Evelyn.
Me entregó un sobre sellado.
Reconocí inmediatamente la letra.
Era de mi abuelo.
Richard habló en voz baja.
—Me pidió que te lo entregara cuando estuvieras preparada para conocer la verdad sobre tu matrimonio.
Abrí el sobre.
Dentro había una fotografía de Dominic tomada nueve años atrás.
No estaba solo.
A su lado aparecía mi padre.
Y detrás de ambos había un documento firmado.
Leí las primeras líneas.
Sentí que la sangre se me helaba.
Mi matrimonio con Dominic no había comenzado por casualidad.
Había sido planeado.
Y el hombre que lo había organizado era alguien a quien yo llevaba veinte años creyendo muerto.
Levanté la mirada hacia Richard.
—¿Mi padre está vivo?
Richard cerró lentamente los ojos.
—Sí, Evelyn.
Entonces señaló hacia las puertas del salón.
—Y acaba de llegar.
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…