PARTE 2: EL SECRETO DEL REY DE CHICAGO

—No tienes que tenerme miedo —dijo Ethan Callahan.

Miré a mi hija dormida.

Después a los dos hombres armados que permanecían junto al pasillo.

—Eso es fácil de decir cuando todo el mundo parece tenerte miedo a ti.

Por primera vez, Ethan sonrió.

—Tienes razón.

Su sinceridad me desconcertó.

—¿Por qué dijiste que prepararan el avión?

Ethan observó a Sophie.

—Porque hay algo que necesito resolver antes de aterrizar.

Sentí que el corazón se me aceleraba.

—¿Qué tiene que ver eso conmigo?

—Nada, Rachel. Tú y tu hija llegarán a Chicago como estaba previsto.

Me quedé inmóvil.

—¿Cómo sabes mi nombre?

Ethan señaló discretamente la tarjeta de embarque que sobresalía de mi bolso.

—Lo vi cuando buscábamos el biberón.

Respiré aliviada.

Pero entonces añadió:

—Aunque tu apellido sí me resulta familiar.

El avión aterrizó poco después de las cinco de la mañana.

Mientras los demás pasajeros recogían sus pertenencias, Ethan permaneció sentado.

Uno de sus guardaespaldas se acercó.

—Señor, los vehículos están esperando.

Ethan asintió.

Después me miró.

—¿Alguien viene a recogerte?

Negué.

—Tomaré un autobús.

Sus ojos descendieron hacia Sophie.

—¿Después de treinta y seis horas sin dormir?

Me encogí de hombros.

—He sobrevivido a cosas peores.

Ethan permaneció en silencio.

Después dijo:

—Mi conductor puede llevarlas.

—No necesito caridad.

Su expresión no cambió.

—No te estoy ofreciendo caridad. Te estoy ofreciendo un viaje seguro.

Lo miré fijamente.

—Ni siquiera me conoces.

Ethan bajó la mirada hacia Sophie.

—Sé que has pasado toda la noche intentando cuidar a tu hija mientras unos desconocidos te juzgaban.

Aquellas palabras me hicieron bajar la guardia.

Solo un poco.

—Gracias —susurré—. Pero puedo arreglármelas.

Él asintió.

—Entonces no insistiré.

Y aquello me sorprendió más que cualquier otra cosa.

El hombre más temido de Chicago acababa de aceptar un no.

Mientras caminaba hacia la salida, Sophie comenzó a llorar nuevamente.

Me detuve para acomodarla.

Entonces escuché una voz detrás de mí.

—Señorita Morales.

Era uno de los guardaespaldas.

Se acercó manteniendo una distancia respetuosa.

—El señor Callahan pidió que le entregara esto.

Me tendió una pequeña bolsa.

Dentro había pañales, fórmula infantil y una manta suave.

También una tarjeta.

«Para Sophie. Que tenga un viaje tranquilo. —Ethan».

Sentí que las lágrimas me quemaban los ojos.

No había dinero.

Ni una oferta que me hiciera sentir en deuda.

Solo cosas que necesitaba desesperadamente.

Guardé la tarjeta.

Y seguí caminando.

Dos horas después llegué al apartamento de mi hermana.

Valentina abrió la puerta con una expresión de sorpresa.

—¡Rachel!

Nos abrazamos.

Hacía casi tres años que no nos veíamos.

—Dios mío, estás agotada.

Sonreí débilmente.

—Ha sido un viaje largo.

Valentina miró a Sophie.

—¡Mi sobrina preciosa!

La tomó suavemente en brazos.

Después me condujo hacia el interior.

El apartamento era enorme.

Ventanas panorámicas.

Muebles de diseñador.

Una cocina más grande que todo mi restaurante.

Fruncí el ceño.

—Vale… ¿desde cuándo vives aquí?

Mi hermana sonrió nerviosamente.

—Mi prometido tiene buenos negocios.

—¿Qué negocios?

Antes de que pudiera responder, escuché una voz masculina.

—Valentina, ¿quién llegó?

Un hombre alto apareció en el pasillo.

Llevaba una camisa blanca y un reloj que probablemente costaba más que mi automóvil.

Mi hermana sonrió.

—Rachel, te presento a mi prometido.

El hombre extendió la mano.

—Dominic Callahan.

Sentí que el corazón se me detenía.

Callahan.

El mismo apellido.

—¿Callahan? —repetí.

Dominic sonrió.

—¿Conoces a mi familia?

Tragué saliva.

—Conocí a alguien durante el vuelo.

Su expresión cambió.

—¿A quién?

—Ethan Callahan.

El silencio fue absoluto.

Valentina dejó de sonreír.

Dominic bajó lentamente la mano.

—¿Conociste a Ethan?

Asentí.

—Estaba sentado a mi lado.

Dominic soltó una risa incrédula.

—Eso es imposible.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

Su expresión se endureció.

—Mi hermano nunca viaja en vuelos comerciales.

Me quedé inmóvil.

—¿Tu hermano?

Dominic asintió.

—Ethan es mi hermano mayor.

Sentí que el estómago se me hundía.

El hombre que había sostenido a Sophie durante horas…

Era el futuro cuñado de mi hermana.

Valentina me llevó a la habitación de invitados.

—Rachel, necesito pedirte algo.

La miré.

—¿Qué ocurre?

Mi hermana cerró la puerta.

—No le cuentes a Dominic todo lo que pasó en el avión.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

Valentina comenzó a retorcerse las manos.

—Porque Ethan y Dominic no se llevan bien.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué tan mal?

Mi hermana bajó la voz.

—Llevan años disputándose el control de los negocios familiares.

Me quedé inmóvil.

—¿Y tú vas a casarte con Dominic?

Valentina evitó mi mirada.

—Es complicado.

La observé.

Conocía aquella expresión.

Era la misma que ponía cuando éramos niñas y ocultaba algo importante.

—Valentina, ¿eres feliz?

Ella sonrió demasiado rápido.

—Por supuesto.

No le creí.

Aquella tarde, mientras Sophie dormía, escuché una discusión detrás de la puerta del despacho.

Reconocí la voz de Dominic.

—¡Te dije que Ethan no debía enterarse!

Después habló otra persona.

—Señor, no podemos controlar a quién conoce durante un vuelo.

Sentí un escalofrío.

Dominic golpeó algo.

—¡Rachel Morales no debía estar cerca de él!

Mi corazón comenzó a latir violentamente.

¿Por qué estaba hablando de mí?

Me acerqué un poco más.

—¿Y si ella le contó algo? —preguntó el desconocido.

Dominic respondió:

—Entonces tenemos un problema.

Retrocedí lentamente.

No comprendía nada.

Yo acababa de llegar a Chicago.

No conocía a aquella familia.

No tenía dinero.

Ni poder.

Ni secretos importantes.

Al menos eso creía.

Esa noche, Valentina me pidió que la acompañara a elegir su vestido de novia.

Acepté.

Necesitaba salir de aquel apartamento.

Mientras caminábamos por una boutique elegante, mi hermana parecía distraída.

—Vale, ¿qué está pasando?

Ella levantó la mirada.

—Nada.

—Escuché a Dominic hablando de mí.

Su rostro perdió el color.

—¿Qué escuchaste?

—Que no debía acercarme a Ethan.

Valentina dejó caer una percha.

—Rachel…

La tomé del brazo.

—Dime la verdad.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No puedo.

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué?

Ella miró hacia la puerta.

Después susurró:

—Porque si Dominic descubre que te lo conté, cancelará la boda.

La observé.

—¿Y eso sería tan terrible?

Valentina comenzó a llorar.

—No entiendes.

Su voz se quebró.

—No puedo cancelar la boda.

Regresamos al apartamento en silencio.

Esa noche apenas dormí.

Sophie despertó dos veces.

La alimenté.

Le cambié el pañal.

Y mientras la sostenía contra mi pecho, pensé en Ethan.

En cómo había defendido a una desconocida.

En cómo había respetado mis límites.

En cómo parecía completamente diferente del hombre que los periódicos describían.

Entonces mi teléfono vibró.

Un número desconocido.

«¿Sophie llegó bien?»

Sentí un escalofrío.

Respondí:

«¿Quién es?»

La respuesta llegó inmediatamente.

«Ethan».

Me quedé inmóvil.

«¿Cómo conseguiste mi número?»

Pasaron varios segundos.

«Tu hermana me lo dio. Si prefieres que no vuelva a escribirte, lo respetaré».

Fruncí el ceño.

Valentina.

¿Por qué le había dado mi número?

Antes de que pudiera responder, llegó otro mensaje.

«Ten cuidado con Dominic».

Sentí que el corazón se me detenía.

A la mañana siguiente, llamé a Ethan.

Contestó inmediatamente.

—Rachel.

Su voz era exactamente como la recordaba.

Tranquila.

Profunda.

—¿Por qué me dijiste que tuviera cuidado con Dominic?

Hubo un silencio.

—¿Estás en su casa?

Sentí un escalofrío.

—Sí.

Ethan respiró profundamente.

—¿Tu hermana está contigo?

—No. Salió con él.

Su voz cambió.

—Rachel, necesito que me escuches.

Me incorporé.

—¿Qué ocurre?

—Dominic está involucrado en negocios que están siendo investigados.

Fruncí el ceño.

—¿Qué negocios?

—Operaciones financieras vinculadas a varias empresas familiares.

—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?

Ethan guardó silencio.

Después respondió:

—Tu hermana aparece en algunos documentos.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—¿Valentina?

—Sí.

—Eso es imposible.

—Ojalá lo fuera.

Ethan me explicó que Dominic había registrado varias sociedades utilizando información de personas cercanas.

Algunas operaciones estaban siendo examinadas por abogados e investigadores.

—¿Estás diciendo que mi hermana está involucrada en algo ilegal?

—Estoy diciendo que su nombre aparece en documentos que debemos verificar.

Respiré profundamente.

—Entonces habla con ella.

—Lo he intentado.

—¿Y?

Ethan bajó la voz.

—Dominic no permite que conversemos a solas.

Sentí un escalofrío.

Recordé la expresión de Valentina.

Su miedo.

Su insistencia en que no podía cancelar la boda.

—Ethan…

—Dime.

—Creo que mi hermana necesita ayuda.

Hubo un silencio.

Después respondió:

—Entonces tenemos que averiguar qué está pasando sin ponerla en peligro.

Aquella tarde, Dominic regresó inesperadamente.

Yo estaba preparando el biberón de Sophie cuando entró en la cocina.

—Rachel.

Me volví.

—Hola.

Sonrió.

Pero sus ojos permanecieron fríos.

—¿Cómo estás disfrutando Chicago?

—Bien.

Se acercó lentamente.

—Escuché que hablaste con mi hermano.

Sentí que el corazón se me aceleraba.

—Sí.

Dominic apoyó una mano sobre la encimera.

—Ethan tiene una manera particular de manipular a las personas.

No respondí.

—Especialmente a mujeres vulnerables.

Apreté el biberón.

—Solo fue amable conmigo durante el vuelo.

Dominic soltó una risa.

—Mi hermano nunca hace nada sin una razón.

Lo miré.

—¿Y tú?

Su sonrisa desapareció.

—¿Perdón?

Respiré profundamente.

—¿Tú haces algo sin esperar nada a cambio?

El silencio fue absoluto.

Dominic se inclinó hacia mí.

—Te aconsejo que no te involucres en asuntos familiares.

Sentí un escalofrío.

Después sonrió nuevamente.

—Disfruta la boda.

Y salió.

Esa noche, Valentina entró en mi habitación.

Tenía los ojos rojos.

—Rachel, necesito hablar contigo.

Me incorporé.

—¿Qué pasó?

Mi hermana cerró la puerta.

Después sacó una carpeta de su bolso.

—Encontré esto en el despacho de Dominic.

Fruncí el ceño.

—¿Qué es?

Valentina comenzó a llorar.

—Documentos de una empresa registrada a mi nombre.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—¿Tú la creaste?

Negó desesperadamente.

—Nunca firmé nada.

Abrí la carpeta.

Había contratos.

Transferencias.

Autorizaciones.

Y una firma que se parecía a la de mi hermana.

—Valentina…

Ella se cubrió el rostro.

—Creo que Dominic falsificó mi firma.

Sentí una furia helada.

—Tenemos que hablar con un abogado independiente.

Valentina comenzó a temblar.

—No puedo.

—¿Por qué?

Sus lágrimas cayeron sobre la carpeta.

—Porque Dominic dijo que si intentaba dejarlo, haría que pareciera que yo había organizado todas las operaciones.

Me quedé inmóvil.

—¿Te amenazó?

Ella asintió.

Abracé a mi hermana.

Durante años habíamos estado distanciadas.

Habíamos discutido por tonterías.

Por dinero.

Por decisiones que ninguna comprendía.

Pero en aquel momento solo éramos dos hermanas asustadas.

—No vas a enfrentar esto sola —susurré.

Valentina comenzó a llorar más fuerte.

—No sé qué hacer.

Respiré profundamente.

—Primero vamos a proteger los documentos. Después buscaremos asesoramiento legal.

Mi hermana levantó la mirada.

—¿Y Ethan?

Pensé durante varios segundos.

—No sé si podemos confiar completamente en él.

Valentina asintió.

—Yo tampoco.

Pero entonces añadió:

—Aunque hay algo que Dominic no sabe.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

Mi hermana bajó la voz.

—Ethan intentó detener nuestra boda hace seis meses.

Me quedé inmóvil.

—¿Por qué?

Valentina respiró profundamente.

—Porque descubrió que Dominic estaba utilizando mi identidad para obtener financiación.

Sentí un escalofrío.

—¿Y por qué seguiste con él?

Mi hermana cerró los ojos.

—Porque ya había firmado documentos que no entendía.

A la mañana siguiente, contratamos a una abogada independiente.

Se llamaba Rebecca Stone.

Revisó los documentos durante casi dos horas.

Cuando terminó, levantó la mirada.

—Valentina, estos contratos presentan irregularidades importantes.

Mi hermana comenzó a temblar.

—¿Voy a ir a prisión?

Rebecca negó.

—No podemos determinar responsabilidades sin investigar. Pero si tus firmas fueron falsificadas, es fundamental conservar las pruebas y denunciarlo.

Respiré profundamente.

—¿Podemos sacarla de la casa?

—Sí. Podemos organizar un alojamiento seguro y asesoramiento legal.

Valentina comenzó a llorar.

—Dominic va a enfurecerse.

Rebecca la miró directamente.

—Tu seguridad es más importante que su reacción.

Esa tarde, mientras organizábamos nuestras pertenencias, recibí una llamada de Ethan.

—Rachel, ¿estás sola?

Miré a Sophie.

Dormía en su cuna portátil.

—Sí.

Su voz sonaba diferente.

Más tensa.

—Necesito preguntarte algo.

—Dime.

—¿Tu hermana tiene una carpeta azul con documentos financieros?

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Cómo lo sabes?

Ethan respiró profundamente.

—Porque Dominic la está buscando.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—Ha enviado a dos hombres a revisar su oficina.

Sentí un escalofrío.

—Ethan, Valentina encontró documentos con firmas falsificadas.

Hubo un silencio.

Después su voz cambió.

—Rachel, no regreses al apartamento si has salido. Si sigues allí, llama a tu abogada y organiza una salida segura.

—¿Por qué?

Ethan respiró profundamente.

—Porque Dominic sabe que Valentina descubrió las irregularidades.

Treinta minutos después, Rebecca organizó nuestro traslado a un alojamiento temporal.

No le dijimos a Dominic adónde íbamos.

Valentina lloró durante todo el trayecto.

Sophie dormía contra mi pecho.

Yo miraba por la ventana, intentando comprender cómo un viaje para asistir a una boda se había convertido en una pesadilla.

Cuando llegamos, Rebecca nos recibió.

—Estarán seguras aquí mientras coordinamos los siguientes pasos.

Valentina asintió.

Pero antes de entrar, mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Dominic.

«Rachel, tenemos que hablar».

Lo ignoré.

Llegó otro.

«Sé que estás ayudando a Valentina».

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

Después apareció una fotografía.

Mostraba mi restaurante en Los Ángeles.

La fachada.

Las mesas.

La pequeña ventana donde servía café todas las mañanas.

Debajo había un mensaje.

«Sería una pena que perdieras todo lo que construiste».

Me quedé inmóvil.

Rebecca examinó la pantalla.

—Conserva esos mensajes. Vamos a incorporarlos a la denuncia.

Esa noche Ethan llegó al despacho de Rebecca.

No entró acompañado de guardaespaldas.

Se quedó en la puerta hasta que la abogada autorizó la reunión.

Cuando me vio, su expresión se suavizó.

—Rachel.

No respondí inmediatamente.

Después pregunté:

—¿Por qué estás ayudándonos?

Ethan miró a Sophie.

—Porque tu hermana merece salir de esa situación.

Fruncí el ceño.

—¿Y yo?

Sus ojos encontraron los míos.

—Tú no deberías haber quedado atrapada en esto.

Lo observé.

—¿Conocías a Valentina antes de que Dominic la presentara como su prometida?

Ethan guardó silencio.

Demasiado tiempo.

Sentí un escalofrío.

—Ethan.

Él respiró profundamente.

—Sí.

Me quedé inmóvil.

—¿Cómo?

Ethan bajó la mirada.

—La conocí hace cuatro años, cuando trabajaba para una organización benéfica.

Fruncí el ceño.

—¿Y qué ocurrió?

—Descubrió irregularidades en una empresa relacionada con Dominic.

Sentí que el corazón se me aceleraba.

—¿Por qué nunca me lo contó?

Ethan negó lentamente.

—No sé cuánto sabe realmente tu hermana.

Entonces Rebecca entró en la habitación.

Su expresión era seria.

—Tenemos un problema.

Me incorporé.

—¿Qué ocurre?

La abogada colocó una carpeta sobre la mesa.

—Hemos encontrado una conexión entre los documentos de Valentina y una empresa registrada en California.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué empresa?

Rebecca me miró directamente.

—Morales Hospitality Group.

Me quedé inmóvil.

—¿Morales?

Ella asintió.

—Sí.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—Mi restaurante se llama Morales Kitchen.

Rebecca abrió la carpeta.

—Según los documentos, alguien intentó utilizar tu negocio como parte de una estructura financiera.

Me quedé sin respiración.

—¡Eso es imposible! ¡Nunca autoricé nada!

Rebecca asintió.

—Por eso necesitamos investigar quién presentó esos documentos.

Ethan se levantó lentamente.

Su rostro había perdido el color.

—Rebecca, ¿quién firmó la solicitud?

La abogada pasó a la siguiente página.

—Dominic Callahan.

El silencio fue absoluto.

Ethan apretó los puños.

—Ese maldito…

Lo miré.

—¿Qué significa esto?

Rebecca respiró profundamente.

—Parece que Dominic estaba intentando vincular varias empresas pequeñas a sus operaciones financieras.

Sentí una rabia indescriptible.

Mi restaurante.

El lugar que había construido trabajando jornadas interminables.

El negocio que apenas me permitía pagar el alquiler.

Dominic había intentado utilizarlo sin mi conocimiento.

—¿Por qué mi restaurante? —pregunté.

Rebecca negó.

—Todavía no lo sabemos.

Pero Ethan permanecía completamente inmóvil.

Lo observé.

—Tú sabes algo.

Él levantó la mirada.

—Rachel…

—Dímelo.

Su voz se quebró.

—Tu restaurante no fue elegido al azar.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué?

Ethan respiró profundamente.

—Dominic llevaba meses investigando a tu familia.

Me quedé inmóvil.

—¿Por qué?

Ethan cerró los ojos.

—Porque buscaba algo que perteneció a tu padre.

Sentí que el mundo se detenía.

Mi padre había muerto cuando yo tenía dieciséis años.

Había sido mecánico.

Un hombre trabajador.

Sin dinero.

Sin enemigos.

Al menos eso había creído.

—¿Qué tenía mi padre? —susurré.

Ethan me observó.

—Documentos.

Fruncí el ceño.

—¿Qué documentos?

—Registros de una empresa de transporte que operaba en Chicago hace veinte años.

Me quedé inmóvil.

—Mi padre nunca vivió en Chicago.

Ethan bajó la mirada.

—Rachel, tu padre trabajó aquí antes de mudarse a California.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—Eso es imposible.

—No lo es.

Ethan sacó una fotografía antigua.

Mostraba a tres hombres frente a un almacén.

Uno era mi padre.

Más joven.

Sonriendo.

A su lado había un hombre que reconocí inmediatamente.

El padre de Ethan.

Patrick Callahan.

Y junto a ellos…

Un tercer hombre.

Ethan señaló la fotografía.

—Ese es mi tío Victor.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué relación tenían?

Ethan respiró profundamente.

—Eran socios.

Me quedé completamente inmóvil.

—¿Socios? —repetí.

Ethan asintió.

—Tu padre ayudó a fundar una empresa de transporte que después terminó vinculada a los negocios familiares.

Sentí que las piernas me fallaban.

—¿Y por qué nunca me lo dijo?

Ethan bajó la mirada.

—Porque hubo una disputa.

—¿Sobre qué?

—La propiedad de la empresa.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué ocurrió?

Ethan respiró profundamente.

—Tu padre abandonó Chicago después de denunciar irregularidades financieras.

Sentí un escalofrío.

—¿Y luego?

Ethan guardó silencio.

—Luego desaparecieron varios documentos.

Me llevé una mano al rostro.

—¿Dominic cree que yo los tengo?

Ethan asintió.

—Sí.

Aquella noche no pude dormir.

Pensé en mi padre.

En sus manos manchadas de grasa.

En cómo me enseñaba a reparar bicicletas.

En las tardes que pasábamos juntos en el pequeño garaje de nuestra casa.

Nunca había hablado de Chicago.

Nunca había mencionado a los Callahan.

Pero recordé algo.

Una vieja caja de herramientas.

Mi padre me la había entregado poco antes de morir.

—Rachel —me dijo—, nunca la vendas.

Yo había sonreído.

—¿Por qué, papá?

Él me acarició el cabello.

—Porque algunas cosas valen más de lo que parecen.

Sentí que el corazón se me detenía.

La caja.

Seguía guardada en el almacén de mi restaurante.

A la mañana siguiente llamé a mi gerente en Los Ángeles.

—Marisol, necesito que revises el almacén.

—Claro, Rachel.

—Hay una caja de herramientas antigua. Roja. Con una cerradura oxidada.

Hubo un silencio.

—Rachel…

Sentí un escalofrío.

—¿Qué ocurre?

Marisol respiró profundamente.

—Ayer vinieron dos hombres preguntando por esa caja.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—Dijeron que eran representantes de una empresa de transporte.

Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.

—¿Se la llevaron?

—No.

Respiré aliviada.

Pero Marisol añadió:

—Porque no la encontré.

Me quedé inmóvil.

—¿Cómo que no la encontraste?

—El almacén fue reorganizado hace dos semanas. La caja desapareció.

Sentí que el mundo se detenía.

Colgué.

Ethan estaba frente a mí.

Había escuchado la conversación.

—Rachel…

Lo miré.

—Alguien robó la caja de mi padre.

Su expresión se endureció.

—Entonces Dominic ya está moviéndose.

Sentí una furia helada.

—¿Qué contenía?

Ethan negó.

—No lo sabemos.

Pero entonces Sophie comenzó a llorar.

La tomé en brazos.

Le acaricié la espalda.

Y de repente recordé algo.

La caja roja tenía un doble fondo.

Mi padre me había mostrado cómo abrirlo cuando era niña.

Una pequeña pieza metálica bajo el asa.

Nunca le había contado ese secreto a nadie.

Ni siquiera a Valentina.

Miré a Ethan.

—Tal vez la persona que robó la caja no encontró lo que buscaba.

Él frunció el ceño.

—¿Por qué?

Respiré profundamente.

—Porque mi padre escondía cosas dentro.

Dos días después, Marisol llamó nuevamente.

—Rachel, encontramos la caja.

Me incorporé.

—¿Dónde?

—Detrás de unos estantes viejos. Alguien la había movido, pero seguía aquí.

Sentí un alivio inmenso.

—No la abras. Guárdala en un lugar seguro.

—Entendido.

Con ayuda de Rebecca, organizamos que la caja fuera entregada a un custodio independiente para preservar cualquier posible prueba.

Cuando finalmente la tuve frente a mí, mis manos comenzaron a temblar.

Era exactamente como la recordaba.

Roja.

Oxidada.

Con una pequeña abolladura en una esquina.

Deslicé el dedo bajo el asa.

Presioné la pieza metálica.

Escuché un clic.

El fondo se levantó.

Dentro había un sobre amarillento.

Y una fotografía.

La tomé.

Mostraba a mi padre sosteniendo a una bebé.

Una niña de pocos meses.

En el reverso había una fecha.

VEINTIOCHO AÑOS ATRÁS.

Sentí que el corazón se me detenía.

Yo tenía veintiocho años.

Aquella bebé era yo.

Pero junto a mi padre aparecía otra persona.

Una mujer joven.

Cabello oscuro.

Ojos verdes.

Y un collar de esmeraldas.

Ethan se quedó completamente inmóvil.

Su rostro perdió el color.

—Rachel…

Lo miré.

—¿Qué ocurre?

Él señaló la fotografía.

Su mano temblaba.

—¿Sabes quién es esa mujer?

Negué.

Ethan respiró profundamente.

—Es mi madre.

Sentí que el mundo desaparecía bajo mis pies.

—¿Qué?

Ethan tomó la fotografía con cuidado.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Mi madre murió cuando yo tenía ocho años.

Miré nuevamente la imagen.

—¿Por qué estaba con mi padre?

Ethan negó lentamente.

—No lo sé.

Pero entonces abrí el sobre.

Dentro había una carta.

Reconocí inmediatamente la letra de mi padre.

«Rachel:

Si alguna vez encuentras esto, significa que ha llegado el momento de conocer la verdad.

Tu madre no murió cuando te dijeron.

Y la familia Callahan sabe por qué».

Sentí que las piernas me fallaban.

Ethan se quedó completamente inmóvil.

Seguí leyendo.

Hasta llegar a la última línea.

«Nunca permitas que Victor Callahan descubra quién eres realmente. Porque si lo hace, vendrá por ti… y por cualquier hijo que tengas».

El silencio fue absoluto.

Miré a Sophie.

Dormía tranquilamente en mis brazos.

Después miré a Ethan.

Su expresión había cambiado.

Ya no parecía el hombre tranquilo del avión.

Parecía alguien que acababa de reconocer una amenaza terrible.

—Rachel —susurró—, necesito preguntarte algo.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué?

Sus ojos descendieron hacia el pequeño colgante que Sophie llevaba alrededor del cuello.

Era una medalla antigua que había pertenecido a mi madre.

Ethan se quedó sin respiración.

—¿De dónde sacaste eso?

Fruncí el ceño.

—Era de mi madre.

Ethan cerró los ojos.

Y entonces pronunció una frase que hizo que todo mi mundo se detuviera.

—Rachel, esa medalla pertenecía a la mujer que mi familia lleva veintiocho años buscando.

Me quedé completamente inmóvil.

—¿Por qué?

Ethan respiró profundamente.

—Porque era la heredera legal de una parte del imperio Callahan.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?

Ethan miró a Sophie.

Después a mí.

Y su voz se quebró.

—Que si tu madre era quien creo que era, Sophie podría tener derechos hereditarios que Dominic jamás permitiría que salieran a la luz.

Me quedé sin respiración.

Había subido a aquel avión como una madre agotada que apenas podía pagar la fórmula de su hija.

Y ahora descubría que alguien llevaba décadas ocultando la verdadera identidad de mi familia.

Pero lo más aterrador todavía estaba por llegar.

Porque en ese preciso instante, el teléfono de Ethan comenzó a sonar.

Miró la pantalla.

Su rostro perdió el color.

—¿Quién es? —pregunté.

Ethan levantó lentamente la mirada.

—Victor Callahan.

Contestó.

Una voz masculina habló al otro lado.

—Ethan, felicidades.

El silencio fue absoluto.

—¿Por qué? —preguntó Ethan.

El hombre soltó una carcajada.

—Porque después de veintiocho años, finalmente encontraste a la hija de Isabella.

Sentí que el corazón se me detenía.

Entonces Victor añadió:

—Ahora solo necesito que me digas dónde está la bebé.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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