Nathaniel Mercer se detuvo frente a mi mesa.
Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.
Yo apenas podía respirar.
De cerca resultaba todavía más intimidante.
Era alto, de hombros anchos, con el cabello oscuro peinado hacia atrás y una cicatriz fina junto a la mandíbula. Su traje negro parecía hecho exclusivamente para él, y aquellos ojos grises tenían la inquietante capacidad de observarlo todo sin revelar absolutamente nada.
Nathaniel bajó la mirada.
Vio mis manos.
Vio cómo temblaban.
No preguntó por qué.
No miró con lástima.
Simplemente se quitó el abrigo negro y, antes de que pudiera reaccionar, lo colocó sobre mis hombros.
El calor de la tela me envolvió.
También su aroma.
Cedro.
Tabaco.
Nieve.
Entonces se inclinó lo suficiente para que solo yo pudiera escucharlo.
—Levántate y actúa como si fueras mío.
Lo miré, convencida de haber oído mal.
—¿Qué?
—Confía en mí durante cinco minutos.
—Ni siquiera lo conozco.
Sus ojos se desviaron hacia Daniel.
—Él tampoco te conocía.
La frase me atravesó.
Nathaniel extendió una mano.
Todo el salón estaba mirando.
Madeline había dejado de sonreír.
Daniel parecía incapaz de decidir si estaba furioso o aterrorizado.
Cinco minutos antes, aquellas personas se habían reído de mí.
Habían visto cómo Daniel caminaba hacia Madeline después de hacerme creer durante once meses que algún día me elegiría.
Yo había querido desaparecer.
Ahora el hombre más temido de aquella habitación estaba delante de mí, esperando mi decisión.
Y comprendí algo.
Ya no tenía nada que proteger.
Puse mi mano sobre la suya.
Los dedos de Nathaniel se cerraron alrededor de los míos.
Firmes.
Cálidos.
Me ayudó a levantarme.
Entonces hizo algo que convirtió los susurros en absoluto silencio.
Me acercó suavemente a su costado.
—Señorita Parker —dijo con voz suficientemente alta para que las mesas cercanas escucharan—. Llevo veinte minutos buscándola.
Parpadeé.
—¿A mí?
—Tenemos asuntos pendientes.
Daniel dio un paso hacia nosotros.
—Emma.
Nathaniel ni siquiera se volvió.
—¿Sí?
Daniel tragó saliva.
—Necesito hablar con ella.
Entonces Nathaniel giró lentamente la cabeza.
—¿Necesitas?
Una palabra.
Nada más.
Pero Daniel retrocedió medio paso.
Nathaniel lo notó.
Yo también.
Todos lo hicieron.
El hombre que acababa de humillarme delante de trescientas personas ahora parecía sorprendentemente pequeño.
—Emma y yo somos amigos —dijo Daniel.
Aquello casi consiguió hacerme reír.
Nathaniel me miró.
—¿Es cierto?
Había algo extraño en la pregunta.
No decidió por mí.
No habló en mi nombre.
Me estaba dejando elegir.
Miré a Daniel.
Recordé el café.
Los mensajes.
Los besos.
Las promesas ambiguas.
Las veces que me había dicho que necesitaba tiempo.
Y después recordé cómo había colocado aquel brazalete alrededor de la muñeca de Madeline mientras me miraba.
—No —respondí.
Daniel palideció.
Nathaniel asintió.
—Entonces ya tienes tu respuesta.
—Emma, espera.
Daniel intentó acercarse.
Nathaniel se interpuso sin siquiera tocarlo.
—Ella dijo que no.
Daniel apretó la mandíbula.
—Esto no es asunto suyo.
—Desde el momento en que convertiste su humillación en entretenimiento para trescientas personas, dejaste de tener derecho a decidir quién puede intervenir.
El salón permanecía completamente en silencio.
Madeline se levantó.
—Nathaniel, creo que existe algún malentendido.
Por primera vez, él la miró.
—¿Nos conocemos?
El rostro de Madeline se congeló.
Varias personas bajaron la cabeza para esconder sonrisas.
Ella pertenecía a una familia que llevaba años presumiendo de sus conexiones.
—Mi padre ha hecho negocios con usted —dijo.
—Con una de mis compañías.
Nathaniel hizo una pausa.
—Eso significa que conozco sus facturas, señorita Cross. No necesariamente a usted.
Madeline volvió a sentarse.
Yo tuve que morderme el interior de la mejilla para no reír.
Nathaniel volvió hacia mí.
—¿Bailas?
—No especialmente bien.
—Perfecto. Yo tampoco.
Me condujo hacia la pista.
La orquesta, después de unos segundos de confusión, comenzó una melodía lenta.
Sentí cientos de ojos siguiéndonos.
—Espere —susurré—. ¿Qué está haciendo?
—Arruinando una noche cuidadosamente organizada.
—¿Por qué?
Su mandíbula se tensó.
—Porque detesto a los cobardes.
Miró por encima de mi hombro.
—Y porque Daniel Reeves acaba de cometer un error que llevaba meses esperando que cometiera.
Mis pasos se detuvieron.
—¿Meses?
Nathaniel apoyó una mano respetuosa en mi cintura.
—Sigue bailando.
—¿Me conoce?
—Sí.
Un escalofrío me recorrió.
—Yo nunca lo había visto antes.
—Eso no significa que yo no te hubiera visto a ti.
Lo miré fijamente.
—Eso suena bastante inquietante.
Por primera vez, una verdadera sonrisa tocó la boca de Nathaniel.
—Tienes razón.
—Entonces explíquese.
—Después.
—No.
Sus cejas se elevaron.
Probablemente pocas personas le hablaban así.
—¿No?
—No voy a cambiar a un hombre que jugaba conmigo por otro que espera que obedezca sin hacer preguntas.
La sonrisa desapareció.
Durante un segundo pensé que lo había ofendido.
Entonces Nathaniel asintió.
—Justo por eso vine a buscarte.
—No entiendo.
—Daniel trabaja para Blackridge Development.
—Lo sé.
—¿Sabes qué hace realmente?
—Adquisiciones.
—Exactamente.
Nathaniel me hizo girar lentamente.
—Y durante los últimos ocho meses ha estado intentando conseguir algo que tú tienes.
Fruncí el ceño.
—No tengo nada.
—Tienes una casa.
Mi respiración se detuvo.
La casa.
La pequeña propiedad que mi abuela me había dejado al morir.
Quedaba a cuarenta minutos de Jackson.
Vieja.
Aislada.
Rodeada de pinos.
Daniel siempre había dicho que debía venderla.
—¿Qué tiene que ver mi casa?
Nathaniel me miró.
—No quieren la casa.
—Entonces, ¿qué quieren?
—Las ciento ochenta acres que vienen con ella.
Sentí frío bajo su abrigo.
—Daniel dijo que ese terreno no valía nada.
—Daniel mintió.
Miré hacia él.
Estaba observándonos desde el otro lado del salón.
—¿Por qué?
Nathaniel bajó la voz.
—Porque Blackridge necesita esas tierras para completar un corredor privado entre dos proyectos.
Mi estómago se cerró.
Recordé todas las veces que Daniel había mencionado la propiedad.
“Deberías vender.”
“Solo te causa impuestos.”
“Puedo conseguirte una buena oferta.”
“Confía en mí.”
—No.
Nathaniel vio cómo cambiaba mi expresión.
—¿Qué?
—Hace dos semanas Daniel me llevó unos documentos.
Los ojos de Nathaniel se endurecieron.
—¿Firmaste?
—No.
—¿Por qué?
—Mi abuela me hizo prometer que nunca vendería sin leer cada palabra.
Por primera vez, Nathaniel pareció respirar con alivio.
—Tu abuela era una mujer inteligente.
—La conoció.
No fue una pregunta.
Nathaniel guardó silencio.
—La conoció —repetí.
—Sí.
—¿Cómo?
La canción terminó.
Pero Nathaniel no soltó mi mano.
—Esa respuesta necesita privacidad.
Me aparté medio paso.
—Entonces dígamela ahora o me voy.
Sus ojos grises estudiaron mi rostro.
Finalmente habló.
—Tu abuela me salvó la vida cuando tenía diecisiete años.
Todo el ruido del salón pareció alejarse.
—¿Qué?
—Mi padre tenía enemigos. Una noche terminé herido cerca de su propiedad. Margaret Parker me encontró.
Nunca había escuchado aquella historia.
—Mi abuela nunca habló de usted.
—Le pedí que no lo hiciera.
—¿Por qué?
—Porque cuanto menos supiera la gente sobre mi relación con ella, más segura estaría.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
—Entonces esta noche…
—No vine por Daniel.
—¿Por quién?
Nathaniel me miró directamente.
—Por ti.
Mi corazón golpeó contra mis costillas.
—¿Por qué?
—Porque esta mañana descubrí que Blackridge estaba preparando una transferencia fraudulenta de tus tierras.
—¿Daniel sabía?
Nathaniel no respondió.
No necesitaba hacerlo.
Miré hacia Daniel.
Él había dejado a Madeline.
Venía hacia nosotros.
—Emma.
Esta vez había desesperación en su voz.
—Tenemos que hablar.
Me giré completamente.
—¿Sabías lo de mis tierras?
Daniel se detuvo.
Ese segundo de silencio respondió por él.
—Emma, puedo explicarlo.
—¿Desde cuándo?
—No es como parece.
—¿Desde cuándo?
Madeline apareció detrás.
—Daniel, no tienes que justificarte.
La miré.
—Tú también lo sabías.
Su sonrisa desapareció.
Y entonces todo encajó.
El romance.
Los once meses.
Las preguntas sobre mi abuela.
La insistencia en vender.
La propuesta pública a Madeline después de que yo me negara a firmar.
No había sido solamente crueldad.
Había sido castigo.
—Te acercaste a mí por la propiedad —susurré.
Daniel dio otro paso.
—Al principio.
Aquellas dos palabras hicieron más daño que cualquier mentira.
—Al principio.
—Emma, después cambiaron las cosas.
—¿Cambió qué?
—Mis sentimientos.
Me reí.
No pude evitarlo.
—¿Tus sentimientos?
Daniel miró alrededor, consciente de todos los ojos.
—No hagamos esto aquí.
—Tú decidiste hacer todo aquí cuando te arrodillaste frente a Madeline.
Él palideció.
—Mi compromiso con ella es complicado.
Madeline lo miró furiosa.
—¿Complicado?
Yo casi sentí lástima por ella.
Casi.
Daniel bajó la voz.
—Blackridge necesitaba esa unión.
Nathaniel habló desde detrás de mí.
—Y necesitabas que Emma firmara.
Daniel lo fulminó con la mirada.
—Manténgase fuera de esto.
Nathaniel sonrió ligeramente.
—Eso va a ser difícil.
Sacó un sobre del interior de su chaqueta.
Lo dejó sobre una mesa cercana.
—Porque desde esta tarde Mercer Holdings posee el cuarenta y uno por ciento de Blackridge Development.
El salón explotó en susurros.
Grant Holloway se puso de pie.
—Eso es imposible.
Nathaniel lo miró.
—Revise su teléfono.
Como si hubiera sido ensayado, varios teléfonos comenzaron a vibrar.
Grant leyó la pantalla.
Su rostro perdió todo color.
Daniel miró a Nathaniel.
—¿Por qué haría eso?
Nathaniel no respondió inmediatamente.
Sus ojos se dirigieron hacia mí.
—Porque alguien intentó robarle a Emma Parker.
Nadie se rió entonces.
Nadie susurró que hombres como Daniel coqueteaban con mujeres como yo y se casaban con mujeres como Madeline.
De repente, yo era la mujer por la que Nathaniel Mercer acababa de gastar una fortuna.
Y aquello me enfureció.
Me giré hacia él.
—No necesitaba que comprara una empresa por mí.
Nathaniel parpadeó.
El salón quedó todavía más silencioso.
—Lo sé.
—Entonces no actúe como si ahora le debiera algo.
—No me debes nada.
—¿Nada?
—Nada.
Sus palabras fueron inmediatas.
Sin vacilación.
Nathaniel se acercó apenas.
—Tu abuela me pidió una sola cosa antes de morir.
Mis ojos ardieron.
—¿Qué?
—Que si alguna vez alguien intentaba quitarte la libertad de elegir, yo me asegurara de que tuvieras una salida.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Ella sabía que usted me vigilaba?
—No te vigilaba.
—Sabía demasiado sobre mí.
Nathaniel aceptó el golpe.
—Tienes razón.
Aquello me sorprendió.
Daniel jamás admitía que yo tuviera razón durante una discusión.
Nathaniel continuó:
—Y mañana te explicaré cada cosa que sé. Después decidirás si quieres volver a verme.
Miró su abrigo sobre mis hombros.
—Esta noche solo quería asegurarme de que pudieras salir de aquí con la cabeza en alto.
Me quedé inmóvil.
Entonces comprendí.
“Actúa como si fueras mío.”
No había significado:
Me perteneces.
Había significado:
Déjales creer durante cinco minutos que alguien poderoso está de tu lado.
Nathaniel me había prestado su reputación cuando yo no tenía ninguna defensa.
Pero ahora la elección volvía a ser mía.
Me quité lentamente su abrigo.
Daniel sonrió, creyendo que lo estaba rechazando.
Entonces caminé hacia Nathaniel.
Le puse el abrigo sobre el brazo.
—Gracias.
—De nada.
—Pero no quiero fingir que soy de nadie.
Sus ojos grises se suavizaron.
—Bien.
—Soy mía.
Nathaniel inclinó ligeramente la cabeza.
—Mucho mejor.
Tomé mi bolso.
Daniel me bloqueó el camino.
—Emma, no puedes irte así.
Lo miré.
Once meses.
Había esperado once meses que aquel hombre me eligiera.
Ahora lo único que quería era que se apartara.
—Sí puedo.
—Lo que hubo entre nosotros fue real.
—Tal vez para mí.
—Para mí también.
—Entonces fue peor.
Daniel se quedó callado.
—Porque si no sentías nada, eras un mentiroso. Pero si sí sentías algo y aun así me utilizaste…
Tragué saliva.
—Entonces simplemente eras cruel.
Me apartó la mirada.
Eso fue suficiente.
Caminé hacia las puertas.
Nathaniel no me siguió.
Y por alguna razón, ese fue el primer motivo por el que empecé a confiar en él.
A la mañana siguiente encontré tres cosas frente a mi apartamento.
Un café.
Una carpeta.
Y una nota.
Emma:
El café no contiene ninguna obligación contractual.
La carpeta sí contiene documentos, pero ninguno necesita tu firma.
N.M.
Sonreí a pesar de mí misma.
Abrí la carpeta.
Había copias de correos electrónicos.
Daniel.
Grant Holloway.
Abogados de Blackridge.
Mi nombre aparecía repetidamente.
PARKER PARCEL.
ESTRATEGIA DE ADQUISICIÓN.
INFLUENCIA PERSONAL.
Se me revolvió el estómago.
Luego encontré un correo de Daniel.
“Está emocionalmente involucrada conmigo. Puedo conseguir la firma.”
Tuve que cerrar los ojos.
Había fecha.
Ocho meses atrás.
Tres meses después de que empezáramos a salir.
Seguí leyendo.
Cinco meses atrás:
“Emma está haciendo preguntas. Necesito más tiempo.”
Tres meses atrás:
“No quiero continuar usando la relación de esta manera.”
Mi respiración se detuvo.
Otro correo.
Grant había respondido:
“No confundas sentimientos con negocios. Cross espera resultados.”
Y uno de Daniel:
“Entendido.”
Aquello era lo más doloroso.
Daniel sí había desarrollado sentimientos.
Y aun así había continuado.
Encontré la última hoja.
Era de dos semanas antes.
Después de que me negara a firmar.
Daniel había escrito:
“No lo hará. Retírenme del asunto.”
Grant respondió:
“Demasiado tarde. Anuncia tu compromiso con Madeline en la gala y terminamos con esto.”
Cerré la carpeta.
Daniel me había querido.
A su manera.
Pero cuando llegó el momento de elegir entre protegerme y proteger su futuro, había elegido su futuro.
Eso era todo lo que necesitaba saber.
Mi teléfono sonó.
Número desconocido.
—¿Sí?
—Emma.
Nathaniel.
—¿Cómo consiguió mi número?
Silencio.
—Mala pregunta.
—Muy mala.
—Tu abuela me lo dio hace años.
—Mejor.
Escuché una risa baja.
—¿Leíste los documentos?
—Sí.
—Lo siento.
—¿Por qué?
—Porque algunas verdades liberan después de romper algo primero.
Miré por la ventana.
—¿Qué quiere de mí, Nathaniel?
Su respuesta llegó inmediatamente.
—Nada.
—No le creo.
—Entonces cena conmigo.
Parpadeé.
—Eso contradice bastante su respuesta.
—No he dicho que no quiera nada. He dicho que no quiero nada de ti.
—¿Cuál es la diferencia?
—Quiero conocerte. No poseerte.
Mi corazón dio un golpe extraño.
—Una cena.
—Una.
—Lugar público.
—Tú eliges.
—Yo pago lo mío.
Hubo una pausa.
—Eso me dolió.
Sonreí.
—Sobrevivirá.
—He sobrevivido cosas peores.
—Eso he oído.
Nathaniel se quedó callado.
—Emma.
—¿Sí?
—No creas todo lo que has oído sobre mí.
—¿Qué parte?
—Empecemos por la palabra “mafia”.
—¿No dirige un sindicato criminal?
—Dirijo un conglomerado logístico que heredó enemigos, rumores y algunos hombres con pésimas habilidades sociales.
Me reí.
Fue la primera vez que reí desde la gala.
Y Nathaniel se quedó en silencio al otro lado.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Nathaniel.
—Tu abuela decía que tu risa hacía que una habitación pareciera más grande.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—No use a mi abuela para conquistarme.
—No lo haré.
Su tono cambió.
—Si algún día me dejas intentarlo, lo haré por mis propios méritos.
La cena se convirtió en otra.
Después en café.
Después en caminatas.
Nathaniel jamás volvió a decirme que actuara como si fuera suya.
Ni una sola vez.
Cuando quería verme, preguntaba.
Cuando decía que no, aceptaba.
Cuando discutíamos, escuchaba.
Y tres meses después ocurrió algo que terminó de cambiar la manera en que lo veía.
Blackridge me ofreció cuatro millones de dólares por mis tierras.
Me quedé mirando la cifra.
Nathaniel estaba sentado frente a mí.
—¿Qué harías tú?
—No importa.
—Te estoy preguntando.
—¿Quieres vender?
—No sé.
—Entonces no vendas todavía.
—¿Y si pierdo la oferta?
—Entonces perderás una oferta.
—Son cuatro millones.
—Tu libertad para decidir vale más.
Lo miré.
—¿Quieres esas tierras?
—Sí.
Mi pecho se tensó.
Al menos era sincero.
—¿Para qué?
—Una línea ferroviaria.
—Entonces tú también tienes interés.
—Sí.
—¿Y por qué no intentas convencerme?
Nathaniel se inclinó hacia atrás.
—Porque quiero que algún día, cuando me mires, nunca tengas que preguntarte si fui amable contigo por ciento ochenta acres.
Algo dentro de mí cedió.
No como aquella noche con Daniel.
No dolorosamente.
Fue como una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada.
—Nathaniel.
—¿Sí?
—Bésame.
Por primera vez desde que lo conocía, Nathaniel Mercer perdió completamente la compostura.
—¿Qué?
Sonreí.
—Solo lo diré una vez.
Se levantó.
Caminó hacia mí.
Se detuvo.
—¿Estás segura?
—Sí.
Entonces me besó.
Y comprendí la diferencia entre un hombre que esperaba obtener algo de mí…
y uno que seguía preguntándose si tenía permiso incluso cuando yo ya lo había elegido.
Un año después regresamos al Grand Timber Lodge.
La misma gala.
La misma medianoche.
La mesa diecinueve seguía existiendo.
Daniel también estaba allí.
Ya no trabajaba para Blackridge.
Su compromiso con Madeline había terminado tres semanas después de aquella noche.
Me vio entrar del brazo de Nathaniel.
Pero esta vez no sentí satisfacción.
Ni venganza.
Nada.
Daniel era simplemente alguien que había formado parte de una versión anterior de mi vida.
Nathaniel y yo llegamos a nuestra mesa.
—¿Nerviosa? —preguntó.
—No.
—Yo sí.
Lo miré.
—¿Por qué?
Entonces vi a mi madre.
A mis amigos.
A la señora que había trabajado con mi abuela durante veinte años.
Todos estaban allí.
—Nathaniel…
Él sacó una pequeña caja.
Mi corazón se detuvo.
—Hace exactamente un año —dijo— te pedí que fingieras ser mía.
Varias personas alrededor sonrieron.
Nathaniel tomó mi mano.
—Fue la frase más estúpida que pude elegir.
Me reí entre lágrimas.
—Bastante.
—Así que quiero corregirla.
Se arrodilló.
El salón quedó en silencio.
Daniel estaba al otro lado.
Pero esta vez no miré hacia él.
Nathaniel abrió la caja.
Dentro había un anillo sencillo.
Elegante.
Y junto al diamante había una diminuta piedra azul.
Zafiro.
Del mismo color que el vestido que había usado aquella noche.
—Emma Parker, nunca quiero que seas mía.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Quiero que sigas siendo tuya. Siempre.
Su voz se quebró apenas.
—Pero si quieres elegirme mientras lo haces, me gustaría pasar el resto de mi vida eligiéndote también.
Me tapé la boca.
—¿Te casarías conmigo?
Un año antes, trescientas personas me habían visto sentada sola en la mesa diecinueve preguntándose por qué Daniel Reeves no me había elegido.
Ahora entendía lo equivocada que había sido aquella pregunta.
Mi valor nunca dependió de que Daniel me eligiera.
Ni siquiera dependía de que Nathaniel lo hiciera.
La verdadera diferencia era que yo había aprendido a elegir.
Miré al hombre arrodillado ante mí.
—Sí.
Nathaniel cerró los ojos.
Por primera vez vi al hombre más temido de Wyoming completamente indefenso.
—Sí —repetí riendo—. Puedes levantarte.
—Dame un segundo.
El salón estalló en risas.
Me agaché y lo besé antes de que pudiera ponerse de pie.
Los aplausos comenzaron.
Y solo entonces, por accidente, miré hacia el otro lado de la habitación.
Daniel seguía allí.
Nuestros ojos se encontraron.
No parecía enfadado.
Solo triste.
Levantó ligeramente su copa.
Un gesto pequeño.
Una despedida.
Yo asentí.
Y lo dejé ir.
Meses después, Nathaniel y yo nos casamos en las tierras de mi abuela.
Nunca las vendí.
Tampoco Nathaniel volvió a pedírmelas.
Construimos allí una casa.
Una parte del terreno se convirtió en una reserva forestal.
Otra se utilizó para un pequeño centro comunitario que llevaba el nombre de Margaret Parker.
Y sí, finalmente permití que una línea ferroviaria atravesara una pequeña sección.
Pero el contrato lo negocié yo.
Nathaniel leyó cada página después.
—Eres despiadada —dijo.
—Aprendí del mejor.
—Tu abuela estaría orgullosa.
Miré hacia las montañas.
—Creo que sí.
Nathaniel tomó mi mano.
—¿Sabes algo?
—¿Qué?
—Todavía tengo el vestido azul.
Lo miré horrorizada.
—¿Qué?
—El de aquella noche.
—¿Cómo?
—Lo dejaste en la tintorería después de la gala.
—Nathaniel Mercer.
—Lo recuperé.
—Eso es inquietante otra vez.
—Romántico.
—Inquietante.
—Podemos discutirlo durante nuestro matrimonio.
Sonreí.
—Tenemos tiempo.
Él besó mi frente.
—Toda la vida.
Y entonces recordé la primera frase que me había dicho.
“Levántate y actúa como si fueras mío.”
Durante mucho tiempo pensé que aquella había sido la noche en que Nathaniel Mercer me salvó de una humillación.
No fue así.
Nathaniel solo me ayudó a ponerme de pie.
Salvarme fue algo que hice yo misma.
Porque el verdadero giro de aquella noche nunca fue que el hombre más poderoso del salón me eligiera después de que otro me rechazara.
Fue comprender que ninguno de ellos tenía el poder de determinar cuánto valía yo.
Daniel me enseñó lo que ocurría cuando entregaba ese poder.
Nathaniel me enseñó cómo se sentía cuando alguien se negaba a quitármelo.
Y yo finalmente aprendí a conservarlo.
Un año después de sentarme sola en la mesa diecinueve, regresé al mismo lugar.
No como la mujer que Daniel Reeves había rechazado.
No como la mujer que Nathaniel Mercer había reclamado.
Sino como Emma Parker.
La mujer que había aprendido a pertenecerse primero a sí misma.
Y solo después de aprender eso…
elegí compartir mi vida con el hombre que jamás volvió a pedirme que fingiera ser suya.
THE END