Parte 2: Clara no vino a devolver la chaqueta

Clara se detuvo al verme.

Luego miró la bolsa entre las manos de Daniel.

—Creo que llegué en mal momento.

—No —respondí—. Llegaste exactamente a tiempo.

Daniel se volvió hacia ella.

—Clara, vete.

Eso me llamó la atención.

Anoche había abandonado a su hija enferma porque Clara “tenía miedo”.

Ahora parecía desesperado por hacerla desaparecer.

Clara apretó la chaqueta alrededor de su cuerpo.

—Necesito hablar contigo.

—Después.

—No puede ser después.

Su voz tembló.

—El administrador encontró la cámara.

Daniel palideció.

—¿Qué cámara?

Clara lo miró como si yo no estuviera allí.

—La del pasillo.

Silencio.

Daniel dio un paso hacia ella.

—Cállate.

Aquella palabra cambió todo.

Saqué el teléfono.

—Continúa, Clara.

Daniel me señaló.

—Esto no tiene nada que ver contigo.

—Entonces será muy fácil explicarlo.

Clara finalmente me miró.

—Elena, yo…

Se quitó lentamente la chaqueta.

Debajo llevaba el mismo vestido blanco que aparecía en la grabación.

—La tubería nunca se rompió.

No sentí sorpresa.

—Eso ya lo imaginaba.

—Yo tampoco tenía miedo.

Daniel cerró los ojos.

—Clara.

—No.

Ella retrocedió.

—Anoche me dijiste que Elena ya sabía todo.

Lo miré.

—¿Todo qué?

Clara comenzó a llorar.

Pero no sentí celos.

Sentí alarma.

—Daniel lleva meses usando mi apartamento para reunirse con alguien.

Eso no era lo que esperaba.

—¿Con quién?

—No lo sé.

Daniel se lanzó hacia ella.

Yo cerré la puerta parcialmente, dejando la cadena puesta.

—No la toques.

Clara sacó un sobre del bolso.

—Esto apareció debajo de mi puerta esta mañana.

Daniel dejó de moverse.

En el sobre estaba escrito:

PARA ELENA.


No lo abrí allí.

Llamé a mi hermano, que era abogado, y le pedí que viniera.

Daniel se rio.

—¿Ahora necesitas un abogado para abrir una carta?

—No.

Lo miré.

—Lo necesito para asegurarme de que mañana no digas que inventé lo que contiene.

Dejó de sonreír.

Clara permaneció junto al ascensor.

—Elena, lo siento.

—¿Por qué exactamente?

Bajó la mirada.

—Daniel y yo nos besamos hace tres meses.

Mia estaba dentro.

Dormida otra vez.

Así que mantuve la voz baja.

—Gracias por decírmelo.

Daniel frunció el ceño.

—¿Eso es todo?

Lo miré.

—¿Quieres que pelee por ti?

No respondió.

—Anoche tu hija necesitaba a su padre y tú elegiste irte.

Señalé a Clara.

—El beso ya no es el problema más importante.

Aquello pareció herirlo más que un grito.


Mi hermano llegó cuarenta minutos después.

Abrimos el sobre.

Había fotografías.

Daniel entrando al edificio de Clara.

Pero no estaba con ella.

Estaba con un hombre.

Varias imágenes tenían fechas.

Martes.

Jueves.

Sábados.

Siempre cuando Daniel me decía que trabajaba hasta tarde.

Mi hermano colocó una fotografía sobre la mesa.

—¿Lo conoces?

Negué.

Clara sí.

—Es Mauricio Vega.

Daniel cerró los ojos.

—¿Quién es? —pregunté.

—Director financiero de la empresa de Daniel.

Miré a mi esposo.

—¿Por qué se reunían escondidos?

—Asuntos de trabajo.

Mi hermano continuó revisando el contenido.

Entonces encontró estados de cuenta.

Transferencias.

Facturas.

Y una empresa llamada Mía Consulting.

Sentí un escalofrío.

—¿Mía?

Daniel intentó quitarle los documentos.

Mi hermano los apartó.

—No.

—¡Eso es información privada!

—Con el nombre de mi sobrina.

El silencio fue inmediato.


La empresa había sido creada once meses atrás.

Yo aparecía como socia.

También había una firma mía.

—Yo nunca firmé esto.

Mi hermano la observó.

—¿Estás segura?

—Completamente.

Daniel empezó a hablar.

—Elena, puedo explicarlo.

—Por fin.

Había más.

Mía Consulting había recibido casi dos millones de pesos en pagos de la empresa donde trabajaba Daniel.

Después el dinero había sido transferido a otras cuentas.

Una pertenecía a Mauricio.

Otra…

Clara dejó escapar un sonido.

—Esa es mía.

La miré.

—¿Qué?

—Esa cuenta está a mi nombre.

Daniel se pasó las manos por el rostro.

Clara parecía horrorizada.

—Yo no sabía nada.

—¿Nunca recibiste dinero?

—Daniel me pidió abrir una cuenta para un proyecto. Dijo que era temporal.

Mi hermano me miró.

No necesitaba decirlo.

El nombre de Clara también estaba siendo utilizado.


Daniel perdió finalmente la paciencia.

—¡Lo hice por nosotros!

—¿Nosotros quiénes?

—Nuestra familia.

Solté una risa.

—No utilices a Mia para justificar esto.

—La empresa estaba despidiendo gente. Necesitaba crear una reserva antes de que todo se viniera abajo.

—¿Falsificando mi firma?

No respondió.

—¿Y usando el nombre de nuestra hija?

—No iba a perjudicarla.

—Ya lo hiciste anoche.

Silencio.


Entonces Clara recordó algo.

—La cámara.

Todos la miramos.

—El administrador dijo que la cámara del pasillo lleva meses funcionando.

Daniel palideció otra vez.

—¿Tiene audio?

—No sé.

Mi hermano ya estaba guardando los documentos.

—Hay que preservar esas grabaciones.

Daniel dio un paso hacia el ascensor.

—Nadie va a hacer nada hasta que hablemos.

Mi hermano lo detuvo con una mirada.

—No tienes control sobre eso.


A las once recibimos una copia de una grabación.

No tenía audio.

Pero mostraba perfectamente quién entraba y salía.

Daniel.

Mauricio.

Y una tercera persona.

Cuando apareció en pantalla, Clara dejó caer el vaso que sostenía.

Yo me quedé inmóvil.

—No puede ser.

El hombre llevaba gorra, pero al girarse hacia la cámara se veía su rostro.

Lo conocía.

Era Ricardo Salas.

Mi antiguo jefe.

El mismo hombre que tres años atrás me había despedido después de acusarme de alterar una factura que yo juré no haber tocado.

Aquella acusación había destruido mi carrera.

Y Daniel había sido quien me convenció de no demandar.

—“Déjalo atrás” —susurré.

Recordé sus palabras exactas.

—“Yo cuidaré de ti. Ya no necesitas trabajar.”

Miré a mi esposo.

Esta vez él no intentó explicarse.

Mi hermano abrió el último documento del sobre.

Era un correo impreso.

Fecha: tres años atrás.

De Ricardo.

Para Daniel.

Elena ya está fuera de la empresa. Como acordamos, no investigará las facturas. Ahora cumple tu parte.

Debajo estaba la respuesta de mi esposo.

Solo cinco palabras:

Perfecto. Ella confía en mí.

Sentí algo mucho peor que celos.

Porque acababa de comprender que Daniel no había empezado a mentirme cuando Clara reapareció.

Llevaba al menos tres años construyendo una vida en la que yo dependiera económicamente de él.

Y quizá aquella noche no había salido de casa para proteger a su primer amor.

Quizá había corrido al apartamento de Clara porque sabía que alguien estaba a punto de descubrir lo que él llevaba años escondiendo.

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