Parte 2: Javier sabía que intentarían quitarme la casa

Rodrigo extendió el documento.

—Firma.

Ni siquiera lo tomé.

—¿Qué es?

—Una formalidad.

Mariana acababa de advertirme que no firmara nada.

—Entonces puedes explicarla.

Rodrigo apretó la mandíbula.

—Reconoces que la casa debe responder por las obligaciones financieras que dejaste.

Varias personas seguían escuchándonos.

—¿Mis obligaciones?

Señalé el teléfono de Javier.

—Todos acaban de oír que mi firma fue falsificada.

Teresa reaccionó por fin.

—¡Una grabación no demuestra nada!

—Javier dijo exactamente lo mismo.

Aquello la silenció.

—Dijo que las pruebas estaban con Mariana Salcedo y Óscar Leal.

Por primera vez, vi verdadero miedo en el rostro de Rodrigo.

—Javier estaba enfermo —dijo—. Estaba paranoico.

Mateo levantó la cabeza.

—Mi papá no estaba loco.

Rodrigo lo miró con furia.

Me interpuse inmediatamente.

—No vuelvas a mirar así a mi hijo.

Entonces llegó una voz desde el fondo.

—Lucía.

Me giré.

Mariana Salcedo acababa de entrar en la capilla.

Llevaba un portafolio negro.

A su lado estaba Óscar Leal.

El contador de la empresa.

Teresa palideció.


Mariana no hizo un espectáculo.

Simplemente se acercó.

—Javier me dio instrucciones para entregarte esto si ocurrían dos cosas.

—¿Cuáles?

—Que alguien intentara atribuirte el crédito.

Miró la carpeta azul de Rodrigo.

—Y que intentaran hacerte firmar documentos relacionados con la casa.

Sentí frío.

—¿Él sabía que harían esto?

—Lo sospechaba.

Rodrigo soltó una carcajada nerviosa.

—Esto es ridículo.

Óscar abrió su propia carpeta.

—Entonces no tendrás problema en explicar Servicios Arista.

Rodrigo dejó de sonreír.

—¿Qué?

—Las tres transferencias.

Óscar colocó copias sobre una mesa.

1.600.000 pesos.

1.550.000 pesos.

1.650.000 pesos.

Total:

4.800.000.

Exactamente el crédito que supuestamente yo había solicitado.

—Servicios Arista pertenece a otra persona —dijo Rodrigo.

—Formalmente —respondió Óscar.

Sacó otra hoja.

—Pero la cuenta receptora transfirió 3,2 millones a una sociedad donde tú eres beneficiario.

El silencio en la capilla se volvió insoportable.

Teresa se giró hacia él.

—Rodrigo…

—Cállate, mamá.

Fue demasiado rápido.

Demasiado agresivo.

Y todos lo escucharon.


Mariana me llevó a una sala privada.

Mateo vino conmigo.

—Hay algo más importante que el crédito —dijo.

Sacó un sobre.

Mi nombre estaba escrito con la letra de Javier.

LUCÍA — SOBRE LA CASA.

Me temblaron las manos.

Dentro había una escritura y una carta.

Leí primero la carta.

Amor:

Tuve que detenerme.

Mateo apoyó la cabeza contra mi brazo.

Continué.

Si estás leyendo esto, significa que no logré terminar lo que estaba investigando.

La casa no pertenece a la empresa ni puede utilizarse para pagar ese crédito.

Miré a Mariana.

—¿Qué significa?

Ella señaló la escritura.

—Javier transfirió legalmente su parte a un fideicomiso familiar hace once meses.

—¿Beneficiario?

Mariana miró a Mateo.

—Él.

Mi hijo abrió los ojos.

—¿Yo?

—Sí.

La casa estaba protegida para Mateo.

Rodrigo no podía usarla.

Teresa tampoco.

Pero Javier había escrito otra frase:

No permitas que mi madre administre ningún bien de Mateo.

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué escribiría eso?

Mariana abrió otro documento.

—Porque Teresa ya lo intentó.


Tres meses antes, alguien había presentado un proyecto de modificación del fideicomiso.

El documento pretendía nombrar a Teresa administradora sustituta en caso de muerte de Javier.

La firma de Javier aparecía abajo.

—No —dije.

Ya conocía aquella sensación.

—Déjame adivinar. También era falsa.

Mariana asintió.

Dos firmas falsificadas.

La mía para obtener el crédito.

La de Javier para controlar la casa de Mateo.

Ya no parecía únicamente un fraude empresarial.

Parecía un plan.

—¿Javier denunció?

—Estaba reuniendo pruebas.

—¿Por qué no me contó?

Óscar respondió:

—Porque empezó a sospechar que alguien dentro de la empresa estaba avisando a Rodrigo de cada movimiento que hacía.

Entonces recordé la grabación.

Había sido creada siete días antes del accidente.

Javier murió seis días después.

—¿Qué descubrió justo antes de morir?

Mariana y Óscar intercambiaron una mirada.

—Una cuarta transferencia —dijo Óscar.

—¿Cuánto?

—Doscientos cincuenta mil pesos.

—¿A quién?

—No lo sabemos todavía. La referencia solo contiene unas iniciales.

Me mostró la hoja.

M.C.

No significaban nada para mí.

Hasta que Mateo habló.

—Yo conozco esas letras.

Todos lo miramos.

—¿De dónde?

Mateo apretó el teléfono de Javier.

—Papá habló con alguien que se llamaba así.

Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.

—¿Cuándo?

—La noche antes de morir.

—¿Escuchaste la conversación?

Asintió.

—Papá estaba en el garaje. Estaba muy enojado.

Me arrodillé frente a él.

—¿Qué dijo?

Mateo cerró los ojos intentando recordar.

—Dijo: “Ya sé quién pagó la camioneta”.

Nadie habló.

La camioneta que había invadido el carril de Javier.

La que después del choque había desaparecido.

—¿Algo más?

Mateo abrió los ojos.

—Sí.

Su voz se volvió pequeña.

—Papá dijo: “Si me pasa algo mañana, Lucía tiene que saber que Rodrigo no trabaja solo”.

Mariana tomó aire.

—¿Dijo quién era la otra persona?

Mateo negó.

Después miró el teléfono.

—Pero creo que lo grabó.

Abrió nuevamente la carpeta de favoritos.

Había otro archivo.

No lo habíamos visto porque estaba debajo del primero.

Fecha:

La noche anterior al accidente.

Título:

M.C. — reunión final.

Toqué reproducir.

Primero escuchamos la voz de Javier.

—No voy a seguir encubriéndolos.

Después una voz femenina respondió:

—Piensa bien lo que estás haciendo. Rodrigo perderá todo.

Me quedé inmóvil.

Conocía aquella voz.

La había escuchado cientos de veces.

En cumpleaños.

Navidades.

Comidas familiares.

Miré hacia la puerta de la sala privada.

Teresa seguía afuera.

Así que no era ella.

La grabación continuó:

—Lucía jamás debe enterarse de quién consiguió realmente su firma.

Javier respondió:

—Demasiado tarde.

La mujer soltó una respiración.

—Entonces mañana tendrás que solucionar el problema.

El audio terminó.

Mateo me miró.

—Mamá, ¿quién es?

Yo no podía responder.

Porque M.C. eran las iniciales de Mariana Cárdenas.

Mi hermana mayor.

La misma mujer que había llegado esa mañana desde Monterrey, me había abrazado durante veinte minutos y jurado que haría cualquier cosa para ayudarnos.

Y en ese preciso momento estaba entrando por la puerta de la funeraria.

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