Gabriel Barragán leyó el mensaje del banco y levantó la vista.
—Mauricio está intentando vaciar la cuenta principal.
Elena no pareció sorprendida.
—Entonces bloquéela.
Gabriel introdujo la llave de seguridad.
Segundos después, la transferencia de 8,600,000 pesos quedó suspendida.
Pero aquello era solo el principio.
La cláusula 9 que Arturo había preparado establecía que, tras su muerte, cualquier intento de vender activos esenciales sin autorización de Elena suspendía temporalmente las facultades administrativas de sus hijos hasta una revisión contable.
Mauricio jamás había leído el documento completo.
Creía que heredaría automáticamente el control de Muebles Salgado.
Se equivocaba.
Elena poseía todavía el 51 % de las acciones.
—Quiero una auditoría de los últimos tres años —ordenó.
A la mañana siguiente regresó a la fábrica.
Mauricio estaba reunido con dos compradores.
Al verla entrar, se quedó blanco.
—¿Qué haces aquí?
Elena dejó su bolso sobre la mesa.
—Trabajar.
—Mamá, papá murió. Tienes que aceptar que ahora las cosas son diferentes.
—En eso tienes razón.
Gabriel colocó delante de él la suspensión de poderes.
—Desde este momento no puede mover dinero, vender maquinaria ni negociar el terreno.
Verónica miró a su hermano.
—Dijiste que todo estaba arreglado.
Aquella frase llamó la atención de Elena.
—¿Qué estaba arreglado?
Ninguno respondió.
La auditoría encontró la respuesta esa misma tarde.
Los 3,800,000 pesos enviados a la supuesta consultora no habían desaparecido.
Habían servido como anticipo para crear una empresa llamada MRV Desarrollos.
Sus socios eran Mauricio, Verónica y un tercer hombre.
El comprador que esa mañana pretendía adquirir el terreno de la fábrica.
El plan era sencillo.
Venderían la propiedad familiar por debajo de su valor.
Después MRV la revendería a un desarrollador industrial por casi cuatro veces más.
Pero Arturo lo había descubierto.
Gabriel abrió entonces una caja de seguridad que Elena jamás había visto.
Dentro había una grabación realizada seis días antes de la muerte de Arturo.
Su voz llenó la oficina.
—Elena, si estás escuchando esto, significa que nuestros hijos hicieron exactamente lo que temía.
Ella cerró los ojos.
—No quiero que los destruyas. Quiero que conozcas la verdad antes de decidir qué hacer.
Después mencionó algo inesperado.
El terreno de la fábrica no pertenecía completamente a Muebles Salgado.
Veintidós años atrás Arturo había colocado el 40 % dentro de un fideicomiso irrevocable.
Beneficiaria principal:
Elena Robles.
Pero existía una segunda beneficiaria.
Gabriel sacó el documento.
Elena leyó el nombre dos veces.
Lucía Salgado Robles.
—¿Quién es Lucía?
Gabriel guardó silencio.
Verónica empezó a llorar.
Mauricio miró hacia el suelo.
Elena sintió un escalofrío.
—Ustedes saben quién es.
Verónica finalmente habló.
—Papá nos lo contó hace tres meses.
—¿Qué les contó?
Mauricio cerró los ojos.
—Que antes de morir necesitaba encontrarla.
—¿Por qué?
Gabriel deslizó una fotografía antigua sobre la mesa.
Arturo aparecía sosteniendo a una bebé.
Detrás había una fecha de hacía treinta y nueve años.
Y una frase escrita por él:
Elena debe saber algún día que Mauricio no fue nuestro primer hijo.
Elena levantó lentamente la mirada.
Mauricio susurró:
—Por eso teníamos que vender la fábrica antes de que tú encontraras esa caja.
