PARTE 2 — LA FIRMA QUE MI MADRE NUNCA PUSO

Mariana dejó una carpeta azul sobre la mesa.

—Ábrela.

Dentro había copias de escrituras, recibos notariales y fotografías de documentos que nunca había visto.

Entonces encontré el poder.

Mi madre supuestamente autorizaba a Sergio a administrar, hipotecar e incluso vender la casa familiar.

El valor registrado de la propiedad rozaba los siete millones de pesos.

Miré la firma.

—Mamá, ¿tú firmaste esto?

Elena negó inmediatamente.

—Nunca.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—¿Cómo consiguió Sergio estos documentos?

Mariana respiró profundamente.

—Por Lucía.

La miré.

—¿Qué tiene que ver mi esposa con esto?

—Más de lo que imaginas.

Sacó su teléfono y abrió una fotografía tomada dos años atrás.

Lucía estaba entrando en una notaría.

Sergio caminaba junto a ella.

La fecha era tres semanas antes de mi divorcio.

—Yo los vi —dijo Mariana—. Intenté advertirte.

Recordé nuestras discusiones.

Sus llamadas.

La noche en que me dijo que alguien estaba intentando quedarse con la casa.

Yo la acusé de estar celosa de Lucía.

Me ardió el rostro de vergüenza.

Entonces mamá tomó mi mano.

—No sabías.

Pero sí había elegido no escuchar.

Mi teléfono vibró.

LUCÍA.

Mariana y mamá quedaron inmóviles.

Contesté.

—¿Dónde estás? —preguntó Lucía.

Su voz sonaba demasiado tranquila.

—Acabo de llegar.

—¿Ya viste a tu madre?

Miré a Elena.

—Todavía no.

Hubo una pausa.

—Qué raro. Salió esta mañana.

Mentía con una facilidad aterradora.

—¿Está enferma?

—Gabriel, tu mamá está perfectamente bien.

Apreté el teléfono.

—Nos vemos en casa.

Colgué.

Mariana me sujetó del brazo.

—No vayas solo.

—Ella todavía cree que no sé nada.

Guardé la carpeta dentro de mi maleta.

Esa noche regresé a la casa familiar.

Lucía abrió la puerta sonriendo.

Sergio estaba sentado en nuestra sala.

Ninguno parecía sorprendido de verme.

Entonces vi algo sobre la mesa.

Champaña.

Dos copas.

Y un contrato de compraventa.

—¿Qué celebran? —pregunté.

Sergio se levantó.

—Nada importante.

Me acerqué al documento.

La operación debía cerrarse el lunes.

Lucía intentó retirarlo.

Fui más rápido.

El comprador era una empresa que no reconocí.

Pero la cuenta destinada a recibir el dinero sí tenía un nombre.

Sergio Martínez.

Levanté la mirada.

—¿Van a vender la casa de mi madre?

Lucía dejó de sonreír.

Y entonces escuché una voz detrás de mí.

—No es solamente la casa.

Me giré.

Mariana estaba en la puerta acompañada por un hombre mayor que llevaba un portafolio.

Lucía palideció.

Sergio dejó caer su copa.

Yo no conocía al hombre.

Pero mi exesposa sí.

—Gabriel —dijo Mariana—, él fue el notario que supuestamente certificó la firma de tu madre.

El hombre abrió el portafolio.

—Y nunca había visto este poder hasta ayer.

Luego colocó otro documento sobre la mesa.

Esta vez, la firma falsificada no era la de mamá.

Era la mía.

Y aparecía fechada seis meses después de que yo me marchara a Monterrey.

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