Tres días después, entregué las llaves de la casa donde había vivido como una esposa que nadie podía conocer.
No dejé ninguna carta.
Solo el anillo que Alexander me había obligado a guardar durante seis años.
Lo coloqué sobre su escritorio.
Debajo, dejé los documentos del divorcio.
Aquella misma tarde debía partir hacia el Hospital General Militar.
Cuando llegué al puerto, un oficial me esperaba.
—Doctora Evans, hay un problema.
Mi corazón se endureció.
—¿Qué problema?
Me entregó mis órdenes.
Una palabra roja atravesaba la primera página.
SUSPENDIDAS.
—¿Quién hizo esto?
El oficial evitó mis ojos.
No necesitaba respuesta.
Detrás de mí sonaron pasos.
Alexander.
—Déjenos solos.
Los soldados obedecieron inmediatamente.
Me volví hacia él.
—Dijiste que no podías reconocerme como esposa, pero aparentemente sí puedes usar tu rango para impedirme marchar.
—No suspendí tu traslado.
—Entonces explícalo.
Alexander me entregó otro documento.
Lo leí.
Mi respiración se detuvo.
No era una cancelación.
Era una orden de investigación.
Mi nombre aparecía vinculado al ataque marítimo que todavía no había ocurrido.
El mismo ataque en el que había muerto en mi vida anterior.
Sentí frío.
—¿De dónde salió esto?
—Inteligencia naval recibió información esta mañana.
Alexander me observó.
—Alguien conoce tu ruta.
Eso era imposible.
Yo había cambiado de destino después de regresar al pasado.
En mi primera vida, aquel traslado jamás había existido.
Entonces comprendí algo aterrador.
Quizá yo no era la única persona que recordaba.
—Elena.
Alexander dio un paso hacia mí.
—¿Por qué estás temblando?
Retrocedí.
—No me toques.
Su mandíbula se tensó.
—Desde aquella recepción eres diferente.
—Finalmente aprendí.
—No.
Sus ojos permanecieron clavados en los míos.
—Me miras como si ya hubieras visto algo que todavía no ha sucedido.
Mi sangre se congeló.
Antes de que pudiera responder, una sirena atravesó el puerto.
Un oficial corrió hacia nosotros.
—¡Comandante Shaw!
Alexander se volvió.
—Informe.
—Interceptamos una transmisión cifrada relacionada con la doctora Evans.
El oficial vaciló.
—Hay algo más.
Le entregó una fotografía.
Alexander la miró y perdió el color.
Se la arrebaté.
Era una imagen mía flotando entre los restos de un barco.
La fecha impresa en la esquina pertenecía al futuro.
Exactamente siete semanas después.
En el reverso había una frase escrita a mano:
ESTA VEZ, ALEXANDER TAMPOCO LLEGARÁ A TIEMPO.
Levanté lentamente la mirada.
Alexander ya no parecía enfadado.
Parecía aterrorizado.
Y entonces dijo las palabras que destruyeron todo lo que yo creía saber.
—Elena… yo también recuerdo cómo moriste.
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