PARTE 2: LA FECHA IMPOSIBLE

Mi turno terminó a las siete.

Marcus me esperaba junto a mi coche.

—Audrey, por favor.

—¿Cuánto tiempo?

Bajó la mirada.

—Camille volvió hace un mes.

—No pregunté cuándo volvió.

Silencio.

—Tres semanas.

Asentí.

—Entonces quiero el divorcio.

Marcus levantó la cabeza.

—Podemos arreglar esto.

—Tú puedes arreglar tu vida. Yo voy a salir de ella.

Tres semanas después ya vivíamos separados.

Camille seguía embarazada.

Y Marcus insistía en que asumiría todas sus responsabilidades.

Hasta que recibió una llamada de Obstetricia.

Habían repetido una ecografía porque las medidas no coincidían con las fechas proporcionadas inicialmente.

Marcus apareció esa noche en mi apartamento.

—Audrey, necesito preguntarte algo como médica.

—Busca otro médico.

—Dicen que el embarazo podría tener más tiempo.

Eso consiguió mi atención.

—¿Cuánto?

—Casi diez semanas.

Hice el cálculo mental.

Diez semanas atrás Camille todavía vivía en París.

Y, según Marcus, ellos no se habían reencontrado hasta un mes después.

—Entonces probablemente no sea tuyo.

Marcus palideció.

Pero aquello no fue lo peor.

Dos días después Camille pidió hablar conmigo.

Acepté únicamente porque dijo que se trataba de mis registros médicos.

Llegó con un sobre.

—Marcus y yo hicimos una prueba prenatal de paternidad.

Me entregó el resultado.

Marcus Hale: excluido como padre biológico.

No sentí alivio.

Mi matrimonio seguía terminado.

Marcus había decidido engañarme creyendo que aquel bebé era suyo.

La genética no borraba esa elección.

—¿Qué tiene esto que ver conmigo?

Camille sacó otra hoja.

—Cuando ingresé aquella noche, el hospital encontró una anomalía en mi expediente.

Mi nombre había aparecido años atrás en una clínica de fertilidad vinculada al hospital.

Nunca había sido paciente allí.

Yo conocía aquella clínica.

Cinco años antes, Marcus y yo habíamos acudido después de dos abortos espontáneos.

Habíamos congelado embriones.

Después decidimos detener el tratamiento.

—Eso es imposible.

Camille comenzó a llorar.

—Audrey, hicieron una comparación.

Sentí frío antes de leerla.

El análisis indicaba que el embarazo de Camille tenía una relación genética compatible con material almacenado bajo nuestro expediente de fertilidad.

Me puse de pie.

—¿Estás diciendo que llevas uno de mis embriones?

—Todavía no lo saben.

Aquello era importante.

Compatible no significaba demostrado.

Exigí una investigación independiente.

Una semana después llegaron los resultados.

El bebé no era genéticamente mío.

Tampoco de Marcus.

Pero la muestra utilizada en el procedimiento había sido registrada con mi número de paciente.

Alguien había usado mi expediente para ocultar el verdadero origen del embrión.

Entonces apareció otra irregularidad.

La autorización para retirar aquella muestra había sido firmada hacía once semanas.

Firma:

Marcus Hale.

Marcus juró que era falsa.

Esta vez había una forma sencilla de comprobarlo.

El registro electrónico mostraba desde qué dispositivo se había autorizado.

No era el teléfono de Marcus.

Ni nuestro ordenador.

Era un terminal administrativo del hospital.

Miré el nombre del usuario que había iniciado sesión.

Y dejé de respirar.

Nora Bennett.

La enfermera que aquella madrugada me había entregado el registro prenatal de Camille.

La misma mujer que se había acercado a mí diciendo:

—No sé si debería enseñarte esto.

Entonces comprendí algo.

Nora no había descubierto accidentalmente la doble vida de Marcus.

Ella había estado esperando que yo la descubriera.

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