El primer helicóptero apareció sobre el hospital cuando Mateo estaba ayudando a Cristina a ponerse el abrigo.
El estruendo hizo vibrar los ventanales.
Luego llegó un segundo.
Un tercero.
Y después, una fila de vehículos negros bloqueó todas las entradas.
Mateo frunció el ceño.
—¿Qué demonios está pasando?
Nadie alcanzó a responder.
Las puertas principales se abrieron y varios hombres vestidos de negro entraron apresuradamente.
Al frente caminaba un hombre de cabello gris cuyo rostro hizo palidecer al jefe de seguridad.
Alejandro Herrera.
Un apellido que en la capital nadie pronunciaba a la ligera.
—¿Dónde está mi hija?
Su voz atravesó el vestíbulo.
Mateo se quedó inmóvil.
—¿Su… hija?
Alejandro sacó un teléfono.
En la pantalla parpadeaba una señal roja.
Sótano.
Almacén frigorífico.
Su expresión se volvió aterradora.
—Sofía Herrera.
El rostro de Mateo perdió todo color.
Cristina soltó una risa nerviosa.
—Debe haber un error. Sofía es huérfana.
Alejandro la miró.
—Eso era lo que necesitábamos que creyera el mundo.
En el sótano, yo apenas podía mantener los ojos abiertos.
Las contracciones llegaban una detrás de otra.
Entonces escuché pasos.
La puerta se abrió violentamente.
—¡Sofía!
Reconocí aquella voz.
—Papá…
Alejandro cayó de rodillas junto a mí.
Detrás de él entraron médicos de emergencia con una incubadora portátil.
—El bebé… primero…
Un médico comprobó mis constantes y gritó:
—¡Quirófano inmediatamente!
Minutos después, mientras me llevaban por el pasillo, Mateo apareció frente al ascensor.
Al verme rodeada por aquel despliegue, parecía incapaz de respirar.
—Sofía…
Mi padre se interpuso.
—No pronuncies su nombre.
Mateo miró mi vientre, luego la sangre que cubría la camilla.
Por primera vez comprendió que no había fingido nada.
—Yo puedo operarla —balbuceó—. Soy el mejor cirujano de este hospital.
—Precisamente por eso no volverás a tocarla.
Las puertas del ascensor comenzaron a cerrarse.
Pero antes de desaparecer, Mateo gritó:
—¡Sofía! ¡Nuestro hijo!
Lo miré por última vez.
—Hace una hora ordenaste dejarlo morir.
Las puertas se cerraron.
Mateo quedó petrificado.
Sin embargo, aquello todavía no era lo peor.
Cuando Alejandro llegó al quirófano, uno de sus hombres se acercó y le entregó una tableta.
—Señor Herrera, revisamos las cámaras del accidente.
Mi padre levantó lentamente la mirada.
—¿Qué encontraron?
El hombre dudó.
—El conductor no se saltó el semáforo por accidente.
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Qué quieres decir?
Giró la pantalla hacia nosotros.
—Alguien pagó para provocar el choque.
Y la transferencia salió de una cuenta vinculada directamente con este hospital.