PARTE 2 — EL CUARTO NOMBRE

—¿Qué encontraste?

Bishop tardó demasiado en responder.

—Preston Caldwell no es simplemente el hijo de una familia poderosa.

Escuché otro teclado al fondo.

—Su padre es senador.

—Eso ya lo sabía.

—No hablo de su padre.

Mi mano se cerró alrededor del teléfono.

—Entonces habla.

Bishop respiró profundamente.

—Su madre trabajó para Vanguard.

Me quedé inmóvil.

—Nombre.

—Rebecca Caldwell.

El mundo pareció detenerse.

Conocía ese nombre.

Rebecca había sido analista de inteligencia durante mi última misión.

Y oficialmente llevaba diecinueve años muerta.

—Eso es imposible.

—También lo pensé.

Bishop envió un archivo cifrado.

Abrí la fotografía.

Era ella.

Más mayor.

Cabello diferente.

Pero aquellos ojos eran inconfundibles.

—Está viva.

—Sí.

Miré hacia la habitación de Nora.

—¿Qué tiene esto que ver con mi hija?

—Mucho más de lo que imaginas.

Bishop había recuperado parte de las grabaciones supuestamente eliminadas.

Los sistemas nunca fallaron.

Alguien entró remotamente después del ataque y borró cuarenta y siete minutos de vídeo.

—¿Puedes recuperarlos?

—Ya recuperé nueve.

Mi teléfono vibró.

Abrí el archivo.

Cuatro jóvenes rodeaban a Nora en un estacionamiento.

Chad.

Brantley.

Wyatt.

Preston.

Pero no estaban solos.

Un hombre con traje permanecía junto a un automóvil negro.

Observando.

No intervino.

Después del ataque, se acercó a Preston.

Le entregó algo.

—Amplía su rostro —ordené.

Bishop lo hizo.

Sentí un escalofrío.

—Lo conozco.

—Lo sé.

Era Marcus Vale.

Mi antiguo segundo al mando.

El hombre que oficialmente había muerto durante la misma operación que Rebecca.

Entonces entendí algo terrible.

Aquello nunca había sido una simple agresión universitaria.

—Bishop.

—Sí, señor.

—Busca el teléfono de Nora.

Silencio.

Después escuché las teclas.

—Encontrado.

—¿Qué contiene?

—Un archivo cifrado creado hace seis días.

Fruncí el ceño.

—Nora no sabe cifrar archivos militares.

—Exactamente.

Bishop consiguió abrirlo.

Solo había una fotografía.

Mostraba a Rebecca Caldwell reuniéndose con Marcus Vale.

Debajo aparecían números de contratos de defensa y transferencias millonarias.

Nora había encontrado algo.

Y alguien lo sabía.

La puerta de urgencias se abrió.

El detective regresó acompañado por dos hombres trajeados.

—Señor Miller, necesitamos llevarnos el teléfono de su hija.

Lo miré.

—¿Por qué?

—Evidencia.

—¿Con orden judicial?

Guardó silencio.

Entonces Bishop habló por mi auricular.

—Comandante, esos hombres no son policías.

Me puse lentamente de pie.

Los dos desconocidos se detuvieron.

Uno llevó la mano hacia el interior de su chaqueta.

No retrocedí.

—Caballeros, creo que se han equivocado de habitación.

El detective palideció.

Mi teléfono vibró nuevamente.

Bishop había enviado otro documento.

Lo abrí.

Y entonces comprendí por qué alguien estaba dispuesto a destruir la vida de mi hija para recuperar aquel teléfono.

El último archivo llevaba mi antigua autorización digital.

Una autorización que solo podía utilizar una persona.

Yo.

—Bishop…

—Lo sé.

—Yo no firmé esto.

—Entonces alguien lleva diecinueve años utilizando su identidad.

Miré a los hombres frente a mí.

Y finalmente entendí la verdad.

Los cuatro chicos no habían atacado a Nora porque fueran ricos, arrogantes o intocables.

Alguien había conseguido que lo hicieran.

Alguien que sabía perfectamente quién era su padre.

Y mientras yo había pasado diecinueve años creyendo que el Comandante Fantasma estaba enterrado…

otra persona había estado viviendo bajo su nombre.

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