PARTE 2: EL INCENDIO NO ERA PARA MATARNOS, SINO PARA DESTRUIR LO QUE HABÍAMOS ENCONTRADO

Adrian reaccionó antes que yo.

—No encienda nada.

Su voz salió baja y firme.

Ni teléfono.

Ni interruptor.

Ni siquiera sabía si aquello podía provocar una chispa, pero el olor que entraba bajo la puerta era suficiente para que no quisiera comprobarlo.

Adrian agarró mi muñeca.

—Al fondo hay una salida de mantenimiento.

—¿Cómo lo sabe?

—Revisé los planos anoche.

Por supuesto que lo había hecho.

Avanzamos en la oscuridad mientras afuera se escuchaban pasos.

Entonces apareció una luz naranja bajo la puerta.

Fuego.

—¡Adrian!

—Siga moviéndose.

Encontramos una pequeña puerta metálica detrás de dos archivadores.

Cerrada.

Adrian golpeó el lector de emergencia.

Nada.

El humo empezó a entrar.

Yo tosí.

—Apártese.

Tomó un extintor y golpeó el mecanismo.

Una vez.

Dos.

A la tercera, la cerradura cedió.

Salimos a un corredor técnico justo cuando comenzó a sonar la alarma contra incendios.

Cinco minutos después estábamos afuera.

Bomberos.

Seguridad.

Personal evacuado.

Richard Hale apareció entre la multitud.

Mi mentor.

Corrió hacia mí.

—¡Claire!

Me abrazó.

—Dios mío. ¿Estás bien?

Durante ocho años aquel hombre había sido casi un segundo padre.

Pero ahora yo solo podía pensar en mi firma falsificada.

Adrian apareció detrás.

Richard lo miró.

Algo cambió en sus ojos.

Duró menos de un segundo.

Pero lo vi.

—Director Cole.

—Doctor Hale.

—¿Qué hacían ustedes dos en el archivo?

Adrian respondió sin pestañear.

—Una revisión administrativa.

—¿A las siete de la mañana?

—Sí.

Richard sonrió.

—Interesante.

Después me apretó el hombro.

—Claire, ve a Urgencias. Que te revisen.

Por primera vez, su mano sobre mí no me hizo sentir protegida.

Me hizo sentir vigilada.

El incendio destruyó parte del archivo.

Pero no la carpeta.

Adrian la había metido debajo de su camisa antes de salir.

Dos horas después estábamos en su despacho.

—¿Sigue pensando que exageré al sacarla del quirófano?

—Sigo pensando que podría haberme dicho la verdad.

—No sabía si podía confiar en usted.

Eso me dolió.

—¿Después de revisar ocho años de mi trabajo?

—Precisamente por eso.

Me lanzó un documento.

Mi usuario había sido utilizado para modificar treinta y siete expedientes.

Pero había un problema.

En once de aquellas fechas yo ni siquiera estaba en el hospital.

Una vez estaba en Boston.

Otra en Seattle.

Dos veces de vacaciones.

—Entonces es fácil demostrar que no fui yo.

—Ahora sí.

—¿Ahora?

Adrian se inclinó hacia delante.

—Porque alguien borró sus registros de viaje del sistema interno hace seis meses.

Sentí frío.

—¿Quién?

—Rebecca Moore.

El nombre me golpeó.

La misma mujer que había reído durante mi degradación.

—¿Por qué Rebecca tendría acceso?

—Porque Hale la convirtió en responsable adjunta de calidad hace siete meses.

—Richard nunca me dijo eso.

—Hay muchas cosas que Richard Hale nunca le dijo.

Adrian abrió otro expediente.

Paciente 2147.

Cirugía cardíaca experimental.

Fallecido hacía tres años.

Cirujano principal:

Richard Hale.

Asistente:

Claire Dawson.

—Recuerdo ese caso.

—¿Estuvo allí?

—Sí.

—¿Durante toda la intervención?

Pensé.

—No.

Richard me había enviado fuera después de una complicación.

Dijo que terminaría con otro equipo.

Adrian colocó la grabación original.

Mi nombre desaparecía de la sala cuarenta y tres minutos antes de la muerte.

Sin embargo, el informe final afirmaba que yo había realizado el procedimiento que provocó la complicación fatal.

—¿Por qué nunca lo vi?

—Porque el informe que usted recibió era diferente.

Dos versiones.

Una para mí.

Otra para el archivo legal.

Mi mentor llevaba años construyendo un historial de negligencias con mi nombre.

—¿Para qué?

Adrian guardó silencio.

—Dígalo.

—Todavía no lo sé.

Mi teléfono vibró.

Papá.

Contesté.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Vi lo del incendio.

—Papá, ¿cómo conociste a Adrian?

Silencio.

—Te dije que Robert—

—No.

Me levanté.

—¿Cómo lo conociste realmente?

Mi padre tardó demasiado.

Adrian me observaba.

—Claire…

—Papá.

—Ven a casa esta noche.

—Quiero saberlo ahora.

Escuché su respiración.

—Adrian no era una cita a ciegas.

Miré al hombre frente a mí.

Él no pareció sorprendido.

—¿Qué?

—Robert nunca lo recomendó.

—Entonces ¿quién?

—Yo lo llamé.

Sentí que se me helaban las manos.

—¿Por qué?

—Porque hace tres meses recibí una carta anónima.

—¿Qué decía?

Mi padre habló casi en un susurro.

—Que Richard Hale iba a destruirte antes de que terminara el año.

Miré a Adrian.

—¿Y por eso llamó al nuevo director?

—No era director todavía.

Eso fue peor.

—¿Qué quieres decir?

—Cuando contacté con Adrian, seguía trabajando en el Hospital Provincial.

—Entonces ¿cómo terminó aquí?

Mi padre guardó silencio.

Adrian respondió:

—Solicité el puesto.

Me volví hacia él.

—¿Por una carta anónima sobre mí?

—Por lo que encontré después de leerla.

Abrió un cajón.

Sacó una fotografía antigua.

Richard Hale.

Mi padre.

Y otro hombre.

Mucho más joven.

Adrian señaló al tercero.

—Mi padre.

Lo miré.

—¿Ellos se conocían?

—Trabajaban juntos.

Veinticuatro años atrás, Thomas Dawson, Richard Hale y el doctor Michael Cole habían participado en un programa experimental de dispositivos cardíacos.

Mi padre jamás me había hablado de ello.

—¿Qué pasó?

—Un paciente murió.

Adrian deslizó una noticia antigua.

“FALLO EXPERIMENTAL PROVOCA INVESTIGACIÓN INTERNA.”

—Mi padre asumió la responsabilidad.

—¿Fue culpable?

—Eso creí durante veinte años.

Su mandíbula se endureció.

—Hasta que encontré los registros originales.

Habían sido modificados.

Exactamente igual que los míos.

Mismo método.

Mismo patrón.

Incluso algunos de los mismos códigos internos.

—Richard.

—Eso creo.

Mi teléfono volvió a sonar.

Hannah.

Respondí.

Estaba llorando.

—Claire, ven a Cardiovascular.

—¿Qué ocurre?

—Es Rebecca.

Subimos inmediatamente.

Encontramos seguridad frente al despacho de Richard.

Rebecca estaba dentro, temblando.

Sobre la mesa había una memoria USB.

—Yo no provoqué el incendio —dijo antes de que pudiéramos preguntar.

Adrian cerró la puerta.

—Entonces ¿quién?

—No lo sé.

—Usted borró los registros de viaje de Claire.

Rebecca comenzó a llorar.

—Hale me obligó.

—¿Por qué?

—Porque necesitaba que pareciera culpable.

—¿De qué?

Rebecca me miró.

Toda la arrogancia había desaparecido.

—De las muertes.

—¿Cuántas?

—No son treinta y siete expedientes.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Cuántos?

—Ciento doce.

Adrian dejó de moverse.

Rebecca señaló la memoria.

—Ahí están los originales.

—¿Por qué nos los entrega ahora?

—Porque Richard huyó.

—¿Huyó?

—Su oficina está vacía. Su teléfono apagado. Su coche ya no está.

Entonces añadió:

—Y se llevó un expediente.

—¿Cuál?

Rebecca me miró directamente.

—El suyo.

—¿Mi expediente laboral?

Negó.

—Su expediente médico.

Me quedé inmóvil.

—Richard nunca fue mi médico.

—No empezó cuando usted entró a trabajar aquí.

—Entonces ¿cuándo?

Rebecca tragó saliva.

—El archivo comienza el día que nació.

Sentí que el aire desaparecía.

Adrian se acercó.

—Claire tiene treinta y dos años. Hale ni siquiera trabajaba en este hospital entonces.

—Sí trabajaba.

—Los registros dicen que llegó hace veintiséis.

Rebecca soltó una risa nerviosa.

—Porque modificaron esos registros también.

Sacó una copia doblada.

Era un informe de parto.

Nombre de la madre:

Elizabeth Dawson.

Mi madre.

Médico responsable:

Richard Hale.

Pero otra línea me dejó sin respiración.

RECIÉN NACIDA: CLAIRE DAWSON.

OBSERVACIÓN: PROTOCOLO CARDÍACO NEONATAL 7.

—¿Qué significa eso?

Rebecca negó.

—No lo sé.

Adrian tomó el documento.

Su rostro cambió.

—Yo sí.

Lo miré.

—¿Qué?

—El Protocolo 7 era el programa en el que trabajaba mi padre.

Silencio.

—El programa que supuestamente comenzó ocho años después de que usted naciera.

Mi teléfono recibió entonces un mensaje de mi padre.

Una fotografía.

Richard estaba frente a nuestra casa.

Había sido tomada desde la ventana de la cocina.

Debajo, papá escribió:

“Claire, no vengas.”

Llegó un segundo mensaje.

“Richard dice que tú no eres la persona que corre peligro.”

Y después un tercero.

Una sola frase:

“Dice que Adrian debe recordar qué ocurrió con su hermano.”

Miré a Adrian.

Por primera vez desde que lo conocía perdió completamente aquella calma insoportable.

—¿Qué hermano?

Su rostro quedó blanco.

—Yo no tengo hermano.

Entonces Rebecca susurró:

—Sí.

Todos la miramos.

—Lo tuvo.

Adrian dio un paso hacia ella.

—¿Qué acaba de decir?

Rebecca señaló mi informe de nacimiento.

—Según el archivo que Hale se llevó, la doctora Dawson no fue el único bebé incluido en el Protocolo 7 aquella noche.

Hizo una pausa.

—Había dos.

Adrian tomó el papel con manos temblorosas.

Y junto a mi código neonatal aparecía otro:

COLE, VARÓN.

ESTADO FINAL:

TRANSFERIDO.

No fallecido.

No perdido.

Transferido.

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