Godfrey fue el primero en reaccionar.
—¿Un millón y medio?
Sus ojos bajaron inmediatamente hacia mi teléfono.
Selina también cambió.
La mujer que segundos antes bloqueaba la puerta abrió lentamente los brazos.
—Damian, hijo… deberías habernos contado algo así.
Aquello me confirmó todo lo que necesitaba saber.
Phoebe apenas podía mantenerse consciente entre mis brazos, pero ellos acababan de escuchar una cifra y, de repente, su sufrimiento había dejado de importar.
—Apártate de la puerta, mamá.
—Podemos hablar como una familia.
—Ya no.
Godfrey dio un paso hacia mí.
—¿Dónde está ese dinero?
Lo miré.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Porque acabas de hacer exactamente la pregunta que esperaba.
Saqué las llaves del bolsillo.
Selina frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que los 1,5 millones no están en ninguna cuenta a la que vosotros podáis acceder.
La sonrisa de Godfrey desapareció.
Cargué a Phoebe y salí.
Esta vez nadie intentó detenerme.
En el hospital, los médicos actuaron inmediatamente.
Deshidratación severa.
Desnutrición.
Anemia.
Y un tratamiento oncológico interrumpido durante meses.
Cuando el médico me preguntó por qué había ocurrido aquello, no mentí.
Se lo conté todo.
También enseñé las transferencias.
Cuarenta y ocho pagos enviados desde Alemania.
Más de 120.000 euros.
Todos dirigidos a Selina.
El médico guardó silencio unos segundos.
—Señor Reeves, tendremos que documentar el estado en que llegó su esposa.
—Haga todo lo necesario.
Phoebe abrió los ojos aquella noche.
—Damian…
Me acerqué.
—Estoy aquí.
—No vuelvas a Alemania.
—No pienso hacerlo.
Empezó a llorar.
—Hay algo que no te conté.
Le tomé la mano.
—Ya no tienes que protegerlos.
—No los estaba protegiendo a ellos.
Aquello me desconcertó.
—¿Entonces a quién?
Phoebe miró hacia la puerta.
—A ti.
Sentí un escalofrío.
—Explícame.
—Tu madre no solo gastó el dinero.
—Lo sé.
—No, Damian. No lo sabes.
Me contó que seis meses después de mi partida Selina comenzó a exigirle firmas.
Primero recibos.
Después autorizaciones bancarias.
Finalmente documentos relacionados con la casa.
Phoebe se negó.
Entonces empezaron los castigos.
Le quitaron las tarjetas.
Después el teléfono.
Después las llaves.
Cuando enfermó, Selina utilizó su debilidad para controlarla todavía más.
—¿Qué documentos?
Phoebe cerró los ojos.
—Los del préstamo.
—¿Qué préstamo?
—Sobre la casa.
Me quedé inmóvil.
Nuestra hipoteca debía estar prácticamente pagada.
A la mañana siguiente llamé a un abogado.
Dos horas después recibí la respuesta.
La propiedad tenía una deuda nueva.
187.000 euros.
Sentí que se me cerraba el estómago.
—¿Quién la solicitó?
El abogado giró el portátil.
—Supuestamente usted.
Aparecía mi nombre.
Mi firma.
Incluso una copia de mi pasaporte.
Pero yo estaba en Hamburgo cuando se firmaron aquellos documentos.
—Es falso.
—Eso parece.
—¿Dónde terminó el dinero?
La respuesta llegó veinte minutos después.
El taller de Godfrey.
El todoterreno.
Las reformas.
Y 42.000 euros enviados a una cuenta privada de Selina.
Pensé que aquello era suficiente.
Entonces el abogado abrió otra carpeta.
—Hay algo más extraño.
—¿Qué?
—Su madre recibió mucho más dinero del que usted le envió.
Me mostró los movimientos.
Durante cuatro años, Selina había recibido depósitos mensuales adicionales.
Entre 4.000 y 7.000 euros.
—¿De quién?
—Una sociedad llamada Helix Compensation Services.
Mi cuerpo se tensó.
Conocía Helix.
Era la empresa que había negociado mi indemnización.
Tres meses antes, un accidente industrial en Hamburgo había causado lesiones graves a varios trabajadores.
Yo sobreviví.
Después de una investigación, recibí una indemnización de 1,5 millones.
Pero Helix no debería haber tenido ninguna relación con mi familia antes del accidente.
—¿Desde cuándo recibe esos pagos?
El abogado amplió la pantalla.
—Desde hace tres años y ocho meses.
Casi desde que llegué a Alemania.
Sentí frío.
—Eso es imposible.
Aquella tarde regresé a casa acompañado por dos agentes y mi abogado.
Selina abrió la puerta.
Godfrey estaba detrás.
Ya no parecían arrogantes.
—Damian —empezó mi madre—, podemos solucionarlo.
—¿Quién es Helix?
Su rostro cambió.
Fue mínimo.
Pero lo vi.
Godfrey también.
—No sé de qué hablas.
Mi abogado colocó los extractos sobre la mesa.
—Entonces será fácil explicárselo a los investigadores.
Selina se sentó.
Godfrey empezó a caminar hacia la puerta trasera.
Uno de los agentes lo detuvo.
—Quédese aquí.
Subí al dormitorio.
Mis cosas habían desaparecido casi por completo.
El armario que había compartido con Phoebe estaba lleno de cajas de Selina.
Pero encontré algo debajo del suelo de madera.
Un sobre.
Phoebe había escrito mi nombre.
Dentro había fotografías, copias de transferencias y una memoria USB.
Regresé al hospital.
—¿Qué es esto?
Phoebe miró el sobre.
—Mi seguro.
Conectamos la memoria.
Había grabaciones.
En una, Selina hablaba con Godfrey.
“Damian no puede regresar todavía.”
Godfrey respondió:
“¿Y si deja el trabajo?”
“Mientras Helix siga pagando, no lo hará.”
Otra grabación.
Esta vez una voz masculina desconocida.
“Necesitamos que permanezca en Hamburgo hasta que se cierre el expediente.”
Selina preguntaba:
“¿Y Phoebe?”
El hombre respondió:
“Manténgala lejos de médicos que puedan revisar los análisis antiguos.”
Miré a mi esposa.
—¿Qué análisis?
Phoebe empezó a temblar.
—Cuando me diagnosticaron, un oncólogo encontró algo raro.
—¿Qué?
—Dijo que ciertos resultados anteriores no coincidían con mi historial.
Mi abogado se inclinó hacia delante.
—¿Resultados de qué tipo?
—Toxicología.
El silencio fue inmediato.
Phoebe continuó:
—Encontraron exposición prolongada a una sustancia industrial.
La miré sin comprender.
—Pero tú nunca trabajaste en una fábrica.
—Lo sé.
Entonces recordé algo.
Antes de marcharme a Alemania, Helix había organizado exámenes médicos para los trabajadores y sus familias.
Phoebe también había acudido.
Mi teléfono sonó.
Era mi antiguo supervisor de Hamburgo, Klaus Weber.
Respondí.
—Damian, necesito hablar contigo.
Su voz estaba alterada.
—¿Qué ocurre?
—Escuché que regresaste a casa.
—Sí.
—Entonces ya puedo decirte esto.
—¿Decirme qué?
—Tu accidente no fue la razón por la que te pagaron 1,5 millones.
Miré a Phoebe.
—¿De qué estás hablando?
—La indemnización era un acuerdo de confidencialidad disfrazado.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Sobre qué?
—Sobre un programa de exposición química que funcionaba en la planta antes de que tú llegaras.
—Yo no trabajaba allí entonces.
Klaus guardó silencio.
—Tú no.
Miré a Phoebe.
—¿Quién?
—Tu padre.
Dejé de respirar.
Mi padre había muerto diecisiete años antes.
Al menos eso creía.
Klaus continuó:
—Damian, revisé los archivos antiguos después del accidente.
—¿Y?
—Encontré tu apellido.
—¿El de mi padre?
—No.
Pausa.
—El de Phoebe.
Ella me miró.
—Eso no puede ser —susurró.
Klaus siguió hablando.
—Hay una fotografía de 2008. Tu padre aparece junto a tres directivos de Helix.
—¿Y Phoebe?
—No aparece Phoebe.
Su voz bajó.
—Aparece Selina.
Sentí que el mundo se inclinaba.
—Mi madre nunca estuvo en Alemania.
—Eso te dijo ella.
Klaus me envió la fotografía.
La abrí.
Mi padre estaba allí.
Más joven.
A su lado, Selina.
Y detrás de ellos aparecía el logotipo de Helix.
Pero había una cuarta persona.
Phoebe agarró mi brazo.
—Damian…
—¿Qué?
Señaló al hombre.
—Ese es el médico que diagnosticó mi cáncer.
Mi teléfono vibró otra vez.
Un correo de Klaus.
Adjunto había un documento titulado:
PROGRAMA HELIX — SEGUIMIENTO FAMILIAR.
Debajo aparecían dos nombres.
DAMIAN REEVES.
PHOEBE REEVES.
Estado:
SUJETOS SECUNDARIOS.
Y al final de la página figuraba una autorización firmada dieciocho años antes.
La firma pertenecía a Selina.
Pero la línea situada debajo fue la que hizo que Phoebe comenzara a llorar.
“En caso de síntomas en la esposa del sujeto principal, impedir tratamiento externo hasta completar la fase de observación.”
Fecha de activación:
Once meses atrás.
Exactamente el mes en que Phoebe había recibido su diagnóstico.
Miré nuevamente la firma de mi madre.
Y comprendí que Selina no le había negado tratamiento a Phoebe para quedarse con mi dinero.
Le habían estado pagando para mantenerla enferma.
