A la mañana siguiente, Julian recibió los papeles del divorcio a las nueve y doce.
A las nueve y diecisiete empezó a llamarme.
No respondí.
A las nueve y veinticuatro llamó su madre.
A las nueve y treinta y uno, Mason.
A las diez, Vivian.
Tampoco respondí.
Había pasado la noche en casa de mi abogada, Rebecca Shaw.
Cuando terminó de revisar la memoria USB, dejó las gafas sobre la mesa.
—Emma, tu divorcio es la parte sencilla.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Rebecca abrió uno de los correos.
Era el mensaje en el que Julian había enviado doce de mis diseños a su prima, Olivia Carter.
Yo los había creado durante casi dos años.
Olivia había utilizado nueve para conseguir una asociación con Aurelia House, una firma internacional de moda.
—Tus archivos originales tienen fechas anteriores —dijo Rebecca—. Bocetos, versiones, metadatos, correos.
—Sí.
—Entonces podemos demostrar autoría.
Me recliné en la silla.
—No quiero dinero de Julian.
—Esto no se trata de Julian.
Giró el portátil hacia mí.
—Aurelia anunció ayer que lanzará una colección internacional basada en estos diseños.
Sentí que el estómago se me cerraba.
Valor estimado del acuerdo:
68 millones de dólares.
—Olivia no sabe diseñar —susurré.
—Por eso alguien necesita descubrir cuánto material tuyo tiene.
Antes de que pudiera responder, sonó mi teléfono.
Número desconocido.
Rebecca hizo un gesto para que contestara.
—¿Emma Bennett?
No había utilizado mi apellido de soltera públicamente desde que me casé.
—Sí.
—Soy Alexander Laurent, director jurídico de Aurelia House.
Miré a Rebecca.
Activé el altavoz.
—¿En qué puedo ayudarle?
—Necesitamos reunirnos inmediatamente.
—¿Por Olivia Carter?
Hubo una pausa.
—No exactamente.
Dos horas después estábamos en una sala privada de un hotel de Manhattan.
Alexander colocó tres carpetas frente a mí.
—La señorita Carter aseguró que era autora exclusiva de la colección.
—No lo es.
—Ahora lo sabemos.
Abrió la primera carpeta.
Allí estaban mis diseños.
Pero había más.
Muchos más.
Bocetos que jamás había entregado a Olivia.
Algunos estaban guardados únicamente en mi ordenador personal.
—¿De dónde sacaron esto?
—De un archivo proporcionado por Julian Carter.
Se me heló la sangre.
—¿Mi marido negoció directamente con ustedes?
—Durante catorce meses.
Catorce.
No había sido un favor impulsivo a su prima.
Había sido un plan.
Alexander abrió la segunda carpeta.
—El señor Carter afirmó que usted había creado estos trabajos como empleada de Carter Lifestyle Group y que los derechos pertenecían a la compañía.
Me reí de incredulidad.
—Nunca he trabajado para Carter Lifestyle.
—Tenemos un contrato que dice lo contrario.
Me mostró mi supuesta firma.
Era falsa.
Rebecca fotografió inmediatamente el documento.
—¿Quién certificó esto?
Alexander señaló el nombre.
MASON REED.
El mejor amigo de Julian.
El hombre que se había reído mientras mi esposo desaparecía con Vivian en aquella habitación privada.
De repente, la boda adquirió un significado distinto.
No todos habían estado protegiendo un viejo romance.
Algunos llevaban meses protegiendo un negocio.
—¿Cuánto recibió Julian?
Alexander permaneció callado.
—Necesito saberlo.
—Hasta ahora, 4,2 millones.
Sentí náuseas.
—¿Y Olivia?
—Ochocientos mil.
Rebecca cerró lentamente la carpeta.
—Tenemos fraude documental, apropiación de propiedad intelectual y movimientos de activos maritales que posiblemente no fueron declarados.
Pero Alexander todavía no había terminado.
Sacó la tercera carpeta.
—Existe un problema mayor.
Dentro había una solicitud de registro internacional.
Mi colección completa había sido transferida a una sociedad llamada VM Creative Holdings.
—¿VM?
Alexander me observó.
—Vivian Moore.
Me quedé inmóvil.
Aquella mujer no había regresado simplemente para recuperar a Julian.
Estaba dentro del negocio.
Mi teléfono empezó a sonar.
Julian.
Esta vez contesté.
—Emma, tenemos que hablar.
—Habla.
—Olivia acaba de decirme que Aurelia está haciendo preguntas.
—Qué tragedia.
—No entiendes lo que estás haciendo.
—Creo que empiezo a entenderlo perfectamente.
Su respiración cambió.
—Si destruyes ese acuerdo, perjudicarás a mucha gente.
—¿Incluida Vivian?
Silencio.
—Emma…
—¿Cuánto dinero le diste?
—No es así.
—Entonces explícame VM Creative Holdings.
Julian dejó de respirar.
Rebecca me miró.
Acababa de confirmar que conocía la empresa.
—¿Quién te habló de eso?
—Gracias, Julian.
Colgué.
Aquella tarde, Rebecca presentó una solicitud urgente para bloquear temporalmente la explotación de los diseños.
A las cuatro y veinte, Aurelia suspendió el lanzamiento.
A las cinco, Olivia apareció en el despacho de Rebecca llorando.
—Emma, por favor.
No la había visto así jamás.
—Julian dijo que tú habías abandonado esos diseños.
—¿Y por eso pusiste tu nombre?
Bajó la cabeza.
—Al principio solo eran tres.
—Hay cuarenta y siete.
—Los demás no me los dio Julian.
Aquello me hizo detenerme.
—¿Quién?
Olivia se secó las lágrimas.
—Vivian.
Rebecca y yo intercambiamos una mirada.
—¿Cómo consiguió Vivian archivos de mi ordenador?
—No lo sé.
—Olivia.
—¡Te juro que no lo sé!
Sacó su teléfono.
—Pero hace seis meses me dijo algo extraño.
Encontró un mensaje.
Vivian había escrito:
“Emma nunca descubrirá de dónde vienen. Julian todavía cree que fue él quien abrió la puerta.”
Leí la frase dos veces.
—¿Qué puerta?
Olivia negó.
Entonces recibió una llamada.
Miró la pantalla.
Su cara cambió.
—Es Julian.
—Contesta.
Lo hizo en altavoz.
Julian estaba alterado.
—¿Estás con Emma?
Olivia me miró.
—Sí.
Silencio.
Después escuchamos:
—Emma, vuelve al apartamento.
—No.
—Esto ya no tiene que ver con el divorcio.
—Nunca tuvo que ver solo con el divorcio.
—Encontré algo en tu antiguo estudio.
Aquella habitación había sido prácticamente mía durante tres años.
—¿Qué?
—Una cámara.
Sentí que se me erizaba la piel.
—¿Qué cámara?
—Estaba dentro del detector de humo.
Rebecca se puso de pie.
—No toque nada —ordenó.
Julian continuó.
—Hay otra en el dormitorio.
—¿Desde cuándo?
—No lo sé.
—Llama a la policía.
—Emma, escucha primero.
Su voz temblaba.
—Revisé el router. Esas cámaras enviaban archivos a un servidor externo.
—¿De quién?
—Estoy intentando averiguarlo.
Entonces escuché un ruido al otro lado.
Julian dejó de hablar.
—¿Qué pasa?
—Alguien está en el apartamento.
La llamada se cortó.
Rebecca llamó inmediatamente a emergencias.
Llegamos cuarenta minutos después.
Julian estaba ileso.
La policía había encontrado la puerta del estudio abierta.
Nada parecía robado.
Excepto mi viejo ordenador portátil.
El que contenía años de diseños originales.
Un agente se acercó.
—Señora Bennett, encontramos algo detrás del escritorio.
Era una pequeña caja fuerte empotrada.
Yo nunca la había visto.
Julian tampoco.
Dentro había fotografías mías.
Saliendo del trabajo.
Visitando a mi abuela antes de que muriera.
Tomando café.
Entrando en una clínica.
Algunas habían sido tomadas antes de conocer a Julian.
—Esto no puede ser de Vivian —dijo él.
No respondí.
Debajo de las fotografías había contratos, extractos bancarios y una carpeta negra.
En la portada aparecía mi nombre completo:
EMMA BENNETT.
Y debajo:
PROYECTO CARTER — CANDIDATA APROBADA.
Julian se quedó blanco.
—¿Candidata para qué?
Abrí la carpeta.
La primera página tenía fecha de cinco años antes de nuestro matrimonio.
Había una fotografía de Julian.
Otra mía.
Y una tercera de Vivian.
Debajo de mi fotografía alguien había escrito:
“ACERCAMIENTO AUTORIZADO. JULIAN NO DEBE CONOCER EL VERDADERO PATRIMONIO DE EMMA HASTA DESPUÉS DEL MATRIMONIO.”
Mis manos empezaron a temblar.
—¿Patrimonio?
Rebecca pasó varias páginas.
De repente se detuvo.
—Emma…
—¿Qué?
Me mostró un documento de un fideicomiso que llevaba el apellido de mi abuela.
Valor estimado:
412 millones de dólares.
Beneficiaria única:
Emma Bennett.
—Yo no sabía que esto existía.
Julian retrocedió.
—Yo tampoco.
Entonces encontramos la última hoja.
Era una instrucción firmada apenas dos semanas antes de nuestra boda.
“Si el matrimonio fracasa antes de que los activos Bennett sean transferidos, activar a Vivian Moore.”
Debajo aparecía el nombre de la persona que había autorizado todo.
Julian leyó primero.
Su rostro se vació por completo.
—No.
Lo miré.
—¿Quién es?
Me entregó la hoja.
Reconocí el nombre inmediatamente.
La mujer que llevaba tres años diciéndome que yo nunca estaría a la altura de los Carter.
La madre de Julian.
Margaret Carter.
Pero debajo de su firma había una segunda autorización.
Una que hizo que Rebecca dejara de respirar.
Porque pertenecía a alguien que oficialmente llevaba once años muerto.
Mi padre.
