PARTE 2: EL SECRETO QUE JONATHAN SABÍA SOBRE MIS TRILLIZOS

Jonathan no apartó los ojos de mi teléfono.

—¿Cómo sabe Mitchell que son trillizos?

Me quedé paralizada.

Aquella era la pregunta que el miedo no me había permitido formular.

—No lo sabe nadie.

—¿Tu médico?

—Sí.

—¿Ryan?

Negué.

—Nunca se lo dije.

Jonathan sacó su teléfono.

—Cambia de hospital.

El conductor lo miró por el retrovisor.

—¿Señor?

—No vamos al hospital donde espera Mitchell.

Otra contracción me dobló.

Jonathan se inclinó hacia mí.

—Hannah, mírame.

Respiré como pude.

—Mis bebés…

—Van a recibir ayuda.

Marcó un número.

—Preparen obstetricia. Embarazo de veinticuatro semanas, gestación múltiple, contracciones intensas. Llegamos en seis minutos.

Colgó.

—¿Tienes un hospital?

—Tengo uno.

Aquello no me tranquilizó.

—¿Por qué haces esto?

Jonathan permaneció callado.

—Y no me digas que estabas casualmente en mi autobús.

Su mandíbula se tensó.

—No estaba allí por casualidad.

El miedo cambió de forma.

Me alejé cuanto pude.

Uno de los hombres de seguridad me observó.

Jonathan levantó una mano.

—No voy a hacerte daño.

—Entonces dime quién eres para mí.

Me miró durante varios segundos.

—Conocí a tu madre.

Dejé de respirar.

Mi madre, Elizabeth Carter, había muerto cuando yo tenía diecisiete años.

—Eso es imposible.

—Trabajó para Blackwell Industries durante once años.

—Mi madre era contable.

—Era directora de auditoría interna.

Sentí que el mundo se inclinaba.

Antes de que pudiera preguntar más, otra contracción me arrancó un gemido.

Minutos después entrábamos por el acceso privado de Blackwell Medical Center.

Me llevaron directamente a obstetricia.

Los tres latidos estaban presentes.

Los bebés seguían conmigo.

La doctora dijo que intentarían detener las contracciones.

Entonces las puertas se abrieron.

Un abogado entró acompañado por seguridad.

—Señora Mitchell, su marido está abajo.

Jonathan ni siquiera levantó la voz.

—No sube.

—Trae una solicitud de emergencia para preservar sus derechos parentales.

Me incorporé.

—¿Derechos parentales? ¡Ni siquiera sabía de los bebés esta mañana!

El abogado me entregó una copia.

Ryan había presentado documentación afirmando que yo estaba emocionalmente inestable, sin vivienda estable y que había abandonado voluntariamente el domicilio conyugal.

Además solicitaba que, en caso de parto prematuro, ninguna decisión médica importante pudiera tomarse sin consultarlo.

Jonathan leyó dos páginas.

Después sonrió.

No era una sonrisa agradable.

—Ha cometido un error.

—¿Cuál? —pregunté.

Señaló la hora.

La solicitud había sido preparada a las 9:14 de aquella mañana.

Mi divorcio no había terminado hasta después del mediodía.

Y Ryan supuestamente no sabía que esperaba trillizos hasta horas más tarde.

—Sabía lo de los bebés antes de echarte —dijo Jonathan.

Sentí frío.

—No.

—Hannah, esto no empezó hoy.

Jonathan llamó a uno de sus abogados.

—Quiero el expediente completo de Mitchell. Clínicas, seguros, transferencias y comunicaciones con sus abogados.

Entonces apareció Ryan.

Había conseguido llegar hasta las puertas de la planta antes de que seguridad lo detuviera.

—¡Hannah!

Intentó avanzar.

Jonathan se colocó entre nosotros.

Ryan se quedó inmóvil.

—Blackwell.

—Mitchell.

No parecía sorprendido de verlo.

Aquello me inquietó todavía más.

—Apártate de mi esposa.

—Exesposa —respondió Jonathan.

Ryan me señaló.

—Está embarazada de mis hijos.

Jonathan inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Estás seguro?

El rostro de Ryan cambió.

Fue mínimo.

Pero lo vi.

—¿Qué significa eso?

Jonathan no respondió.

Ryan sí.

—No empieces con eso.

Me incorporé.

—¿Con qué?

Silencio.

—Ryan.

Me miró.

—¿Con qué?

—No importa.

Jonathan volvió lentamente hacia él.

—Entonces ya lo sabes.

Ryan perdió el control.

—¡Esos niños son Mitchell!

—¿Quién dijo que no lo fueran?

Nadie habló.

Ryan acababa de responder a una acusación que Jonathan nunca había hecho.

La doctora pidió que abandonaran la habitación.

Antes de salir, Ryan me miró.

—Hannah, no firmes nada que Blackwell te dé.

—¿Por qué?

Su expresión se endureció.

—Porque tu madre murió intentando impedir que esa familia llegara hasta ti.

Jonathan se quedó completamente quieto.

Ryan fue escoltado fuera.

Me volví hacia el multimillonario.

—Quiero la verdad.

Jonathan cerró la puerta.

—Tu madre descubrió un fraude dentro de una empresa de fertilidad financiada por Blackwell Industries.

Mi mano fue instintivamente hacia mi vientre.

—¿Qué tiene que ver eso conmigo?

—¿Dónde recibiste tratamiento antes de quedar embarazada?

Se me heló la sangre.

Ryan y yo habíamos intentado concebir durante casi tres años.

Finalmente acudimos a Pacific Reproductive Center.

—No…

Jonathan sacó una carpeta.

—Blackwell compró Pacific hace seis meses después de detectar irregularidades.

—¿Qué clase de irregularidades?

No respondió inmediatamente.

—Manipulación de registros. Muestras etiquetadas incorrectamente. Procedimientos realizados sin la documentación correspondiente.

Sentí náuseas.

—¿Mis bebés?

—Todavía no sabemos nada.

—Entonces ¿por qué preguntaste si Ryan estaba seguro?

Jonathan abrió la carpeta.

Mi nombre aparecía allí.

HANNAH CARTER MITCHELL.

Debajo había tres códigos embrionarios.

—Esto llegó a mi oficina hace cuatro días.

—¿Por qué a ti?

—Porque uno de esos códigos activó una alerta vinculada a un expediente sellado hace veinticinco años.

—¿De quién?

Jonathan me miró.

—De tu madre.

El silencio se volvió insoportable.

—¿Qué descubrió ella?

—Que Blackwell Industries había financiado un programa experimental de reproducción que debía cerrarse inmediatamente.

—¿Y no se cerró?

—Alguien lo mantuvo funcionando en secreto.

Mi teléfono vibró.

Era un correo automático del banco.

ACCESO RESTRINGIDO A CUENTA CONJUNTA.

Ryan estaba moviendo dinero.

Jonathan llamó a su equipo.

Veinte minutos después regresaron con una primera revisión.

Ryan había transferido 3,8 millones de dólares durante los últimos siete meses.

No a Madison.

No a una cuenta secreta.

A Pacific Reproductive Center.

—¿Por qué mi marido estaba pagando millones a mi clínica?

Jonathan pasó a la siguiente hoja.

—Los pagos empezaron tres semanas antes de tu embarazo.

Me costaba respirar.

Entonces entró un abogado de Jonathan.

—Tenemos el expediente de consentimiento.

—¿Y?

El hombre me miró con evidente incomodidad.

—La autorización para el procedimiento embrionario lleva la firma de la señora Mitchell.

—Yo firmé documentos.

—Esta autorización específica está fechada un día en que usted estaba hospitalizada en Portland por una conferencia médica.

—Entonces es falsa.

—Sí.

Jonathan cerró los ojos.

—¿Quién aparece como testigo?

El abogado respondió:

—Ryan Mitchell.

Todo dentro de mí se rompió.

Mi matrimonio.

El divorcio.

Los millones.

El miedo de Ryan a que Jonathan hablara.

Nada había empezado aquella mañana.

—¿Qué autorizaba ese documento?

El abogado tardó en responder.

—Una sustitución de material genético.

Me quedé inmóvil.

—¿De quién?

Jonathan tomó la hoja.

Su expresión cambió.

Por primera vez desde que lo conocía, el hombre parecía verdaderamente asustado.

—No puede ser.

—¿Qué?

Giró el documento hacia mí.

En el apartado correspondiente al donante masculino no aparecía Ryan Mitchell.

Había un código.

JB-01.

Miré a Jonathan.

Él no dijo nada.

No hacía falta.

—¿JB?

Jonathan tragó saliva.

—Jonathan Blackwell.

El monitor junto a mi cama empezó a acelerar al mismo ritmo que mi corazón.

—¿Estás diciendo que mis hijos son tuyos?

—Estoy diciendo que alguien utilizó una muestra vinculada a mí.

—¿Sin tu permiso?

—Esa muestra fue destruida hace veintidós años.

Entonces comprendí por qué Ryan había aparecido con abogados antes incluso de que yo llegara al hospital.

No intentaba descubrir quién era el padre.

Ya lo sabía.

Jonathan abrió la última página.

Había una anotación añadida la semana anterior.

“GESTACIÓN CARTER CONFIRMADA: TRES SUJETOS VIABLES.”

Debajo aparecía una instrucción:

“MITCHELL DEBE OBTENER CUSTODIA INMEDIATA DESPUÉS DEL NACIMIENTO.”

Sentí que se me helaban las manos.

—¿Quién escribió eso?

Jonathan amplió la firma digital.

Su rostro perdió el color.

—El doctor que autorizó el procedimiento murió hace diecinueve años.

—Entonces alguien utilizó su identidad.

Jonathan negó lentamente.

—Eso pensaría yo también.

Sacó su teléfono y mostró una fotografía de seguridad tomada aquella misma mañana en Pacific Reproductive Center.

Un hombre mayor entraba en el edificio.

Debajo aparecía el nombre del acceso:

DR. SAMUEL CARTER.

Se me escapó el aire.

Carter.

Mi apellido de nacimiento.

—¿Quién es?

Jonathan me miró.

—El hermano de tu madre.

Negué inmediatamente.

—Mi madre era hija única.

—Eso fue lo que te dijeron.

La puerta volvió a abrirse.

Un agente de seguridad entró apresuradamente.

—Señor Blackwell, Ryan Mitchell acaba de desaparecer del hospital.

—¿Solo?

—No.

—¿Con quién?

El hombre me miró antes de responder.

—Con el doctor Samuel Carter.

Jonathan se puso de pie.

Pero el agente todavía no había terminado.

—Las cámaras captaron su conversación.

—¿Qué dijeron?

El hombre dejó un teléfono sobre la mesa y reprodujo el audio.

Primero escuché la voz de Ryan.

—Blackwell ya encontró el expediente. Se acabó.

Después respondió un hombre mayor.

—No mientras Hannah siga creyendo que esos trillizos son el verdadero objetivo.

Ryan guardó silencio.

—¿Entonces qué hacemos?

La respuesta llegó tranquila.

—Lo mismo que hicimos con su madre.

Sentí que Jonathan me agarraba la mano.

Y entonces Samuel Carter pronunció la frase que convirtió mi embarazo en la parte más pequeña del secreto.

—Antes de que Hannah dé a luz, tiene que descubrir por qué Elizabeth Carter la entregó a los Blackwell veinticinco años atrás… y por qué Jonathan todavía no sabe que Hannah también es una Blackwell.

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