Los tres golpes volvieron a sonar.
Lentos.
Claramente separados.
Toc.
Toc.
Toc.
Mia dejó de respirar.
Lily siguió dormida sobre su espalda.
Yo permanecí inmóvil.
Aquella pared estaba cubierta por una estantería de nogal macizo de casi tres metros de altura.
Cuando compré la mansión, los planos indicaban que detrás solo había hormigón.
Nada más.
Sin embargo…
los golpes acababan de repetirse.
Me acerqué lentamente.
Apoyé la mano sobre la madera.
Silencio.
Entonces golpeé tres veces con los nudillos.
La respuesta llegó casi al instante.
Tres golpes.
Exactamente el mismo ritmo.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Saqué el teléfono.
—Marco.
Mi jefe de seguridad respondió al primer tono.
—¿Señor?
—Sube inmediatamente al estudio.
Y trae las llaves maestras de la casa.
Dos minutos después entró acompañado por otros dos agentes.
—¿Qué sucede?
Señalé la biblioteca.
—Quiero esa estantería fuera de la pared.
Marco frunció el ceño.
—Pesa más de seiscientos kilos.
—Entonces tráiganme seis hombres.
Ahora.
Mientras esperábamos, Mia seguía abrazando a su hermana.
La niña me miró con cautela.
—No estaba mintiendo.
Me agaché hasta quedar a su altura.
—Lo sé.
Por primera vez desde que entré en la habitación…
la vi sonreír muy ligeramente.
Quince minutos después, seis guardias comenzaron a mover la enorme estantería.
Centímetro a centímetro.
La madera chirrió.
Finalmente apareció la pared.
Era completamente lisa.
O eso parecía.
Marco pasó la linterna.
Entonces encontró algo.
—Señor…
Aquí hay una línea.
Me acerqué.
Era el contorno casi invisible de una antigua puerta empotrada.
Tan bien disimulada que resultaba imposible verla a simple vista.
—Busquen el mecanismo.
Cinco minutos después, uno de los hombres presionó una moldura de bronce.
Se escuchó un clic.
La puerta se abrió apenas unos centímetros.
Un aire frío salió del interior.
Y también…
un olor.
Humedad.
Polvo.
Y algo mucho peor.
Encendí la linterna.
Un estrecho pasillo descendía hacia la oscuridad.
Marco levantó una mano.
—Déjenos entrar primero.
Negué con la cabeza.
—Voy con ustedes.
Mia tiró suavemente de mi manga.
—Señor Duca…
¿Ya no va a despedir a mi mamá?
La miré.
Aquella niña había pasado toda la noche limpiando una casa enorme mientras protegía a un bebé.
Y aun así…
su mayor preocupación seguía siendo el trabajo de su madre.
Sentí un peso insoportable en el pecho.
—No.
Tu madre no perderá su empleo.
Nunca por esto.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
Uno de los guardias apareció corriendo.
—Señor…
Será mejor que vea esto.
Entré en el pasadizo.
Las paredes eran de piedra antigua.
Al final había una pequeña habitación.
Una silla.
Una mesa oxidada.
Y una cadena rota atornillada al suelo.
Marco iluminó la pared opuesta.
Había cientos de marcas.
Líneas verticales.
Agrupadas de cinco en cinco.
Como si alguien hubiera contado los días durante muchísimo tiempo.
Entonces encontramos algo más.
Debajo de la mesa había una pequeña caja metálica.
Dentro solo había una fotografía antigua.
La tomé entre mis manos.
Aparecía un hombre joven sonriendo frente a aquella misma casa.
En el reverso había una frase escrita con tinta casi borrada.
“Si alguien encuentra esto… díganle a Alessandro Duca que su padre nunca murió en el accidente.”
Sentí que el mundo desaparecía bajo mis pies.
Alessandro Duca.
Ese era mi nombre completo.
Y el hombre de la fotografía…
era exactamente igual al retrato de mi padre que había permanecido colgado toda mi vida en el salón principal de la mansión.
