Tres días después, Alexander cumplió años.
Se despertó convencido de que Mia aparecería.
Durante siete años, siempre había sido así.
Podían discutir durante días.
Ella lloraba.
Él guardaba silencio.
Y al final, era Mia quien llamaba primero.
Quien escribía.
Quien pedía hablar.
Quien encontraba la forma de volver.
Por eso, aquella mañana dejó el teléfono sobre el escritorio con una confianza casi arrogante.
A las nueve revisó los mensajes.
Nada.
A las once volvió a mirar.
Nada.
A la una de la tarde, Chloe apareció en su apartamento con un pastel y una botella de vino.
—Feliz cumpleaños.
Alexander sonrió por compromiso.
Pero seguía mirando la pantalla del teléfono.
—¿Esperas a alguien?
—No.
Mintió sin esfuerzo.
A las cuatro de la tarde abrió Instagram.
No había ninguna historia de Mia.
Ninguna felicitación.
Nada.
Entonces recordó que ella había eliminado sus redes.
Intentó llamarla.
La llamada nunca entró.
“El número marcado no existe.”
Frunció el ceño.
Volvió a intentarlo.
El mismo mensaje.
Su paciencia comenzó a romperse.
—Habrá cambiado de número para llamar la atención —murmuró.
Chloe levantó una ceja.
—¿Quién?
—Nadie.
Esa noche terminó la fiesta antes de tiempo.
Cuando Chloe quiso quedarse, Alexander inventó una excusa.
Necesitaba estar solo.
O eso creyó.
En realidad, necesitaba comprobar que Mia seguía girando alrededor de su vida.
Al día siguiente fue a la empresa donde ella trabajaba.
La recepcionista sonrió educadamente.
—¿Busca a la señorita Lewis?
—Sí.
—La señorita Lewis renunció hace tres días.
Alexander dejó de sonreír.
—¿Renunció?
—Sí.
Entregó todos sus proyectos antes de irse.
No dejó dirección de contacto.
Él sintió una incomodidad desconocida.
Llamó inmediatamente a Ethan.
—¿Sabías que Mia dejó el trabajo?
Hubo un breve silencio.
—Pensé que tú lo sabías.
Alexander colgó.
Después condujo directamente al apartamento.
La casera estaba regando unas plantas.
—¿Busca a la señorita Lewis?
—Sí.
—Se mudó.
—¿Adónde?
—No lo sé.
Entregó las llaves hace varios días.
Alexander permaneció inmóvil.
Entró al apartamento vacío con la autorización de la propietaria.
Todo había desaparecido.
No quedaba una taza.
Ni una fotografía.
Ni una planta.
Ni el aroma a vainilla que siempre impregnaba el salón.
Solo paredes desnudas.
Abrió lentamente un armario.
Vacío.
La cocina.
Vacía.
El dormitorio.
Vacío.
Por primera vez desde que publicó aquella fotografía con Chloe, sintió una sensación extraña.
No era culpa.
Era miedo.
Sacó el teléfono.
Buscó el chat de Mia.
Solo encontró un círculo gris.
“Este usuario ya no está disponible.”
Entonces llamó a su madre.
—¿Has hablado con Mia?
—Hace semanas que no.
Pensé que seguían enfadados.
Alexander respiró hondo.
—Se fue.
Su madre guardó silencio.
—¿Qué hiciste?
Él no respondió.
Colgó.
Durante los días siguientes preguntó a todos.
Amigos.
Compañeros.
Vecinos.
Nadie sabía nada.
O quizá nadie quiso decírselo.
Mientras tanto, Mia comenzaba lentamente una vida nueva.
Cada mañana desayunaba mirando la pequeña ventana de su apartamento.
Encontró trabajo en un estudio de diseño independiente.
Compró una bicicleta usada.
Aprendió los nombres de los vecinos.
Y, sin darse cuenta, empezó a dormir toda la noche.
Sin revisar el teléfono.
Sin esperar mensajes.
Sin preguntarse con quién estaba Alexander.
Una tarde, Caleb llamó suavemente a su puerta.
—Hice café.
¿Le gustaría tomar una taza?
Mia sonrió.
No porque sintiera algo especial.
Sino porque era la primera invitación en muchos años que no llevaba condiciones ocultas.
Mientras tanto, a cientos de kilómetros de allí, Alexander seguía convencido de que tarde o temprano ella volvería.
Hasta que, dos semanas después, Ethan entró corriendo en su despacho con el rostro completamente pálido.
—Alexander…
Él levantó la vista.
—¿Qué ocurre?
Ethan dejó una carpeta sobre el escritorio.
—Encontré dónde está Mia.
Alexander sintió un alivio inmediato.
—Perfecto.
Voy por ella.
Ethan no sonrió.
Al contrario.
Lo miró con una mezcla de compasión y preocupación.
—Creo que llegas demasiado tarde.
Alexander frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Ethan abrió lentamente la carpeta.
La primera fotografía mostraba a Mia sonriendo mientras sostenía una caja de herramientas.
A su lado había un hombre alto, de camiseta gris oscuro.
Ambos estaban armando muebles en el pequeño apartamento.
En la segunda fotografía…
ese mismo hombre le estaba entregando un juego de llaves.
Y Mia lo miraba con una sonrisa que Alexander llevaba un mes esperando volver a ver.
read the entire Part 3 below.
