PARTE 2: El clóset que escondía toda la verdad

Leonardo subió al dormitorio principal tres días después con la misma seguridad con la que había echado a Sofía de la casa.

Necesitaba los documentos originales de la mansión.

Esa tarde tenía una reunión con un banco para refinanciar parte de sus inversiones, y estaba convencido de que todo seguía exactamente donde siempre había estado.

Abrió la puerta del vestidor.

Entonces frunció el ceño.

Algo se veía extraño.

Demasiado espacio.

Demasiado orden.

Avanzó unos pasos.

Las perchas estaban perfectamente alineadas.

Pero no sostenían absolutamente nada.

Ni un vestido.

Ni un abrigo.

Ni un pañuelo.

Ni un solo par de zapatos.

Todo el enorme clóset estaba completamente vacío.

Leonardo sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Abrió el primer cajón.

Vacío.

El segundo.

Vacío.

El tercero.

Solo encontró una pequeña caja de terciopelo.

La abrió con impaciencia.

Dentro estaba su alianza de matrimonio.

No la de Sofía.

La suya.

Con una nota doblada debajo.

“Lo único que realmente te pertenecía era este anillo.”

Sus manos comenzaron a temblar.

Bajó corriendo al despacho.

Abrió la caja fuerte.

Seguía cerrada.

Introdujo la combinación.

La puerta metálica se abrió lentamente.

Durante unos segundos creyó que todo estaba en orden.

Luego comprendió la realidad.

Las carpetas seguían allí.

Pero estaban vacías.

Ni una escritura.

Ni un contrato.

Ni un certificado.

Solo separadores perfectamente etiquetados.

Sacó una carpeta tras otra.

Todas iguales.

Entonces encontró un sobre blanco.

“Para Leonardo.”

Lo rompió inmediatamente.

“Hace mucho dejé de confiar en que respetaras nuestro matrimonio.”

“Por eso hace más de un año comencé a organizar cada documento importante.”

“Las propiedades registradas a mi nombre ya fueron transferidas.”

“Mis empresas volvieron a mi administración.”

“Las inversiones que financié con mi patrimonio fueron liquidadas legalmente.”

“Los originales están donde siempre debieron estar: conmigo.”

Leonardo sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.

Corrió hacia la oficina de Vanessa.

—¡Ven aquí ahora mismo!

Su hermana apareció confundida.

—¿Qué pasa?

Él le mostró el clóset.

—¡No hay nada!

Vanessa soltó una carcajada.

—¿Y eso qué importa? No tenía nada de valor.

Leonardo la miró lentamente.

—¿Estás segura?

Subió nuevamente al despacho y abrió el ordenador.

Intentó acceder a varias cuentas corporativas.

Acceso denegado.

Llamó al director financiero.

—¿Qué demonios pasa con las autorizaciones?

Al otro lado hubo un incómodo silencio.

—Señor Grant… la señora Sofía retiró sus poderes hace diez días.

Leonardo quedó inmóvil.

—¿Cómo que los retiró?

—Ella seguía siendo accionista mayoritaria de varias sociedades. Presentó toda la documentación ante notario.

Sintió un vacío en el estómago.

—Eso es imposible.

—Todo fue completamente legal.

Colgó sin decir una palabra.

Por primera vez desde que conocía a Sofía, comenzó a preguntarse cuánto sabía realmente sobre la mujer con la que había vivido tres años.

Siempre creyó que había llegado sin nada.

Sin dinero.

Sin propiedades.

Sin influencia.

Solo ahora comprendía que jamás había preguntado de dónde salió el capital que salvó su empresa cuando estuvo al borde de la quiebra.

Ni quién había negociado silenciosamente los contratos que multiplicaron el patrimonio de los Grant.

Su teléfono sonó.

Era el banco.

—Señor Grant, necesitamos hablar inmediatamente sobre las garantías hipotecarias.

—¿Qué ocurre?

—Las propiedades ofrecidas como respaldo ya no aparecen bajo la estructura patrimonial que figura en nuestros registros.

Leonardo sintió que el despacho comenzaba a darle vueltas.

—Eso debe ser un error.

—Por desgracia, no lo es.

Después de colgar, Vanessa apareció nuevamente en la puerta.

—Leo… ¿qué está pasando?

Él levantó lentamente la mirada.

Por primera vez desde el divorcio, ya no había arrogancia en sus ojos.

Solo miedo.

Porque acababa de descubrir que Sofía no se había marchado con las manos vacías.

Había salido llevando consigo todo aquello que realmente mantenía en pie el apellido Grant.

Y lo peor aún estaba por descubrir.

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