—¿Cómo sabías lo que era? —preguntó Gabriel.
Su mano seguía alrededor de mi muñeca.
—Mi madre trabajaba con ese material.
Carmine tomó uno de los puntos negros con unas pinzas.
—¿Puede matar a alguien?
—No lo sé. Pero nunca debería estar dentro de una persona.
Gabriel miró al doctor Cole.
—¿Quién me cosió?
Cole palideció.
—Había tres cirujanos durante la operación.
—No pregunté cuántos.
Silencio.
Finalmente respondió:
—Yo cerré la herida.
Carmine levantó nuevamente la pistola.
—Espera —ordenó Gabriel.
Su fiebre seguía siendo peligrosa, pero sus ojos habían recuperado aquella frialdad que hacía temblar a hombres mucho más grandes que yo.
—Analicen el hilo.
Uno de sus médicos tomó una muestra.
Mientras todos se movían, observé la palangana.
Algo no encajaba.
—Falta uno.
Gabriel me miró.
—¿Qué?
Señalé su hombro.
—Había siete nudos.
Cole respondió demasiado rápido.
—Quitaste seis.
—Precisamente.
La habitación volvió a quedarse inmóvil.
El séptimo no estaba donde deberían haberlo colocado para cerrar músculo.
Estaba mucho más profundo.
Cerca de un vaso sanguíneo.
—Necesito luz —dije.
Cole soltó una risa nerviosa.
—Esto es absurdo.
Pero Gabriel respondió:
—Dásela.
Cuando separaron cuidadosamente el tejido, lo vi.
Otro cordón negro.
Y atado a él había algo diminuto.
Un pequeño cilindro metálico.
Carmine maldijo.
Gabriel no parpadeó.
—Sácalo.
Esta vez un cirujano diferente realizó el procedimiento.
Minutos después, el objeto cayó sobre la bandeja.
No parecía parte de ningún instrumento médico.
Carmine lo fotografió.
—Es un transmisor.
Cole retrocedió.
—Yo nunca puse eso ahí.
Entonces llegó el resultado preliminar del laboratorio.
El hilo había sido impregnado con una sustancia diseñada para provocar daño progresivo del tejido.
No había sido un error quirúrgico.
Alguien había convertido la propia herida de Gabriel en un mecanismo para matarlo lentamente.
Carmine agarró a Cole por la bata.
—¿Quién te pagó?
—¡Nadie!
Gabriel levantó dos dedos.
Carmine lo soltó.
—Revisen las cámaras del quirófano —ordenó Gabriel.
Cole cerró los ojos.
Aquella reacción lo condenó.
Una hora después encontraron el video.
Durante la cirugía, alguien había entrado después de que los demás médicos abandonaran brevemente la sala.
No era Cole.
Era una mujer.
Llevaba mascarilla, pero yo reconocí inmediatamente sus manos.
La pequeña cicatriz junto al pulgar.
El anillo de plata.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
Gabriel lo notó.
—La conoces.
No pude responder.
Carmine amplió la imagen.
La mujer levantó momentáneamente la cara hacia la cámara.
Mi mundo se detuvo.
—Imposible…
Gabriel se incorporó pese al dolor.
—¿Quién es?
Miré al hombre que acababa de salvar.
Luego nuevamente la imagen.
—Mi madre.
Carmine frunció el ceño.
—Dijiste que murió.
—Murió hace ocho meses.
Gabriel permaneció en silencio.
Después abrió el cajón junto a su cama y sacó una fotografía antigua.
Mi madre aparecía veinte años más joven.
Y estaba de pie junto a Gabriel.
—No —susurré.
Él dejó la fotografía frente a mí.
—Tu madre nunca trabajó simplemente en una fábrica, pequeña.
Mis manos comenzaron a temblar.
—Entonces ¿quién era?
Gabriel sostuvo mi mirada.
—La mujer que intentó matarme hace veinte años.
Hizo una pausa.
—Y la única persona que sabía que tú eras mi hija.
