—No cuelgues —dijo Sophia—. Necesito contarte algo sobre Lucas.
Apreté el teléfono.
—Sé que estás embarazada.
Al otro lado hubo un silencio absoluto.
—¿Cómo lo sabes?
—Anoche escuché a toda su familia celebrándolo.
Sophia soltó el aire lentamente.
—Entonces también debes saber que quieren que tú críes al bebé.
—Los bebés —corregí—. Lucas dijo que esperabas trillizos.
Sophia tardó varios segundos en responder.
—Evelyn, yo no estoy esperando trillizos.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
—Estoy embarazada de un solo bebé.
Miré mis notas.
—Lucas dijo claramente tres.
—Por eso te llamo.
Sophia me pidió que nos reuniéramos.
Cuarenta minutos después apareció en la cafetería con una carpeta médica.
La ecografía era inequívoca.
Un bebé.
Diecinueve semanas.
—Lucas sabe esto —dijo—. Vino conmigo a la consulta.
—Entonces ¿por qué inventaría trillizos?
Sophia abrió otro sobre.
—Porque necesita que tú aceptes legalmente ser responsable de tres niños.
Mi estómago se cerró.
Dentro había documentos preparados por un bufete privado.
Acuerdos de tutela.
Autorizaciones médicas.
Incluso una solicitud para convertirme en responsable legal de tres menores después del nacimiento.
—Nunca firmé esto.
—Todavía no.
Sophia señaló una página.
—Ingrid dijo que conseguirían tu firma cuando estuvieras emocionalmente vulnerable.
Entonces vi algo peor.
Los nombres provisionales de los otros dos bebés aparecían vinculados a una clínica de fertilidad de Chicago.
La misma donde Lucas y yo habíamos realizado nuestros tratamientos.
Sentí que las manos comenzaban a temblarme.
Llamé inmediatamente a mi antigua especialista.
Una hora después estábamos en su despacho.
La doctora revisó mi expediente.
Su rostro cambió.
—Señora Vance, aquí hay una irregularidad.
Durante nuestro segundo intento de FIV se habían obtenido varios embriones.
A mí me dijeron que ninguno de los restantes era viable.
Pero el registro original mostraba otra cosa.
Dos embriones habían sido criopreservados.
—¿Dónde están?
La doctora siguió leyendo.
—Fueron transferidos hace cinco meses.
Dejé de respirar.
—¿A quién?
Giró el monitor.
Paciente receptora: Sophia Weber.
Sophia se levantó bruscamente.
—Eso es imposible. Solo me transfirieron uno.
La doctora palideció todavía más.
—Entonces tenemos un problema muy serio.
En ese instante recibí un mensaje de Lucas.
¿Dónde estás? Mamá quiere hablar contigo esta noche sobre nuestro futuro.
No respondí.
La doctora abrió el archivo genético del embarazo de Sophia.
Después me miró.
—Necesito repetir estas pruebas inmediatamente.
—¿Por qué?
Señaló la pantalla.
—Porque según este expediente, el bebé que Sophia está esperando no es hijo biológico de Lucas.
Sophia comenzó a llorar.
Pero la doctora aún no había terminado.
—Y los dos embriones desaparecidos sí pertenecen a usted.
Sentí que el mundo se inclinaba.
—¿Y quién es el padre?
La doctora tragó saliva.
—Eso es lo extraño.
Giró nuevamente el monitor.
El nombre registrado no era Lucas.
Era su padre.
HEINRICH VANCE.
