Adrián permaneció inmóvil en medio de la sala.
La sangre en su manga parecía más oscura bajo la luz cálida.
—Laura…
—No.
Levanté una mano.
—No digas mi nombre como si eso fuera a arreglar algo.
Emma nos miraba desde el pasillo.
Me levanté y la llevé a su habitación.
—Quédate aquí un momento, cariño.
Cuando regresé, Adrián seguía junto a la mesa.
Pero ya no parecía un hombre seguro.
Parecía alguien atrapado.
—¿Cuánto tiempo? —pregunté.
Cerró los ojos.
—No es tan simple.
Me reí.
—Nunca lo es.
—Clara y yo…
Se detuvo.
—¿Desde cuándo?
—Dos años.
La respuesta fue tan rápida que entendí que la había ensayado.
Dos años.
Mientras yo cocinaba.
Mientras cuidaba a Emma.
Mientras aprendía exactamente cómo le gustaba cada plato.
—¿La amabas?
Adrián bajó la cabeza.
—Sí.
Sentí algo romperse dentro de mí.
Pero no lloré.
Ya había llorado demasiado durante años sin saber por qué.
Entonces mi teléfono vibró.
Rebecca.
Abrí el mensaje.
Había encontrado algo.
Una transferencia mensual desde nuestra cuenta conjunta hacia una empresa llamada CR Consulting.
La misma cantidad.
Cada mes.
Durante dieciocho meses.
Le mostré la pantalla.
—¿También pagábamos juntos tu aventura?
Adrián palideció.
—Puedo explicarlo.
—Entonces explica esto.
Deslicé el dedo.
Seguro médico privado.
Alquiler de apartamento.
Una cuenta bancaria.
Todo a nombre de Clara Reyes.
Adrián empezó a respirar más rápido.
—Laura, por favor.
—¿Ella estaba embarazada?
El silencio me dio la respuesta.
Me quedé completamente quieta.
—¿De cuánto?
Adrián se sentó.
—Cuatro meses.
Miré la sangre en su manga.
De pronto comprendí por qué había corrido.
No solo había perdido a su amante.
Había perdido al hijo que esperaba con ella.
Entonces mi teléfono sonó.
Número desconocido.
Contesté.
—¿Señora Laura Méndez?
—Sí.
—Habla el detective Morales.
Sentí un escalofrío.
—Necesitamos que venga a la comisaría.
Miré a Adrián.
—¿Por qué?
Hubo una breve pausa.
—Porque la mujer del accidente no era Clara Reyes.
Adrián levantó la cabeza de golpe.
El detective continuó.
—Clara está viva.
Mi respiración se detuvo.
—Entonces… ¿quién murió?
La respuesta llegó lentamente.
—Una mujer llevaba su abrigo.
Y encontramos algo dentro del bolsillo.
—¿Qué?
—Una nota con su nombre.
Adrián se quedó blanco.
El detective añadió:
—Señora Méndez, alguien quería que usted creyera que Clara había muerto.
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