PART 2 — EL HOMBRE QUE SABÍA QUE ME QUEDABAN TRES DÍAS

El desconocido no soltó mi muñeca hasta que mis pies volvieron al suelo.

—¿Quién es usted? —susurré.

—Julian Cross.

Su nombre no significaba nada para mí.

Pero la siguiente frase sí.

—Sé que su médico le dio tres días de vida.

Mi sangre se heló.

—¿Cómo sabe eso?

Julian cerró la ventana.

—Porque su médico mintió.

Lo miré fijamente.

—Eso es imposible.

Sacó una carpeta negra de su abrigo.

Dentro había análisis de sangre, escáneres y documentos firmados esa misma mañana.

—Usted no se está muriendo, Ava.

Mis manos comenzaron a temblar.

—Entonces ¿por qué me dijeron que sí?

Julian señaló una página.

—Porque alguien pagó para que creyera que su despertar era temporal.

Sentí náuseas.

—¿Quién?

Él no respondió inmediatamente.

En cambio, dejó sobre la mesa una fotografía.

Adrian.

Celeste.

Mi hermano Noah.

Y un hombre que reconocí como uno de los médicos que había supervisado mi coma.

Todos estaban entrando juntos en un restaurante privado.

La fotografía tenía fecha de cuatro meses atrás.

—Su familia lleva meses preparando su desaparición legal —dijo Julian.

No podía respirar.

—¿Para qué?

—Su abuelo dejó una fortuna a su nombre.

Levanté la cabeza.

Nunca había oído hablar de ninguna fortuna.

Julian continuó.

—Si usted moría, el control pasaba a su esposo.

Mi estómago se retorció.

—Pero Adrian nunca llegó a casarse conmigo.

—Exacto.

Julian me miró directamente.

—Por eso necesitaban que usted siguiera viva hasta que pudieran cambiar ciertos documentos.

Entonces entendí.

La boda.

La prisa.

El encierro.

Todo formaba parte de algo mucho más grande.

—¿Y usted qué quiere de mí?

Julian sonrió apenas.

—Quiero que deje que todos crean que morirá dentro de tres días.

Me quedé inmóvil.

—¿Por qué?

Se inclinó hacia mí.

—Porque la gente revela sus secretos cuando cree que la víctima ya no estará viva para contarlos.

Entonces sacó otro documento.

En la parte inferior aparecía una firma.

La de mi madre.

Pero lo que había firmado no era un testamento.

Era una autorización médica fechada el día de mi accidente.

Y junto a mi nombre aparecían cuatro palabras:

NO INTENTAR DESPERTARLA JAMÁS.

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