—Porque quiero darte las gracias correctamente.
Valeria negó con la cabeza.
—No necesito dinero.
Por primera vez, Julián sonrió.
—No estaba hablando de dinero.
Dejó la tarjeta sobre su mochila.
—Mañana. Diez de la mañana.
Después se marchó hacia el hospital.
Valeria miró la tarjeta.
Julián Herrera. Presidente. Grupo Herrera.
Levantó lentamente los ojos hacia la torre de cristal.
El apellido estaba grabado sobre la entrada.
Al día siguiente estuvo a punto de no ir.
Pero su madre vio la tarjeta y prácticamente la empujó fuera de casa.
A las diez en punto, Valeria entró en aquella misma torre.
Esta vez nadie la detuvo.
Una asistente la condujo directamente al último piso.
Julián esperaba junto a una ventana.
—Lucía está bien. El bebé también.
Valeria respiró aliviada.
—Entonces ya puedo irme.
—Todavía no.
Julián colocó una carpeta frente a ella.
Dentro había documentos de una prestigiosa escuela privada.
—Lucía me contó que vio tu uniforme. Investigamos tu colegio.
Valeria se tensó.
—¿Me investigó?
—Descubrí que tienes las mejores calificaciones de tu promoción y que rechazaste una plaza universitaria porque no puedes pagarla.
Su rostro ardió.
—Eso no es asunto suyo.
—Ayer salvaste a mi esposa sin saber quién era. Déjame ayudarte sin convertirlo en caridad.
La carpeta contenía una beca completa.
Matrícula.
Libros.
Alojamiento.
Valeria cerró inmediatamente el documento.
—No puedo aceptar esto.
Entonces la puerta se abrió.
Lucía entró lentamente.
—Entonces acéptalo de mí.
Valeria se levantó sorprendida.
Lucía la abrazó.
Pero antes de que pudiera responder, alguien llamó con fuerza.
Era el jefe de seguridad.
Traía una tableta.
—Señor Herrera, revisamos las cámaras de ayer.
Julián frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque la señora Herrera no se desmayó por casualidad.
El silencio cayó sobre la oficina.
El video mostraba a Lucía saliendo de la torre.
Un hombre vestido como empleado de mantenimiento se acercaba.
Chocaba deliberadamente contra ella.
Algo pequeño desaparecía dentro de su botella de agua.
Lucía palideció.
—Yo bebí de esa botella minutos después.
Julián tomó la tableta.
—Identifíquenlo.
—Ya lo hicimos.
El jefe de seguridad miró a Valeria.
—Ese es el problema.
Amplió la imagen.
Valeria dejó de respirar.
Conocía aquel rostro.
—No puede ser.
Era Daniel Cruz.
Su padre.
El hombre que, según su madre, había muerto cuando ella tenía seis años.
Julián la observó.
—¿Quién es?
Valeria apenas pudo hablar.
—Mi padre.
Entonces Lucía retrocedió.
—No.
Todos la miraron.
Ella tenía los ojos clavados en Daniel.
—Ese hombre no se llama Daniel Cruz.
Julián palideció.
—¿Lo conoces?
Lucía asintió lentamente.
—Trabajaba para mi familia hace diecisiete años.
Miró a Valeria.
—Desapareció exactamente la semana en que tú naciste.
