PARTE 2: LA HABITACIÓN QUE JEAN CREYÓ HABER VACIADO

Veinte minutos después estaba frente a la casa de Jean.

Bailey me había dado el código del garaje.

—No vayas al dormitorio —me había advertido—. Busca debajo de las escaleras.

Encontré una puerta estrecha.

Cerrada con llave.

Recordé entonces lo último que Bailey había susurrado:

—Papá no nos abandonó. Jean dice eso porque cree que está muerto.

Sentí frío.

El padre de Bailey, Michael, había desaparecido ocho meses antes.

Jean aseguró que había huido con otra mujer.

Abrí la puerta usando una llave que Bailey había visto esconder detrás del cuadro del pasillo.

Dentro había archivadores.

Un ordenador.

Y fotografías de Michael.

No eran recuerdos.

Eran fotografías tomadas después de su desaparición.

En una aparecía entrando en un hospital.

En otra llevaba una venda alrededor de la cabeza.

Estaba vivo.

Encendí el ordenador.

No necesitaba contraseña.

La pantalla mostró transferencias desde una cuenta perteneciente a Bailey.

FIDEICOMISO BAILEY CARTER.

Casi dos millones de dólares.

Jean había retirado dinero durante meses.

Entonces encontré un archivo de audio.

La voz de Michael llenó la habitación.

—Jean, ese dinero pertenece a mi hija.

Después ella respondió:

—Entonces deberías haber pensado en eso antes de convertirla en beneficiaria.

Hubo un golpe.

Michael gritó.

La grabación terminó.

Me quedé inmóvil.

Bailey había escuchado aquello.

Por eso se escondía cuando algo caía al suelo.

Mi teléfono vibró.

Era Bailey.

—Tía Harper…

Estaba llorando.

—Hay alguien afuera.

Salí corriendo.

Cuando llegué a casa, encontré un automóvil negro estacionado frente al jardín.

Bailey estaba detrás de la puerta con un cuchillo de cocina entre las manos.

—Cariño, soy yo.

La abrazó contra mi cintura.

—Pensé que Jean había vuelto.

Entonces llamaron a la puerta.

Un hombre esperaba afuera.

Tenía el rostro demacrado y una cicatriz sobre la sien.

Reconocí inmediatamente a Michael.

Bailey dejó caer el cuchillo.

—Papá…

Corrió hacia él.

Michael cayó de rodillas y la abrazó llorando.

Pero algo no encajaba.

—¿Dónde has estado?

Su expresión cambió.

—Escondido.

—¿De Jean?

Negó lentamente.

—Jean también está huyendo.

Sentí un escalofrío.

Michael sacó varios documentos.

—Hace ocho meses descubrí que alguien estaba utilizando el fideicomiso de Bailey para lavar dinero. Pensé que era Jean.

—¿Y no era ella?

—Ella participó. Pero alguien más controlaba las cuentas.

Me entregó una fotografía.

Jean aparecía entregando documentos a un hombre.

Reconocí aquel rostro.

—No puede ser.

Michael me sostuvo la mirada.

—Por eso Bailey dijo que contarte la verdad también podía arruinarte.

Era mi exmarido, Richard.

El hombre del que me había divorciado cuatro años atrás.

—¿Qué tiene él que ver con Bailey?

Michael abrió el último documento.

Era un certificado de nacimiento.

Nombre de la madre:

Jean Carter.

Nombre del padre:

Richard Hayes.

Me quedé sin respiración.

—Bailey no es tu hija.

Michael negó.

—La crié como mía desde que nació.

Entonces Bailey habló detrás de nosotros.

—Tía Harper…

Me giré.

La niña estaba llorando.

—Jean dijo que cuando volviera de Europa, tú ya estarías en la cárcel.

Michael cerró los ojos.

—Entonces tenemos menos tiempo del que pensaba.

—¿Para qué?

Me mostró una transferencia realizada aquella misma mañana.

Tres millones de dólares robados del fideicomiso acababan de ser enviados a una cuenta.

A mi nombre.

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