PARTE 2: EL HOMBRE QUE VINO A BUSCARNOS

Mateo miró al pequeño aferrado a mi cuello como si acabara de recibir un golpe.

—¿Tu hijo?

—Sí.

Mi respuesta fue sencilla.

Pero Jimena retrocedió.

Bernardo, en cambio, observó al niño con demasiada atención.

—Valeria… ¿cuántos años tiene?

—Tres.

Mateo cerró los ojos un instante.

Las cuentas eran imposibles.

Habían pasado cinco años desde nuestra separación. Aquel niño no podía ser suyo.

Y quizá fue precisamente eso lo que terminó de destruir la última esperanza que todavía conservaba.

Entonces las puertas del hotel se abrieron.

Un hombre alto, vestido con un abrigo gris oscuro, entró acompañado por dos asistentes.

Mi hijo agitó inmediatamente la mano.

—¡Papá!

El desconocido sonrió.

—Te dije que esperaras en el coche, pequeño traidor.

Caminó directamente hacia nosotros y me rodeó la cintura con absoluta naturalidad.

Mateo apretó los puños.

Pero Bernardo palideció.

—Sebastián Laurent…

Lo miré.

—¿Lo conoces?

Mi padre tardó demasiado en responder.

Sebastián Laurent era presidente de Laurent International, el grupo que durante los últimos dos años había comprado silenciosamente participaciones en varias empresas de nuestra ciudad.

Incluida la compañía de Bernardo.

Sebastián extendió una carpeta.

—Ya que todos están aquí, ahorraremos tiempo.

Dentro había documentos de adquisición.

Laurent International controlaba ahora el 41% de la empresa familiar.

Beneficiaria final:

Valeria Laurent.

Jimena dejó escapar un jadeo.

—¿Laurent?

Sebastián me miró.

—Tu madre dejó instrucciones bastante específicas.

Mi corazón se detuvo.

Mi madre.

Antes de morir había creado un fideicomiso utilizando propiedades que heredó de mis abuelos.

Durante cinco años, ese patrimonio había crecido bajo administración privada.

Yo jamás lo había sabido.

Bernardo sí.

—Papá —susurré—, ¿tú sabías esto?

No respondió.

Sebastián sacó otro documento.

Era una carta escrita por mi madre días antes de morir.

Valeria, si algún día Bernardo intenta entregarle a Jimena aquello que te corresponde, busca a Sebastián. Él conoce la verdad sobre tu nacimiento.

El lobby quedó en silencio.

Bernardo perdió completamente el color.

—No leas más.

Aquello confirmó que debía hacerlo.

Pero antes de abrir la segunda página, Mateo habló:

—Entonces… ¿él es tu marido?

Miré a Sebastián.

Él negó lentamente.

—No.

Mateo levantó la cabeza.

Sebastián continuó:

—Y este niño tampoco es mío.

Mi cuerpo se tensó.

—Sebastián.

—Ya no podemos seguir ocultándolo, Valeria.

Mi hijo nos observó confundido.

Entonces Sebastián colocó sobre la carpeta una fotografía antigua.

Mi madre aparecía embarazada.

A su lado estaba Bernardo.

Y detrás de ellos, otro hombre.

Mateo miró la imagen y se quedó inmóvil.

Porque aquel hombre tenía sus mismos ojos.

Sebastián señaló la fotografía.

—Este era Alejandro Mateo.

El padre de Mateo.

Muerto, supuestamente, veintidós años atrás.

Bernardo dio un paso atrás.

—Eso no demuestra nada.

—No —respondió Sebastián—. Pero la prueba genética sí.

Abrió el último documento.

No relacionaba a mi hijo con Mateo.

Me relacionaba a mí con él.

Probabilidad de parentesco biológico entre Valeria y Mateo: 49,8 %.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Mateo tomó el informe con manos temblorosas.

—¿Qué significa esto?

Sebastián miró directamente a Bernardo.

—Que antes de preocuparse por quién es el padre del niño, deberían preguntarle por qué permitió durante ocho años una relación entre dos personas que sabía que podían compartir al mismo padre.

Bernardo cerró los ojos.

Y su silencio fue una confesión mucho más aterradora que cualquier palabra.

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