Adrian llegó siete minutos después.
Entró sonriendo.
—Isabella, Daniel está estable. Los médicos dicen que…
Entonces vio a Lily.
La sábana cubría su pequeño cuerpo hasta el pecho.
Su sonrisa desapareció.
—¿Por qué no despierta?
No respondí.
Adrian se acercó.
—Lily, papá está aquí.
Nada.
Tocó su mejilla.
—Princesa.
Su voz empezó a temblar.
—Isabella… ¿qué ocurre?
Lo miré.
—Murió mientras celebrabas que Daniel había sobrevivido.
Adrian retrocedió como si lo hubiera golpeado.
—No.
Corrió hacia el pasillo.
—¡Médico! ¡Traigan un médico!
—Los llamamos.
Mi voz permaneció extrañamente tranquila.
—Estaban todos con Daniel.
Adrian se quedó inmóvil.
Entonces cayó de rodillas junto a Lily.
Pero antes de que pudiera tocarla, la puerta se abrió.
Entraron dos administradores del hospital y un hombre que reconocí inmediatamente.
El abogado principal de mi familia.
—Señora Blackwood —dijo—, encontramos irregularidades graves en la autorización de la cirugía.
Adrian levantó la cabeza.
—Yo autoricé el procedimiento. Soy su padre.
—No era suficiente.
El administrador dejó varios documentos sobre la mesa.
—La paciente era menor de edad, la cirugía no era una emergencia para ella y existía oposición expresa de su madre.
Tomé la primera hoja.
Mi firma aparecía debajo del consentimiento.
Sentí que el suelo desaparecía.
—Yo nunca firmé esto.
Adrian palideció.
—Isabella…
—¿Quién falsificó mi firma?
No respondió.
El abogado pasó otra página.
—Hay algo más.
Era el expediente de compatibilidad.
Lily figuraba como única donante familiar adecuada.
Pero había una anotación eliminada del informe original.
ADRIAN BLACKWOOD: COMPATIBILIDAD PRELIMINAR POSITIVA.
Lo miré.
—Tú también eras compatible.
—No era seguro…
—¿Para quién?
Silencio.
Comprendí la respuesta.
Adrian había permitido que nuestra hija asumiera el riesgo que él no quiso asumir.
En ese momento entró Marina.
Estaba llorando.
—Adrian, Daniel está empeorando.
Él se levantó instintivamente.
Yo solté una risa vacía.
Incluso ahora.
Siempre Daniel.
Pero Marina no avanzó.
Miró el cuerpo de Lily y empezó a temblar.
—Esto no debía pasar.
Giré hacia ella.
—¿Qué significa eso?
Adrian se tensó.
—Marina, cállate.
Ella negó con la cabeza.
—Ya murió una niña. No voy a seguir mintiendo.
Sacó un sobre de su bolso.
—Hace seis meses repetimos las pruebas de Daniel.
Adrian dio un paso hacia ella.
—¡No!
Mi abogado tomó el documento antes de que pudiera alcanzarlo.
Leyó en silencio.
Después me miró.
—Señora Blackwood…
—Dígalo.
—Daniel no es hijo biológico de Adrian.
Nadie respiró.
Miré a mi esposo.
Su rostro mostraba auténtico desconcierto.
Él tampoco lo sabía.
Marina empezó a llorar.
—Intenté decírselo, pero alguien me pagó para guardar silencio.
—¿Quién?
Marina señaló lentamente hacia la puerta.
Allí estaba Margaret Blackwood.
Mi suegra.
La mujer que había organizado todas las pruebas de compatibilidad.
—Porque Daniel nunca necesitó específicamente el riñón de Lily —susurró Marina—. Margaret necesitaba que Lily entrara en ese quirófano.
Sentí que la sangre se me helaba.
—¿Por qué?
Margaret miró a su nieta inmóvil.
Y respondió con una calma aterradora:
—Porque el riñón nunca fue lo único que queríamos de ella.
