Damian miró el sobre, pero no lo abrió.
—No voy a firmar esto aquí.
—Puedes leerlo con tu abogado.
—Avery, deja de convertir una pelea en el final de nuestro matrimonio.
Mia bajó los ojos, aunque una sonrisa diminuta asomó en sus labios.
La vi.
—No fue una pelea —dije—. Fue la última vez que confundí tu control con amor.
Damian se inclinó sobre el escritorio.
—¿Y si congelo otra vez las cuentas? ¿Cómo pagarás el tratamiento de tu madre?
—Ya no puedes amenazarme con eso.
Deslicé el comprobante de transferencia hacia él.
—Te devolví cada dólar. También tengo mis recibos y los registros del hospital.
Su mirada recorrió la cifra y se endureció.
—¿De dónde sacaste tanto dinero?
—Trabajando. Vendiendo lo último que me quedaba. Haciendo lo que tú nunca creíste que yo pudiera hacer sin tu permiso.
Por primera vez, Mia dejó de fingir inocencia.
—Damian, vámonos. Esta conversación no nos conviene.
Él no se movió.
—¿“Nos”? —pregunté.
Mia palideció.
Damian se volvió hacia ella, pero no llegó a decir nada. Mi teléfono vibró. Era el hospital.
Mi madre había despertado después de una complicación y preguntaba por mí.
Me levanté de inmediato.
—La conversación terminó.
Damian me sujetó la muñeca.
No apretó, pero el contacto bastó para que todo el cuerpo se me pusiera rígido.
—Suéltame.
Sus dedos se abrieron.
Mia permaneció junto a la puerta mientras yo salía. En el pasillo me alcanzó, ya sin su sonrisa perfecta.
—Señora Cross, la foto no fue un error.
Me detuve.
—¿Qué quieres decir?
Ella miró hacia la oficina de Damian.
—Él me pidió que se la enviara. Quería comprobar si todavía te importaba.
La sangre me subió a la cara.
—¿Y los preservativos?
Mia apretó los labios.
—No eran míos.
Detrás de nosotros, la puerta del despacho se abrió.
Damian salió con el rostro desencajado.
—Mia, cállate.
Ella retrocedió un paso.
Entonces levantó su teléfono y mostró una conversación con él.
El último mensaje decía:
«Cuando Avery pague el reembolso, por fin podremos anunciarlo».
Debajo había una fotografía que no había visto antes.
Una ecografía.
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