Gabriel guardó silencio al otro lado de la llamada.
—Valeria, no quise decir que Selena me importe más que tú.
—No hace falta que lo digas. Lo demuestras.
—Solo me preocupa su salud.
—Entonces ve a cuidarla. Ya no tienes que fingir conmigo.
Colgué antes de que pudiera responder.
A la mañana siguiente, regresé a la casa West para recoger mis documentos. Gabriel estaba en el salón, todavía con el traje de la conferencia. Sobre la mesa había una caja de cigarrillos abierta y una carpeta con los papeles del divorcio.
—¿De verdad vas a terminar tres años de matrimonio por una publicación? —preguntó.
—No. Voy a terminarlo porque durante tres años me hiciste sentir como una invitada en mi propia vida.
Se rio sin humor.
—Siempre supiste que este matrimonio fue arreglado.
—Sí. Pero también creí que, algún día, podrías elegirme.
Su expresión cambió.
Por primera vez, pareció entender que no estaba intentando castigarlo.
Estaba despidiéndome.
Tomé la carpeta. Gabriel puso una mano encima.
—Espera.
—Ayer aceptaste.
—Pensé que estabas enfadada.
—Lo estaba. Y hoy sigo estándolo. Pero ya no necesito que estés de acuerdo para saber que me voy.
Levantó la mano, como si quisiera tocarme, pero la dejó caer.
—¿Y si te digo que no quiero divorciarme?
Lo miré con cansancio.
—Entonces habrías tenido que decirlo antes de casarte conmigo por despecho.
No contestó.
Firmé la solicitud y la dejé sobre la mesa.
Cuando salí, el teléfono vibró. Era un mensaje de Selena.
«Valeria, por favor, no firmes todavía. Gabriel no te contó toda la verdad sobre la noche en que volvió de Inglaterra».
Me detuve junto al ascensor.
Apareció otro mensaje.
«Él vino a buscarme, sí. Pero no fue para pedirme que volviera con él».
Leí la frase dos veces.
Después llegó una fotografía antigua, tomada en la entrada del registro civil. Gabriel estaba allí, con el mismo traje gris que había usado en nuestra boda.
La fecha era de tres meses antes de que nos casáramos.
Debajo, Selena había escrito:
«Mira quién estaba esperando fuera. Y a quién esperaba de verdad».
La puerta del ascensor se abrió.
Y detrás de mí, Gabriel dijo mi nombre.
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