No respondí de inmediato.
Clara estaba a mi lado, blanca como el papel, mirando el teléfono como si la voz de Daniel pudiera atravesar la pantalla.
—¿Está allí? —repitió él—. Necesito saber que está a salvo.
La preocupación de su tono habría engañado a cualquiera que no hubiera visto las marcas en la espalda de mi hija.
—Clara está conmigo —dije.
Hubo una pausa.
—Me alegra. Estaba alterada cuando se fue. No está pensando con claridad.
Clara negó en silencio. Sus manos temblaban.
—¿Por qué le exigiste volver a las seis? —pregunté.
Daniel soltó una risita suave.
—No sabía que usted también iba a interrogarme, jueza Hart.
Se me heló la sangre.
—¿Qué quieres?
—Nada. Solo asegurarme de que todos entendemos lo delicada que es esta situación.
Entonces oí un clic leve en la llamada, seguido de un pitido.
Daniel había activado una grabación.
—Clara me envió una foto desde su casa —continuó—. Se la ve tranquila. Cualquier acusación de que la mantengo encerrada sonaría bastante extraña, ¿no cree?
Clara se llevó una mano a la boca.
El reloj inteligente que llevaba en la muñeca vibró.
Lo miró y se puso aún más pálida.
—Tiene acceso al micrófono —susurró—. Dice que es por seguridad.
Le quité el reloj con cuidado y lo dejé sobre la mesa, sin tocar los controles. Después llamé desde mi teléfono privado al jefe de seguridad del tribunal y le expliqué que Daniel podía estar vigilándonos.
No pedí que interviniera en ningún caso.
Le pedí protección y orientación para preservar las pruebas.
—Jueza Hart —dijo Daniel—, ¿por qué no le pregunta a su hija qué sacó de mi despacho?
Clara me miró, aterrada.
—No saqué nada.
—¿Qué está diciendo? —pregunté.
Daniel bajó la voz.
—Mañana aparecerá un documento confidencial en el coche de Clara. Si usted intenta usar su cargo para ayudarla, habrá una investigación. Su carrera terminará antes de que pueda llevarme a juicio.
Colgó.
Clara se aferró a mi brazo.
—Mamá, por favor, no hagas nada. Él puede arruinarte.
—No voy a juzgarlo yo —respondí—. Me apartaré de cualquier asunto que me involucre y llamaré a las autoridades correspondientes.
Entonces sonó el timbre.
En la cámara exterior apareció un agente federal con una orden en la mano.
Pero no venía a detener a Daniel.
Venía a registrar mi casa.
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