A Patrick le bastó girar la llave una vez para entender que algo había cambiado.
La puerta no se abrió.
Llamó al móvil de Megan. Luego al mío. Yo no contesté.
Cuando el nuevo propietario salió a recibirlo, Patrick se quedó mirando la caja de sus pertenencias junto al porche.
—¿Qué hace esto aquí?
—La casa se vendió —le explicó el hombre—. La señora me pidió que dejara sus cosas protegidas.
Patrick me llamó desde el teléfono de Megan.
—Mamá, ¿vendiste la casa?
—Sí.
—¡No podías hacerlo sin hablar conmigo!
—La casa era mía. Y tú ya habías dejado claro que yo no formaba parte de la familia.
Megan tomó el teléfono.
—Esto es una represalia por el crucero. Estás castigando a los niños.
—No. Dejé de pagar unas vacaciones a las que me prohibiste asistir.
Patrick bajó la voz.
—Podemos arreglarlo. Te devolveré el dinero de las excursiones. Solo necesitamos tiempo para encontrar otro lugar.
Miré por la ventana de mi pequeño apartamento. Aún había cajas sin abrir, pero por primera vez en años nadie esperaba que yo resolviera sus problemas.
—Tendrán que buscarlo ustedes.
Colgué.
Unos minutos después, mi nieto Noah me envió un mensaje desde el barco.
«Abuela, mamá dijo que la casa sería nuestra cuando tú ya no pudieras vivir sola. ¿Es verdad?»
Sentí que el teléfono me pesaba en la mano.
Le pregunté qué quería decir.
Noah tardó en responder.
«Oí a papá decir que ya habían preparado los planos. También dijo que iban a pedirte que firmaras unos papeles para poner la casa a nombre de papá».
Volví a mirar la carpeta de remodelación que había fotografiado antes de marcharme.
La cocina nueva. La suite ampliada. La oficina de Megan.
No eran ideas para algún día.
Eran planes para una casa que ya habían empezado a considerar suya.
Entonces llegó otro mensaje de Noah.
«Abuela, encontré los papeles en la tableta de papá. Hay una firma tuya. Pero tú no la escribiste».
La puerta de mi apartamento sonó con tres golpes.
Al otro lado, Patrick dijo:
—Mamá, abre. La policía está aquí. Megan dice que falsificaste un documento.