Adrian tomó la carpeta.
La abrió.
Primera página: agenda anual.
Segunda: clientes prioritarios.
Tercera: medicamentos y alergias.
Después venían cuarenta y siete páginas más.
Todo lo que durante seis años había permanecido únicamente en mi cabeza.
—¿Preparaste todo esto? —preguntó.
—Es parte de la entrega.
Su mirada se endureció.
—¿Tanta prisa tienes por irte?
Sonreí.
—Mi último día es mañana.
Mia me miró sorprendida.
Adrian también.
—¿Mañana?
—Recursos Humanos aprobó la salida anticipada esta mañana.
Cerró la carpeta de golpe.
—Ven a mi oficina.
Lo seguí.
Apenas cerré la puerta, preguntó:
—¿Quién es?
—¿Quién?
—Tu prometido.
Por primera vez en seis años, Adrian Gu me hacía una pregunta personal.
—No creo que sea relevante para el trabajo.
Su mandíbula se tensó.
—Trabajaste conmigo seis años y nunca mencionaste novio alguno.
—Usted tampoco me contó sobre la señorita Shen.
Silencio.
Había cruzado una línea.
Pero ya estaba renunciando.
¿Qué podía hacerme?
Adrian se acercó.
—Isabella y yo todavía no estamos comprometidos.
Lo miré.
—Entonces felicidades por adelantado.
Su expresión se volvió todavía más oscura.
Salí antes de que pudiera responder.
Al día siguiente entregué mi tarjeta de acceso a las cinco en punto.
Mia me abrazó.
Varios compañeros se despidieron.
Adrian no apareció.
Pensé que así terminaban nuestros seis años.
Hasta que el ascensor se abrió.
Nathan Chen salió apresuradamente.
—¡Jiang!
Me detuve.
—¿Qué ocurre?
—Adrian canceló la cena de compromiso.
Mi corazón dio un golpe absurdo.
—Eso no tiene nada que ver conmigo.
—Quizá deberías preguntarle eso a él.
No lo hice.
Entregué mi teléfono corporativo.
Me marché.
A las siete, mientras cenaba con mis padres, mi antiguo número personal comenzó a recibir llamadas.
Clientes.
Directores.
Socios extranjeros.
Todos preguntaban lo mismo.
“¿Dónde está Adrian?”
Finalmente contesté a Nathan.
—¿Qué sucede?
—Tu reemplazo cambió accidentalmente la hora de una videoconferencia y Adrian perdió una negociación importante.
Cerré los ojos.
—Entonces deben acostumbrarse.
—Ese no es el problema.
Nathan bajó la voz.
—Adrian encontró algo dentro de tu escritorio.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
—Una caja.
Recordé inmediatamente cuál.
Dentro había objetos acumulados durante seis años.
Una entrada de cine.
Una nota escrita por Adrian.
El envoltorio del primer caramelo que me ofreció.
Y una fotografía tomada cuatro años atrás.
En la parte posterior había escrito una sola frase:
“Hoy entendí que estoy enamorada de él.”
Me quedé completamente inmóvil.
—Nathan…
—Ya la vio.
Cerré los ojos.
Demasiado tarde.
Entonces escuché otra voz al teléfono.
—Dámelo.
Era Adrian.
Nathan debió entregarle el móvil.
Durante varios segundos ninguno habló.
Finalmente Adrian preguntó:
—¿Cuatro años?
Apreté los dedos alrededor del teléfono.
Ya no tenía sentido mentir.
—Sí.
Su respiración cambió.
—Entonces tu prometido…
—No existe.
Silencio.
—Mentí porque necesitaba una razón que usted aceptara.
Pensé que se enfadaría.
En cambio preguntó:
—¿Y por qué necesitabas irte?
Miré por la ventana.
—Porque mañana ibas a comprometerte con otra mujer.
Del otro lado no se escuchó nada.
Después Adrian pronunció una frase que hizo que mi corazón se detuviera.
—Jiang, escucha con atención.
Su voz estaba extrañamente tensa.
—Isabella Shen no era mi prometida.
—¿Qué?
—La cena de mañana era para anunciar que rechazaría públicamente la propuesta de matrimonio entre nuestras familias.
Me levanté lentamente.
—Entonces ¿por qué todos dijeron…?
—Porque alguien quería que tú lo creyeras.
En ese momento recibí una fotografía de un número desconocido.
Era mi carta de renuncia.
Había sido fotografiada antes de que yo se la entregara a Adrian.
Debajo aparecía un mensaje:
“Gracias por irte voluntariamente.”
Y la firma hizo que se me helara la sangre.
Isabella Shen.
