PARTE 2: Los tres resultados de ADN

A las nueve de la mañana siguiente, Gabriel recibió los resultados.

Daniel Cross cerró la puerta del despacho antes de colocar tres sobres sobre la mesa.

Lucas.

Mateo.

Nicolás.

Gabriel abrió el primero.

Probabilidad de paternidad: 0%.

El segundo decía lo mismo.

El tercero también.

Durante casi un minuto no se movió.

Los tres niños que había reconocido, protegido y presentado como herederos de la familia Shen no eran suyos.

—Investiga al padre —ordenó finalmente.

Daniel permaneció quieto.

—Señor Shen… encontré algo más.

Colocó una cuarta carpeta sobre la mesa.

—Los tres niños comparten padre biológico.

Gabriel levantó lentamente la mirada.

—¿Quién?

—Todavía no tengo el nombre.

Daniel tragó saliva.

—Pero el perfil genético coincide parcialmente con alguien de la familia Shen.

Por primera vez, Gabriel perdió completamente la calma.

—¿Mi familia?

Antes de obtener respuesta, Emma entró llorando.

Llevaba una ecografía entre las manos.

—Gabriel, estoy embarazada otra vez.

Él observó aquella imagen.

Meses atrás habría sentido orgullo.

Ahora solo vio otra mentira.

—¿De cuánto?

—Ocho semanas.

Gabriel sonrió.

Una sonrisa tan fría que Emma retrocedió.

—Qué buena noticia.

No la enfrentó.

Todavía no.

Esa noche volvió temprano a la mansión.

Yo estaba leyendo cuando dejó los tres resultados de ADN frente a mí.

—Valeria.

Levanté los ojos.

—¿Sí?

—Lo sabías.

No pregunté de qué hablaba.

Eso fue suficiente respuesta.

Gabriel golpeó la mesa.

—¡Cinco años! ¿Sabías durante cinco años que esos niños no eran míos?

—Sí.

Su rostro se volvió blanco.

—¿Por qué nunca dijiste nada?

Cerré el libro.

—Porque nunca preguntaste.

—¡Soy tu esposo!

Lo miré tranquilamente.

—Y durante años llevaste a tu amante y a sus hijos a vivir junto a tu esposa.

El silencio cayó entre nosotros.

Gabriel abrió la boca.

Pero no encontró defensa.

Entonces saqué una carpeta del cajón.

La había guardado desde nuestro primer aniversario.

Dentro estaba su antiguo informe médico.

Actividad espermática: cero. Infertilidad congénita.

Gabriel lo reconoció inmediatamente.

—¿Cómo conseguiste esto?

—Tu padre me lo entregó antes de morir.

Sus ojos cambiaron.

—¿Mi padre?

Asentí.

—También me pidió que jamás revelara quién era el verdadero padre de los niños hasta que tú mismo descubrieras la mentira.

Gabriel se quedó rígido.

—¿Él lo sabía?

—Desde el primer embarazo de Emma.

Entonces mi teléfono vibró.

Miré el mensaje.

Solo decía:

“Ya regresé.”

Me levanté.

Gabriel bloqueó mi camino.

—¿Quién?

Por primera vez aquella noche, sonreí.

—La persona a la que deberías haber investigado hace cinco años.

En ese instante se escuchó un automóvil detenerse frente a la mansión.

Gabriel miró hacia la ventana.

Un hombre bajó del vehículo.

Alto.

Traje oscuro.

Rostro familiar.

El vaso se deslizó de la mano de Gabriel.

—No puede ser.

Yo permanecí inmóvil.

Porque el hombre que caminaba hacia la puerta era Alexander Shen.

El hermano mayor de Gabriel.

El mismo hombre cuyo funeral habíamos celebrado seis años atrás.

Y cuando Emma salió de la casa lateral y lo vio, dejó caer la ecografía.

—Alexander…

Gabriel giró hacia ella.

No hizo falta preguntar nada.

La expresión de Emma acababa de darle una respuesta mucho más cruel que cualquier prueba de ADN.

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