PARTE 2: Lo que Margarita había visto aquella noche

Penélope se quedó inmóvil.

Margarita no era su hija.

Era la hija de Gabriel de una relación anterior, pero durante seis años Penélope la había criado como propia.

—Ven conmigo, cariño —dijo la jueza Barrett con suavidad.

Margarita avanzó abrazando su conejo.

Al pasar junto a Bianca, retrocedió.

—Ella es la mujer malvada.

Bianca palideció.

Gabriel se levantó.

—Margarita está confundida.

—Siéntese —ordenó la jueza.

La niña miró a Penélope.

—Penny, perdón.

Los ojos de Penélope se llenaron de lágrimas.

—No hiciste nada malo.

Margarita respiró profundamente.

—Papá me dijo que no podía contarte.

Gabriel golpeó la mesa.

—¡Basta!

El alguacil se acercó inmediatamente.

La jueza Barrett endureció la mirada.

—Una interrupción más y lo retiro de esta sala.

Margarita abrió su mochila.

Sacó un teléfono viejo.

—Encontré esto debajo del asiento del coche de papá.

Bianca se puso de pie.

—¡Ese teléfono es mío!

Toda la sala quedó en silencio.

La jueza pidió que entregaran el dispositivo al alguacil.

—¿Qué viste, Margarita?

La pequeña comenzó a llorar.

—La señora Bianca decía que cuando naciera el bebé, Penny ya no podría quedarse con nosotros.

Penélope apretó una mano contra su vientre.

—¿Por qué?

Margarita miró a Gabriel.

—Porque papá necesitaba que firmaras los papeles primero.

El abogado de Penélope se incorporó.

—¿Qué papeles?

La niña señaló la carpeta de Gabriel.

—Los de la casa.

El rostro de Gabriel se vació.

El abogado de Penélope pidió revisar inmediatamente los documentos presentados en el acuerdo.

La jueza abrió nuevamente el expediente.

Pasaron varios minutos.

Entonces levantó la mirada.

—Señora Albright, no voy a aprobar esta renuncia patrimonial hoy.

Bianca dejó de sonreír.

—¿Por qué? —preguntó Gabriel.

La jueza sostuvo una hoja.

—Porque existen documentos adicionales vinculados a esta propiedad que requieren revisión.

Penélope miró desconcertada a su abogado.

Ella había llegado dispuesta a marcharse sin nada.

Pero Margarita todavía no había terminado.

—También los escuché hablar del bebé.

Gabriel cerró los ojos.

Penélope sintió que el miedo reemplazaba toda su rabia.

—¿Qué dijeron?

Margarita abrazó con más fuerza el conejo.

—Bianca dijo que después del hospital nadie tendría que preocuparse por ti.

Un murmullo recorrió la sala.

—¿Después de qué hospital? —preguntó la jueza.

Margarita metió la mano dentro del conejo de peluche.

Había una pequeña abertura en la costura.

Sacó un sobre doblado.

—Papá escondió esto ahí.

El alguacil se lo entregó a la jueza.

Rosalind Barrett leyó la primera página.

Su expresión cambió.

Luego miró directamente a Gabriel.

—Señor Albright, ¿por qué tiene usted una autorización médica con la firma de su esposa?

Penélope se quedó helada.

—Yo nunca firmé ninguna autorización.

La jueza pasó a la segunda página.

—Según este documento, alguien programó un procedimiento para tres días después de la fecha prevista del parto.

Gabriel perdió completamente el color.

Penélope apenas pudo preguntar:

—¿Qué procedimiento?

La jueza no respondió inmediatamente.

Miró primero a Bianca.

Después a Gabriel.

Finalmente volvió los ojos hacia Penélope.

—Uno que podría haberle impedido tener otro hijo.

Penélope sintió que el bebé se movía con fuerza.

Pero Margarita tiró suavemente de su manga.

—Penny…

—¿Qué ocurre, cariño?

La niña susurró:

—Hay otra cosa.

Miró a su padre aterrorizada.

—Escuché a papá decir que este bebé no es el primero que te quitaron.

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