Guardé mi copia del divorcio y me levanté.
Daniel seguía sentado.
—¿Qué guerra, Isabella?
Me detuve junto a la puerta.
—La que empezaste cuando pensaste que ochocientos millones podían comprar mi silencio.
Por primera vez levantó la cabeza.
Pero ya era tarde.
Esa misma tarde transferí el dinero a una cuenta protegida según las condiciones que mi abogada había preparado.
Después fui al hospital.
Mi bebé estaba bien.
Doce semanas.
Un corazón pequeño latiendo con fuerza.
—¿Quiere conocer el sexo cuando sea posible? —preguntó la doctora.
Me acaricié el vientre.
—Quiero que primero nazca sano.
No mencioné al padre.
Tres días después, Clara se mudó oficialmente a la mansión Sterling.
Victoria organizó una cena familiar.
Yo lo supe porque Clara publicó una fotografía.
Flores.
Champán.
Dos pequeños pares de zapatos sobre la mesa.
Debajo escribió:
“Por fin, en casa.”
Sonreí.
Entonces llamé a mi abogada.
—Envíalo.
A las nueve de la mañana siguiente, las acciones de Sterling Holdings comenzaron a moverse.
Durante cinco años, Daniel jamás preguntó qué había heredado de mi madre.
Los Sterling creían que mi familia no tenía dinero porque mi padre era profesor.
Pero mi madre había sido hija del fundador de Northbridge Capital.
Antes de morir dejó sus participaciones en un fideicomiso a mi nombre.
Y Northbridge poseía el dieciocho por ciento de Sterling Holdings.
Daniel me llamó once veces.
No contesté.
Victoria llamó después.
—Isabella, ¿qué estás haciendo?
—Protegiendo mis intereses.
—¡Somos familia!
Casi me reí.
—Ayer pagaste ochocientos millones para que dejara de serlo.
Silencio.
Entonces escuché a Daniel al fondo.
—Dame el teléfono.
Su voz llegó segundos después.
—¿Por qué nunca me dijiste lo de Northbridge?
—Nunca preguntaste quién era tu esposa.
Colgué.
Creí que aquello sería suficiente para que me dejaran marchar.
Me equivoqué.
Esa tarde mi obstetra llamó.
Su tono era extraño.
—Señora Bennett, necesitamos que venga.
Sentí miedo inmediatamente.
—¿Le pasó algo al bebé?
—El bebé está bien.
Hizo una pausa.
—Encontramos algo en su historial del embarazo anterior.
Una hora después tenía frente a mí un expediente que jamás había visto.
Análisis.
Prescripciones.
Una orden médica emitida tres días antes de mi aborto espontáneo.
—Yo nunca tomé esto.
La doctora me miró seriamente.
—Según el registro, sí.
Reconocí entonces el nombre de quien había retirado el medicamento en la farmacia privada de los Sterling.
Clara Evans.
Sentí que el aire desaparecía.
Pero todavía faltaba algo.
La doctora deslizó hacia mí una segunda hoja.
—Y hay un problema con su embarazo actual.
Mis manos comenzaron a temblar.
—¿Qué problema?
—La fecha de concepción no coincide con lo que figura en sus antecedentes.
La miré sin comprender.
Entonces señaló una prueba genética preliminar.
—Señora Bennett, necesitamos hacer estudios adicionales.
—¿Por qué?
La doctora respiró profundamente.
—Porque hay indicios de que este no es su segundo embarazo.
Levanté lentamente la mirada.
—¿Qué está diciendo?
—Que existe un registro de un nacimiento anterior asociado a su información genética.
Sentí que el mundo se detenía.
Mi primer bebé quizá nunca había muerto.
